Reflexiones sobre el acoso escolar

luis_miguel_rodrigo_circularPor Luis Miguel Rodrigo

Psicólogo Clínico

 

acoso-escolar

Resulta llamativo que sean términos anglosajones los que nombren los diferentes métodos de ejercer violencia cuando esta se circunscribe a un ámbito determinado: mobbing y bullying se refieren específicamente al terreno laboral y escolar, respectivamente. Nuestra lengua, riquísima en terminología, posee numerosas palabras que describen con precisión la cuestión del dominio llevado a cabo por una persona sobre otra de modo violento o al menos con ciertas dosis de agresividad, algunas de las cuales son hostigamiento, acecho, persecución, intimidación, provocación, humillación, maltrato… En inglés bullying se utiliza como adjetivo para definir al abusón, así como también describe como nombre, la intimidación y el abuso. Por otra parte, mob significa acosar, atropellar, atacar en masa. Enfrentado a esta problemática más de orden lingüístico que psicológico, surge la incógnita de hasta qué punto la dificultad de nombrar las cosas que acontecen no proporcionará ya pequeños indicios del origen de los problemas; si no estará ya implícita en la manera de referirnos a estos modos de ejercer la supremacía de unos sobre otros, algunas de las causas de pudieran permitirnos esclarecer esta lacra social con la cual estamos cada vez más sensibilizados. Quizá el desarrollo llevado a cabo en los siguientes cuatro párrafos permita entender las posibles causas de fondo de la aparición de los anglicismos, a mi humilde entender.

Una de las dificultades para erradicar la violencia llevada a cabo en ámbitos privados, es la falta de visibilidad. Existe alrededor de ellos una conspiración de silencio que, como una espesa cortina, dificulta que emerjan a la superficie. Sin la prueba manifiesta, tangible y visible de las lesiones sufridas por aquellos que padecen, se hace compleja la investigación de la agresión, así como el grado de sanción correspondiente a la falta o delito.

Si además estamos ciñéndonos al daño psicológico, se complejiza aún más dirimir el grado de daño o intencionalidad, puesto que al ser de tipo moral son de muy difícil exploración. Puesto que todo dolor psíquico irremediablemente va asociado a una percepción de vulneración, ya que el impacto traumático producido por un agente exterior siempre se topa con una subjetividad —la del que recibe los golpes— siempre cabe la posibilidad de que no es que el agresor sea especialmente cruel, violento o dañino, sino que el perceptor es especialmente sensible, frágil, débil o inmaduro para encajar las agresiones; un “flojo” en resumidas cuentas.

A la hora de poner en palabras lo sucedido en cualquier caso de acoso, siempre habrá dos versiones del hecho. Y si una sociedad siente inclinación a beneficiar a aquellos que usan la fuerza para conseguir lo que desean, irremediablemente restará credibilidad a aquellos que padecen las consecuencias de estos actos de dominio, ahondando más en su padecimiento. Atreverse a decir lo que uno siente, cuando ese sentimiento pueda ser interpretado como falta de fuerza, valentía o madurez, es precisamente por esto mismo un acto de fuerza, valentía y madurez. Tomar la palabra cuando puede acarrear consecuencias, es un acto de coraje. Aunque no ignoramos que no es suficiente con levantar la voz, hay que lograr que el otro nos escuche.

Las enormes dificultades para detectar con precisión la casuística de cada caso de hostigamiento, comienza en los centros escolares que no siempre disponen de un equipo dotado con las infraestructuras necesarias para enfrentar estas problemáticas. A lo cual se añade la falta de compromiso e inversión por parte de la Administración Pública para atajar cualquier atisbo de violencia en las fases iniciales, aquellas en las que sería más efectivo cualquier tipo de abordaje. Si a esto añadimos la sobrecarga de trabajo de los profesionales de los centros escolares que pudieran intervenir en el proceso de resolución del conflicto, así como la complicidad de aquellos que rodean y que por tanto son testigos de los actos de hostigamiento, quienes con su actitud silencian los actos sancionables, podremos comprobar la complejidad del asunto a la hora de depurar responsabilidades y obrar en consecuencia.

Siendo entrevistado el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, famoso por sus sentencias ejemplares, en relación a los casos de acoso escolar, afirma que son muy pocos los casos de esta índole que llegan a los juzgados debido a lo tapados que están por parte de todas las instancias intermedias: desde los propios acosados, pasando por los centros escolares, hasta las familias y compañeros de clase, la tendencia habitual suele fomentar el ocultamiento. Si a la extrema fragilidad de los acosados, que por definición están en edad escolar, añadimos el tiempo de duración de la agresión, la cual se ve prolongada en el tiempo por el silencio cómplice de todas las instancias que rodean al suceso, la gravedad y el consiguiente riesgo se ve aumentado exponencialmente.

Por todas estas cuestiones creo de suma importancia comenzar a plantearnos si no será un acto injusto dejar de prestar atención al que sufre y está en desventaja, quitándole la voz para poner el énfasis en el fuerte, el que tiene, el poderoso. Al mirar hacia otro lado cuando son tan flagrantes las injusticias que lamentablemente nos rodean, quizá estamos dando un terrible ejemplo a nuestros menores, que pueden llegar a considerar la fuerza y el uso de la violencia un modo lícito de pelear por sus objetivos.

Si todos los que percibimos el sufrimiento ajeno, optamos por restarle importancia, alabando las muestras de agresividad y aspirando al poder físico, económico y moral, quizá todos estemos siendo cómplices de lo que aquí se trata. Entonces buscaremos un modo suave, discreto y evasivo de hablar de lo terrible que nos causa consternación para así eludir responsabilidades, buscando argucias semánticas que difuminen la realidad de lo que en nuestros colegios e institutos está teniendo lugar ahora mismo. Y preferiremos decir que sufre bullying, cuando tengamos conocimiento de que un escolar está siendo víctima de violencia con la connivencia de aquellos que le rodean, en vez de llamar a las cosas por su nombre. Por cierto: 900018018, teléfono contra el acoso escolar.

_________________________________________________________________________

Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo luismirod06@hotmail.com

Comments
  1. Laura

    Extraordinario artículo. Maravilloso.

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *