Unas almas para Lilith

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Por Luis Molina Aguirre

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A esas horas, como era habitual en el Madrid de mediados del siglo XVIII, las calles permanecían en total y absoluto silencio, tan solo, si uno se aproximaba a las inmediaciones de uno de los locales herederos de Sodoma y Gomorra, podía apreciarse el tumulto que en su interior se producía. Muy de vez en cuando se podía escuchar el paso marcial con el que los soldados reales patrullaban las calles, aunque lo cierto era que, por esa parte de la ciudad, la Cava Baja, más conocida como la Baja de San Francisco, no solían pasar mucho. Aquel era el lugar perfecto, calles silenciosas con tugurios que a ratos escupían de sus entrañas mujerzuelas y desleales esposos que, por regla general, iban hartos de vino rancio. A pesar de los farolillos alimentados por aceite y provistos de mechas, con los que se había empeñado en los últimos tiempos el Borbón Carlos III, en llenar todas las calles de Madrid, lo cierto era que para un hombre como Ramón Espínola, no resultaba especialmente complejo apagarlos, pues, poseía un apagaluz largo, el cual había sustraído a un incauto farolero municipal, encargado de semejante labor, así como del encendido y de la vigilancia nocturna de un barrio alejado del que ahora se encontraba. Aun así, el dichoso monarca le había complicado la labor considerablemente, pues aquellas luces animaban a los madrileños a acostarse más tarde y a tener menos miedo de los malhechores, ya que estos habían disminuido notablemente desde la entronización del Borbón.

A pesar de todo aquello, no podía quejarse, pues era precisamente ese rey el que le estaba haciendo ganar más dinero que nunca, ya que estaba empeñado en decorar toda la ciudad con esculturas y monumentos, de los cuales, muchos habían sido encargados a Ramón. Realmente, él tan solo se encargaba de una pequeña parte, su trabajo consistía en hacer columnas, la mayoría decorativas, de estilo clásico de orden corintio, jónico, dórico o incluso salomónicas, que parecía poco a poco imponerse en aquella sociedad que pretendía ser ilustrada. Todos los arquitectos que se afanaban en decorar la capital por orden del monarca, deseaban contar con las majestuosas columnas de Ramón Espínola, pues, afirmaban que contaban con alma propia. Qué sorpresa se llevarían muchos si supiesen de lo acertado de aquella reflexión.

Todo estaba ya dispuesto, el farol apagado, Ramón oculto en las sombras de un Madrid sin luna, su carruaje no muy lejos de allí esperando… tan solo necesitaba a una persona, una víctima que dotase de alma a su nueva columna y que pagase el debido tributo a su bienhechora Lilith[1], el demonio femenino que anhela permanentemente víctimas masculinas para apropiarse de sus almas pecadoras. Hacía años que Lilith había seducido a Ramón y este, ante la perspectiva de la muerte, decidió ofrecerse como brazo ejecutor de la fémina maligna. Ella aceptó, le dio fortuna y habilidad para procurársela, pero, a cambio, tendría que entregarla un alma a la semana, de lo contrario el trato expiraría.

Lilith

El local, llamado Posada la Fernanda, contaba con su propia iluminación dos farolillos a ambos lados de una puerta de madera mugrienta y de un color imposible de discernir. De su interior manaban no solo risas y canciones absurdas, sino también, un hedor a sudor y vino que a Ramón le revolvía las tripas. La puerta se abrió con un chirrido desagradable y el ruido del interior se pudo escuchar con mayor claridad. Un hombre salió de la posada, trastabillándose, el cual logró evitar besar el suelo al apoyarse en los generosos hombros de su acompañante, una pelandusca del barrio a la que el escultor y arquitecto conocía muy bien. La pareja reía estrepitosamente, y Ramón temió que pudiesen atraer la atención de algún vigilante nocturno o de la patrulla real. No obstante, permaneció en las sombras, tranquilo, impertérrito, expectante. Sabía lo que tenía que hacer, lo había hecho ya en multitud de ocasiones y cada vez se le daba mejor y disfrutaba más. La prostituta dirigió los pasos del pobre borracho hacia el carruaje del hombre que la pagaba generosamente, al menos una vez al mes. Cuando la puerta del cochecito se abrió, el hombre pareció no comprender nada, sin embargo, aquello daba igual, Ramón Espínola, se hallaba ya tras él y con su bastón de puño de bronce, lo golpeo con fiereza, haciéndole acudir de inmediato a los brazos del sempiterno Morfeo. La joven aceptó, con una sonrisita bobalicona, la bolsita negra que tintineaba llena de monedas de plata y se marchó sin abrir la boca ni despedirse.

Al fin, la última columna del nuevo Gabinete de Historia Natural[2], estaba finalizada. El primer Secretario de Estado, el conde de Floridablanca, se lo había encargado al arquitecto Juan de Villanueva, uno de los favoritos del Rey y, este a su vez, le había encargado a Ramón Espínola, la construcción y talla de las ciclópeas seis columnas toscanas de granito de la fachada principal. Se trataba, sin duda, de una obra maestra diseñada para perdurar en el tiempo, macizas todas ellas, salvo en su parte central, sonde se había dejado un hueco para que aquellas columnas tuviesen su alma propia. Aún podía oír el escultor con nitidez, el intento vano de unas manos arañando la dura y fría piedra y el sollozo lastimero de un hombre que, a no tardar mucho, se postraría ante la bella pero inhumana, Lilith

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[1] Lilith es el demonio femenino que representa la lujuria, el rapto de niños, entre otras cosas. Podría haber sido la primera mujer de Adán antes que se produjese el nacimiento de Eva.

[2] El Gabinete de Historia Natural es en la actualidad el Museo del Prado.

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