Un tablao flamenco en las tripas

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Está el mundo en general y España en particular, tan revueltos, que a la hora de opinar sobre una u otra cosa uno no sabe hacia dónde apuntar. Por eso hoy voy a dejar al margen el mundanal ruido político y demás acontecimientos sociales, que muchas veces dan la impresión de producirse a propósito con el único fin de aturdir al ciudadano y así lograr que no se entere de nada de lo que a su alrededor ocurre, craso error, por cierto, y voy a hablar de algo mucho menos serio, pero más complejo de solucionar, diría yo.Verán, queridos lectores, les propongo una pregunta, cada uno que conteste para sí lo que mejor le parezca, yo, que tengo esta gran ventana de libertad, lo expondré aquí para que juzguen si les es menester.

¿Qué sucede cuando una persona se encuentra trabajando “cómoda y plácidamente” en su puesto de trabajo y de repente siente como sus tripas parecen un tablao flamenco?… imaginen ustedes, aquello comienza a moverse y suena amenazando cruelmente el silencio y la clama de la estancia, apenas roto por el sonido del aporreo del teclado del más que cercano compañero de trabajo que, de vez en cuando, interrumpe su labor para mirarte de reojo y esbozar una cruel sonrisilla. Bueno, pues la respuesta es fácil, te levantas como si tal cosa, muy digno, eso sí, y acudes al retrete con los ojos abiertos como platos, una sonrisa un poco falsa en los labios y el culete bien apretado.

Solucionado el problema, ¿no? Pero, imaginen por un momento que la cosa no acaba ahí… quizá, el tablao flamenco está de juerga hasta las tantas de la mañana y nada más volver a tu puesto, notas que algo no va bien. Nuevamente el zapateo intestinal y el rugir del cantaor a todo volumen. El tipo que se sienta a tu lado, con el que tomas café en la máquina todos los días a la misma hora, vuelve a mirarte de soslayo y su sonrisa ahora se acentúa. Es alguien que pensabas que te caía bien, pero te lo estas comenzando a replantear justo en el momento en el que el cantaor de dentro de tus intestinos da el do mayor. Esta vez te levantas sonriendo y coges tu botella de agua medio llena y se la enseñas a tu compañero como diciendo, “Anda, mira, si tengo que rellenar la botija”. Vuelves a recorrer la distancia que te separa de tu silla al baño que te parece mayor que la última vez, pero en esta ocasión lo haces más raudo, apretando el culo, sí, pero con los ojos más cerrados que abiertos, pues el bailaor está en pleno éxtasis zapateando con todas sus fuerzas y a una velocidad que ya quisiera el mismísimo Flash. En esta ocasión la cosa no resulta tan sencilla, pues en el baño hay un tipo al que conoces de vista que está orinando. Saludas con un gesto de cabeza y vas directo al retrete, te sientas y rezas para que el que está fuera se marche pronto, pero no aguantas. El pesado de fuera ha terminado, pero se lava y lava y vuelve a lavar las malditas manos, tenía que ser el más pulcro del edificio. Estás pensando en eso, cuando ya no puedes más y el asunto llega con gran estrépito, el aplauso del público al bailaor y al cantaor que llevas dentro es abrumador. Tanto es así, que el que está fuera lo oye sin duda y abandona el servicio a todo correr entre risitas. Tú, te cagas en todo, pero literalmente. Cuando terminas, comienzas a pensar que tienes un problema, la gastroenteritis que acaba de pasar tu hijo ahora la tienes tú. Se supone que son los hijos los que heredan de los padres, pero para estas cosas siempre le toca heredar a los padres.

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Vuelta a tu mesa, ves que tu jefe ha llegado y comienzas a comprender que no vas a aguantar mucho tiempo más en la oficina, te encuentras mal, tienes mal cuerpo y los colegas de dentro han vuelto con el segundo acto. El idiota que tienes a tu lado te mira con una sonrisa de lado a lado que jamás en la vida le habías visto y te pregunta que si quieres un café de máquina, que es la hora. “No gracias, hoy no me encuentro muy bien”. Tú jefe te mira, piensas que necesitas irte a casa, pero que ya faltaste la semana anterior porque tu hijo estuvo malo y tuviste que quedarte en casa con él… lees en sus ojos, “Este cara se quiere largar de aquí”. Vuelves a tu trabajo como puedes, pero te das cuenta de que estás mirando la pantalla del ordenador sin ver, una de tus compañeras, que es siempre mucho más comprensiva que el resto de capullos que te rodean te mira y te dice “Qué te pasa, hoy no tienes buena cara”. Entonces te sinceras “No, hoy me he levantado un poco fastidiado y me parece que voy a peor”. Tu jefe te vuelve a mirar y el bailaor de dentro da un requiebro de taconeo que te hace que se te salten las lágrimas, por lo que no puedes evitarlo y te tienes que levantar corriendo, ahora ya sin ningún pudor, y salir corriendo al baño que parece ahora estar en el más allá.

Vuelves a tu silla y tu jefe te mira cada poco tiempo. El mamarracho que está a tu lado ya ha vuelto con su café y te echa una sonrisa cuando te ve que no sabes si tirarle su bebida hirviendo por encima. Tu compañera, mucho más humana que el resto, te mira y te dice “Si estás malo deberías irte a casa”. La miras agradecido, al instante vuelves la cabeza hacia tu jefe, esperando su aprobación, pero ella continúa hablando, en esta ocasión con un tono que no conocías en ella “Porque solo faltaba, guapo, que traigas los virus de tu casa aquí para dejárnoslos. Si estabas malo no haber venido”. La muy harpía lo que ha soltado en un instante. Comprendes que tienes que asumir el problema y decides decirle a tu jefe que bay bay, que te vas las patas abajo y que, para morir, lo mejor es hacerlo en tu propia casa y no rodeado de mamones. Tu jefe te dice que claro, cómo no, vete a casa, mejórate, pero no te olvides de traerme el justificante médico.

Sales de la oficina, previo pasar por el baño de la planta baja pues el de la tuya huele ya que apesta y, de pronto, piensas que tienes un problema… estás yendo al baño cada 30 minutos más o menos y la distancia en transporte público a tu casa es de 50… te sujetas las tripas tratando de calmar a los enfervorizados artistas de dentro y echas a andar a zancadas largas. Al principio todo va bien, pero claro, el pesado del bailaor, que no se cansa nunca, vuelve a la carga. El cantaor no tarda en hacer su aparición también y el tipo que se sienta frente a ti en el vagón, te mira curioso. Aún falta la mitad del recorrido para llegar a tu casa y la fiesta está por todo lo alto, sientes la imperiosa necesidad de liberar de aire tus intestinos, pero no lo haces, no porque estés rodeado de gente y puedan darse cuenta, con el dolor y el malestar que sientes te da lo mismo, no es por eso no, es porque estás seguro de que si te tiras un cuesco te va a salir premio. Así que aguantas y aprietas el culo contra el duro sillón del tren.

Al fin llegas a la estación donde vives. Sales escopetao de la estación en dirección a tu casa, pero no sabes si vas a llegar. Vas calculándolo todo, semáforos, distancias más cortas, bares… sabes que existe uno en la esquina, pero no, ese tiene mala pinta y seguro que no tiene papel higiénico. Hay otro a dos manzanas de tu casa, pero ahí te conocen y sabes que lo que te sale de dentro huele fatal… andas a grandes zancadas mientras aprietas como nunca tu culo zaherido a causa de tantas veces que te lo has tenido que limpiar en lo que va de día. Al final logras aguantar y llegas a casa justo cuando el bailaor y el cantaor a la par se hallan en el punto álgido de su espectáculo. Corres al baño, a tu baño, tu querido, tranquilo y limpio baño y al fin logras evacuar con total tranquilidad, a pesar del dolor intestinal.

Cuando has finalizado te lavas las manos, te pones el pijama y te metes en la cama. Todo perfecto, tu cama calentita y tu servicio que está al lado abierto esperándote para cuando lo necesites… cierras los ojos y tratas de relajarte por un instante antes de que en el tablao flamenco comience un nuevo espectáculo. De pronto abres los ojos de par en par… acabas de recordar una cosa importante, tu jefe te ha exigido el justificante médico, lo que significa que tienes que vestirte e ir a la consulta del médico a contarle lo que te pasa para que te justifique el día. Quieres llorar, pues sabes algo que te resulta muy cruel, en la consulta de la Seguridad Social no existen baños.

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