San Francisco de Sales contra el amarillismo periodístico

Facultad_de_Ciencias_de_la_Información

Cada 24 de enero, los periodistas celebramos la festividad del día de nuestro patrón, San Francisco de Sales, trabajando tanto o más que cualquier otro día, lo cual no deja de ser una inmensa bendición para quienes amamos está profesión de verdad, con ese sentimiento visceral que nace de lo más profundo del corazón, ese sentimiento vocacional con el que se nace y que  vamos puliendo a base de formación, experiencia, golpes y también, cómo no, alguna alegría.

Lejos quedan aquellos días de Facultad en los que sí celebrábamos con una pequeña tregua sin clases, el día de nuestro patrón. Aquel edificio gris de hormigón, de fachada asceta y rectilínea, se erigía como un Titán, en la avenida de la Complutense, ofreciendo una imagen de frialdad que nada tenía que ver con la realidad que aguardaba en su interior, ya que nada más atravesar su umbral, fascinaba verla siempre llena de color, de ideas, de vida, de juventud, de esfuerzo y de sueños, montañas de sueños….

Es cierto que todo en esta vida es susceptible de ser mejorado y pobre de quién no tenga esta idea clara, pero ante el denostado por muchos, plan de estudios que se impartía en Ciencias de la Información, efectivamente con todas sus carencias, etc., etc., en aquella facultad gris por fuera, pero multicolor y pluridisciplinar en sus entrañas, se aprendía a amar aún más el periodismo y a valorar el respeto, la libertad y la ética por encima de todas las cosas.

Allá por los años 80, principios de los 90…hubo un periodo en que los periodistas nos defendimos a capa y espada contra el intrusismo profesional. Ya se había regulado la profesión periodística, considerándose como tales no solo a quienes habían concluido su titulación con la licenciatura superior, sino también a todos aquellos profesionales que habían ejercido durante años la profesión en distintos medios, anteriormente a la existencia de la carrera de periodismo ya reglada en los planes académicos universitarios. ¡Qué lucha tan ardua! En aquel momento, no hubiésemos imaginado, ni por asomo, la que se nos vendría encima unos años más tarde con la proliferación de la redes sociales y los medios online, entre otros canales.

La actualidad ha cambiado el panorama dando un giro de 180 grados. Hoy en día, todo el mundo escribe. Cualquier persona maneja las redes sociales o dispone de un blog. Todo ciudadano tiene plena libertad para expresar su opinión, lo cual resultaría de lo más saludable, si se realizara con responsabilidad. Cualquiera puede emitir una opinión, un juicio de valor, pero también puede desinformar, contribuir a la difamación, a las calumnias, a las injurias y a atentar contra el honor de cualquier otra persona. Todo esto, los periodistas lo interiorizamos a fuego en nuestras conciencias, aprendiendo a analizar y a respetar el artículo 20 de la Constitución Española, presente en cada uno de los cinco cursos que duraba la carrera. Un artículo del que algunos parecen extraer exclusivamente la palabra “libertad”, pero que también hace referencia conceptos como la “información veraz”, la “cláusula de conciencia”,  y el “derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”.

Cada día miles de personas manejan perfiles en las redes sociales y en los blogs, de forma real o bajo un personaje ficticio, con el cometido de “manipular” la opinión pública, y tienen plena impunidad para insultar, amenazar, violentar, mentir… Desconocen conceptos como el autocontrol, la ética, el deber de contrastar las informaciones, la búsqueda de la veracidad, la objetividad…y tantas otras cuestiones… En cualquier caso, y aun no siendo periodistas, la racionalidad y el respeto al prójimo, son elementos inherentes al ser humano que debieran practicarse de forma absolutamente espontánea.

El mundo ha cambiado, la sociedad ha evolucionado, los canales se han diversificado y proliferado de forma sobresaliente, pero los valores primordiales de nuestra profesión deben mantenerse. En la universidad, los profesores nos ilustraban sobre el “amarillismo” que practicaban algunos medios pero hoy, por desgracia, el amarillismo tiñe con demasiada frecuencia un periodismo que vive en constante pugna por lograr el titular más impactante, sin tener en cuenta si se ajusta a la verdad, ni los “cádaveres” que pueda ir dejando por el camino; porque lo que prima es el espectáculo mediático y posicionarse más rápido que el digital de al lado o la televisión de la competencia.

El periodismo no es espectáculo, nunca lo ha sido. La sociedad no necesita del trilerismo periodístico construido a base de titulares maquiavélicos, ni de informaciones deformadas por los intereses de turno. Esperemos que algún día, el auténtico periodismo vuelva a recuperar su esencia, la de la cordura, la independencia, la veracidad y la ética. Sin duda es posible, aún quedan profesionales que sienten y ejercen el periodismo, desde lo más profundo de sus vísceras para cumplir el primero y más importante de sus objetivos: informar.

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