Silencio al otro lado de la habitación (II parte)

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Por Luis Molina Aguirre

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Aquel ser, con forma de rata deforme, chilló de forma horrísona mientras la madre y el hermano de la única veterinaria de Illán, permanecían horrorizados sin poder reaccionar. No así Gema, que buscó algo con lo que apartar al monstruo de la cara de su padre, y John, su novio, que fue el más rápido al acercarse y tratar de propinarle una patada, cosa que no ocurrió, pues está fue al aire al saltar la rata asesina sobre su siguiente víctima, Ramón, el hermano de Gema que acababa de cumplir los 17 años hacía una semana. Este sorprendido y aún inmóvil, no supo reaccionar y de forma casi sobrenatural se le introdujo la bestezuela en el interior a través de la boca. No tardó en caer desplomado, como fulminado por un rayo y, al igual que había sucedido con Manuel, el duro ganadero de Illán, comenzó a convulsionarse hasta que de su boca volvió a emerger el informe ser.

Isabel comenzó a llorar desesperada mientras se llevaba las manos a la cabeza, Gema parecía no poder reaccionar y John, que era el único capaz de moverse, corrió a abrir la puerta que poco antes había cerrado para alcanzar la escopeta de Manuel que se había quedado fuera. Mientras el imponente americano recogía el arma, el animalillo sin pelo y aun chorreante de la sangre de Ramón, brincó con espeluznante maestría hasta lograr entrar por la boca de Isabel, la cual, como había sucedido en las otras dos ocasiones con Manuel y Ramón, cayó fulminada al suelo. John desnudó a la madre de Gema, mientras esta contemplaba lo que hacía su novio sin decir una sola palabra. A esas alturas, a pesar del dolor, sabía perfectamente qué era lo que había que hacer. El americano esperó un instante, sudoroso, a pesar de las gélidas temperaturas que azotaban la región desde hacía semanas, con el pulso firme y dibujada la determinación en su rostro. El vientre que había gestado durante casi nueve meses a Gema se abultó de forma innatural y John apretó el gatillo. Al instante los cuerpos de los dos únicos supervivientes fueron salpicados por las entrañas de Isabel. Del interior del agujero que había provocado aquella escopeta del 12, apareció un cuerpo sonrosado, aunque teñido de rojo a causa de la sangre de su víctima y, sin duda, suya propia también. El monstruo no se movía, estaba muerto y Gema suspiró con alivio corriendo para abrazarse al que en unos meses iba a ser su esposo. Pero un movimiento sigiloso en la oscura puerta de la calle, que aún permanecía abierta, les hizo detenerse en seco y dirigir sus miradas hacia allí, tornando al instante la alegría en pánico, pues, en el vano de la puerta, justo donde había yacido el cadáver de Manuel tan solo unos instantes antes, apareció otro diablo grotesco sonrosado igual al que acababan de matar. El americano reaccionó con rapidez, sin embargo, la criatura algo más menuda que la anterior, corrió y saltó a tal velocidad que mientras este aún estaba levantando la escopeta, el pequeño asesino ya había logrado alcanzar su boca e introducirse por ellas sin gran dificultad. Gema alcanzó a ver que, el que iba a ser su futuro marido, había cerrado con fuerza la boca y apretado los dientes para impedir que ocurriese lo que les había ocurrido a las otras víctimas, pero todo fue inútil, la boca y los dientes cedieron al sublime empuje de la bestia, rompiéndose y saltando por doquier, cual tuneladora que horada el frío suelo logrando abrirse camino a través, incluso, de la dura y compacta roca.

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Gema no se quedó a ver el final de su amado John, el pánico la dominó y corrió a esconderse en la habitación que había sido suya hasta que se independizó ahora hacía un lustro. Su madre la conservaba tal cual la había dejado ella, todo permanecía igual, como si no hubiese pasado el tiempo y como si esa misma mañana, Isabel hubiese hecho la cama y colocado los muñequitos de trapo sobre sus estanterías, como acostumbraba a hacer cada mañana cuando ella aún vivía allí con ellos. Siempre habían sido una familia muy unida, a pesar de las obligaciones de cada uno y de vivir en casas diferentes. Por la noche siempre se reunían para cenar todos juntos, pero eso ya no volvería a suceder, de hecho, ya no podría compartir su vida con el hombre al que amaba ni podría escrutar el rostro de su padre orgulloso al llevarla al altar. Todo, en un abrir y cerrar de ojos, había cambiado para Gema a causa de un animalillo asesino del que no tenía constancia de su existencia.

Era consciente de que si trataba de volver a abrir la puerta se abalanzaría sobre ella. No lo oía, pero sabía que estaba allí fuera, acechando, esperando una oportunidad para acabar con ella igual que lo había hecho con todas las personas a las que amaba. Ahora solo podía pensar en venganza, no le importaba nada, ni morir ni seguir viviendo, la ira y la rabia la dominaban y la consumían al mismo tiempo. Sus nervios, siempre a flor de piel, parecían ante aquella situación más calmados que nunca y su cabeza, siempre ágil, no paraba de buscar el modo de deshacerse de ese ser que le había causado tanto dolor. En ella, veterinaria de vocación, resultaba sorprendente tratar de matar o hacer daño a un animal. Siempre los había protegido, cuidado e, incluso, mimado por muy salvajes que estos pudieran ser. Recordó cuando el Dóberman del señor Martínez, vecino de sus padres, le había mordido la mano produciéndola un siete que obligó al doctor del pueblo, don Saúl, a darle doce puntos y una generosa cantidad de antibióticos. Aun así, al día siguiente acudió a su consulta y vacunó a aquella mala bestia que casi le come la mano. Tras vacunarlo le dio un beso en la cabeza y lo acarició con cariño, le dijo que le perdonaba y le regaló una golosina. Desde ese día, el bueno de Atila, que así se llamaba el Dóberman, acudía casi contento al veterinario, tratando de mover su inexistente cola cada vez que veía a Gema.

Aquel ser era ciego o casi ciego, se parecía a un topo, debía guiarse por el calor corporal o por el sonido o el olfato o a saber cómo demonios lograba dar con sus víctimas y esquivar, al mismo tiempo, los objetos que había en la estancia mientras corría y saltaba con gran precisión. Si había un patrón que se repetía en todos los animales del mundo, era el terror que sentían ante el fuego. Su plan iba cobrando cuerpo poco a poco en su cabeza y la idea de la venganza cada vez se afianzaba más. Entre mezclado con sus cavilaciones para acabar con aquel ser, aparecían de súbito, imágenes de los rostros horrorizados de las personas que había amado y que le habían arrebatado para siempre aquella misma noche. Un tímido rayo de luz procedente de un incipiente sol, atravesó la ventana de la que fuese su habitación, justo en el instante en que Gema había terminado de aprovisionarse con lo que consideraba iba a necesitar para exterminar a la criaturilla. Su plan era simple… abrir la puerta, desorientar al deforme animal por medio de su potente linterna, y aprovechar este hecho para rociarlo con el alcohol que había encontrado en un armario y así poder prenderle fuego.

Abrió la puerta y, como había supuesto, ahí estaba el monstruo sigiloso, esperando con infinita paciencia. No tardó ni un segundo en abalanzarse sobre ella, pero Gema estaba preparada, las sienes le latían con fuerza y sentía como la adrenalina recorría todo su cuerpo, lo que le hacía estar en tensión y muy atentan. Apuntó con el haz de luz directamente a la cara de animal y este reaccionó como ella suponía, chillando y tratando de esquivar la luz que le debía producir bastante dolor. Los movimientos de la veterinaria eran coordinados, rápidos y hábiles, tan pronto como el bicho tocó el suelo, ella lo roció de alcohol, este corrió como loco a esconderse, pero las gotas del líquido inflamable lo delataron bajo el taquillón del salón que había pertenecido a su abuela.

—¡Vas a morir, maldito hijo de puta! —gritó enferma de ira.

Encendió la cerilla que llevaba y la dejo caer al suelo. Al instante el alcohol prendió y el monstruo comenzó a chillar desesperado mientras salía de su escondite y trataba de huir de lo que ningún ser vivo logra, la muerte. Gema comenzó a reír histérica, como una loca, el animalillo no logró llegar a la puerta de la calle y la veterinaria se acercó a él dando grandes carcajadas mientras lo veía retorcerse medio carbonizado. Finalmente apagó las llamas de su cuerpecito pisoteándolo, mientras sentía como las entrañas de su víctima se esparcían gelatinosas y húmedas por el suelo en el que tantas y tantas veces recordaba a su madre sentada jugando a las muñecas junto a ella. Las lágrimas, que no habían aflorado en toda la noche, acudieron a su rostro al contemplar los cuerpos de su padre, madre, hermano y novio allí tirados. En la entrada pudo ver, también, el cuerpo del leal perro Pastor Alemán que había sido de su padre y, un poco más allá, cientos de animalillos sonrosados, sin orejas, sin pelo, sin rabo, pero similares a las ratas, que parecían ciegos y parecían huían de los rayos del sol que comenzaban a iluminar ese lado del planeta Tierra. Aquella casa en penumbra, donde se había criado Gema, parecía el lugar idóneo donde alimentarse y esperar a que el sol se volviese a ocultar tras el lejano horizonte.

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