Silencio al otro lado de la habitación (I parte)

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Por Luis Molina Aguirre

casa

Aquel animal era ciertamente horrendo y desagradable. Se parecía a una rata por el tamaño y la forma de moverse. Era rápida, sigilosa y siempre parecía estar atenta a todo lo que le rodeaba. Gema era veterinaria y, sin embargo, jamás había visto o estudiado la existencia de semejantes seres. De lo que la buena veterinaria de Illán no tenía duda, era de que lo que se hallaba fuera de la que había sido su habitación durante años, era un auténtico depredador que no por ser pequeño, dejaba de ser altamente peligroso.

Al otro lado de la puerta solo se escuchaba un eterno silencio, nada que hiciese pensar que un animalillo criminal se encontrase al acecho, escondido entre las sombras, esperando paciente a que la última posible víctima de la casa asomase la cabeza para acabar con ella. De hecho, eso era lo que casi había ocurrido hacía a penas un instante. Gema había permanecido en silencio, casi sin respirar, tratando de ordenar sus caóticos pensamientos, mientras trataba de no levantarse de la silla que había colocado ante la puerta de su habitación para impedir que aquel monstruo de fuera lograse entrar allí. Pero ella era nerviosa por naturaleza y los nervios la comían rápidamente por dentro. Tras más de una hora sin oír ningún movimiento en el exterior, decidió apartar con mucho cuidado la vieja silla de madera y abrir la puerta con cuidado. Le había estado diciendo a su padre durante años, que echase aceite a los goznes de las puertas, pues estas sonaban como las de las mazmorras de las películas y parecía que después de mucho insistir, afortunadamente Manuel, su ya anciano padre, le había hecho caso, lo que supuso para Gema un silencioso pero profundo suspiro de alivio. Aun así, cuando logró abrir una rendija de la puerta y trató de mirar por ella a ver si encontraba en la estancia de fuera a aquel ser abyecto, el animalillo apareció de repente de entre las sombras y con un salto imposible llegó hasta la puerta, que afortunadamente Gema logró cerrar a tiempo, oyéndose al otro lado, primero un fuerte golpe y, después, un horrísono chillido que casi logra provocar el pánico en la veterinaria.

La noche había comenzado fantástica. John, el apuesto novio americano de Gema, había ido a buscarla a su casa en su gran coche traído de allende los mares. Le había regalado una rosa blanca y la había besado con pasión. La pareja de la veterinaria era realmente apuesta, contando con una presencia envidiable. Sin embargo, aquella noche estaba arrebatador. Aquel iba a ser un día muy importante para ella, al fin iba a comunicar a sus padres que se casaba y que lo haría allí, en Illán, un pueblecito de Castilla, al que ella amaba tanto como a John, a sus padres y a su hermano pequeño.

La cena iba muy bien, habían devorado un gazpacho manchego que hacía Isabel, su madre, y que era, sin duda, su plato preferido. Entre risas y bromas, Gema había soltado la bomba de que se iba a casar ese mismo verano con John y, como no podía ser de otro modo, había ocurrido lo que ella esperaba, que Isabel rompiese a llorar de emoción y Manuel se tragase la emoción poniéndose en pie, dando un largo y profundo trago a su copa de vino y, acto seguido, abrazando con fuerza a John como si fuera su propio hijo. Ramón por su parte, el pequeño de la casa que ya contaba con 17 años, sonreía alegre… Todo era ilusión, emoción contenida, risas y chanzas con mayor o menor atino, hasta que en la puerta de la calle se pudo oír a Toby primero ladrar con furia, al poco chillar de dolor y, poco después, gemir. Todos se miraron sorprendidos, aquel era un gran Pastor Alemán, acostumbrado a vérselas con los lobos en las frías noches de invierno y, sin embargo, algo lo había sometido allí fuera. En la puerta de la calle se pudo oír el rasgar de unas pezuñas contra la madera y Manuel, el duro ganadero de Illán, salió raudo, escopeta en ristre, dispuesto a volar la cabeza del lobo capaz de dañar a su animal de máxima confianza. La noche era oscura, sin luna, de la boca de su padre podía apreciarse como salía el vaho, a causa de la gran diferencia de temperatura del interior con el exterior.

perro

Manuel encendió su potente linterna, la misma que usaba en las tenebrosas noches del frío invierno castellano, para ir en busca del ganado que se le había extraviado. El haz de luz iluminó el cercano suelo, donde todos pudieron ver a Toby tumbado, sin duda muerto, saliendo de sus fauces un hilillo de espera y oscura sangre. El anciano iluminó más allá mientras apuntaba con su vieja escopeta de caza. Un chillido inhumano sobrecogió a todo el grupo que permanecía en el interior de la casa expectantes. Desde donde se encontraba Gema no se podía ver más que a Manuel soltando su arma de golpe mientras se trastabillaba al retroceder torpemente, y cayendo desplomado en el suelo, junto a la puerta. El primero en reaccionar fue John, que corrió a meter al anciano dentro de la casa y a cerrar la puerta. ¿Qué había ocurrido? Todos se miraban sorprendidos, contrariados. En un principio Isabel comenzó a decir:

—¡Le ha dado un infarto, le ha dado un infarto! Se lo había dicho en mil ocasiones, que no fumase, que no se esforzase tanto en las labores del campo, que ya no era un chaval… le ha dado un infarto, se me muere.

escopeta

Pero aquello no era un infarto. No tardamos en darnos cuenta de que algo se movía en su interior, algo capaz de abultar la tripa y el esternón casi un palmo. Manuel comenzó a convulsionarse y, al poco, de su boca apareció un animalillo feo y grotesco, semejante a una rata, pero sin pelo, sin rabo y sin orejas. Diríase una especio de topo, pues tampoco contaba con ojos y, si los poseía, desde luego o no estaban a la vista o eran excesivamente pequeños como para poder apreciarlos en una situación como aquella y con la criatura toda cubierta de la sangre del padre de Gema. Aquella sabandija permaneció un instante sobre la cara del que había sido, hasta hacía un instante, un duro ganadero hecho así mismo a base de trabajar y trabajar. Parecía contemplarlos mientras John, Isabel, Ramón y Gema, permanecían cual estatuas de sal inertes ante semejante espectáculo. Esto duró un par de segundos, hasta que el pequeño monstruo abrió una fea boca repleta de diminutos y afilados dientes por la que salió un espeluznante chillido que erizó a la veterinaria todo el bello de su cuerpo.

CONTINUARÁ…

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