¿Perder es ganar?

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Por Luis Miguel Rodrigo González

Psicólogo clínico

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Una persona me comentó, varios años después de una dificultosa separación conyugal, que si esta no se hubiera producido jamás habría experimentado la inmensa alegría de compartir su vida con alguien a quien amaba como nunca antes había amado. Gracias a aquella ruptura pudo saborear algo que hasta entonces no había probado. Tenemos los humanos la tendencia a pensar que las pérdidas han de ir indisolublemente asociadas al sufrimiento, que el bienestar ha de progresar únicamente en dirección ascendente, siempre a lomos de la ganancia, el incremento, el beneficio y la progresión; se supone, porque así se nos ha enseñado, que de eso trata la felicidad, de ampliar al máximo nuestra capacidad, nuestro potencial.

Solo mediante el enriquecimiento sin pausa llegaremos a tocar el cielo de lo superlativo. El bienestar queda circunscrito a una pura y simple cuestión de poder. Sin embargo, cada uno de nosotros es portador de una realidad bien distinta a esta filosofía que nos arrastra a la ambición desmesurada, que en caso de no ser alcanzada nos arroja al padecimiento de la eterna insatisfacción. Dependerá de la lectura que llevemos a cabo de nuestras pérdidas, fracasos y derrotas, que logremos sobreponernos a ellas o, por contra, nos aplasten.

Decisión implica cisión, que significa corte. En 1423 el libro de Enrique de Villena titulado Arte cisoria desarrolla la temática del corte con cuchillo. En cada decisión que tomamos en nuestra vida una trayectoria deja de ser factible, quedando recortada nuestra delirante fantasía de omnipotencia y plenitud. Este corte o amputación produce una disminución de nuestras posibilidades, empequeñeciendo nuestras ansias de grandeza de abarcarlo todo. Decidir es por lo tanto encarar las limitaciones, abandonar la pretensión de poder transitar todos y cada uno de los rumbos posibles, asumir que algo siempre va a faltar pero que depende de nosotros que esto no se transforme en el freno que nos impida desear, hundiéndonos en la inhibición. La indecisión es la disciplina de no vivir para que ninguna pérdida se inscriba en nuestro psiquismo. Si en el deseo ya estoy muerto, quizá la señorita de la calavera pase de largo cuando tarde o temprano se presente a por lo suyo.

La única alternativa posible para quien se niega a decidir es quedar con las ruedas clavadas en el barro del cruce de caminos, atascándose en la parálisis que lleva al embotamiento, la desidia, la apatía y la tristeza. El ser humano necesita movimiento y si no avanza, se atrofia. Nuestra musculatura física y mental precisa de la acción. Aunque sabemos que todo movimiento implica pérdida de energía, bien es cierto que la mortífera obcecación de permanecer estáticos, indecisos, no nos lleva a otro lugar que al anquilosamiento. No querer perder en nada nos aproxima peligrosamente a poder perderlo todo y caer en la enfermedad. De saber perder trata la vida. Para que el árbol se desarrolle ha de desprenderse cada año de sus hojas, y algunas ramas. No solo es cuestión de poder, también hay que podar.

De saber perder trata la vida.”

En el ámbito de la pareja esto se percibe con nitidez cuando uno de los miembros se pertrecha en una posición de pasividad, a la espera de que algo suceda que rompa la rutina e inyecte pasión. Pero la pasión no brota de la nada por arte de magia, hay que construirla, avivar la llama del deseo aproximando los leños necesarios para que el fuego llegue a calentar. Sin llevar a cabo los movimientos necesarios, sin querer jugar con fuego ni quemarse los dedos, el frío va devorando la complicidad de la pareja. Ido el amor, aparece el bálsamo del odio o el arrepentimiento, la culpa es del otro porque yo no he hecho nada, no me di cuenta de lo que estaba pasando, como si estas excusas pueriles restaran un ápice de responsabilidad a lo sucedido. La parsimonia no es salvaguarda de nada, y menos del amor.

Cada cosa buena que ha acontecido en nuestro periplo vital ha estado precedida de un sinfín de circunstancias, no todas positivas. Para encontrar un buen trabajo tuvimos previamente que atravesar una jungla de descalabros profesionales; para encontrar una pareja o un buen amigo con quien encajáramos de verdad, intentamos congeniar previamente con infinidad de personas. Y si no se hubieran terminado aquellas relaciones, si no nos hubiéramos desprendido de aquellos trabajos (de los cuales quizá nos despidieron) o compañeros de viaje, no habríamos podido alcanzar un lugar deseado y confortable, ajustado a nuestros intereses más íntimos y peculiares.

Si nos tomamos quince segundos y realizamos el ejercicio de intentar recordar los sentimientos surgidos tras aquellas pérdidas, es más que probable que fueran desagradables, producto del daño producido por pensar en lo que no hicimos bien y sentir en carne propia el dolor del rechazo y el vacío del hueco dejado por el objeto perdido. Y sin embargo, hemos pasado por alto que si aquellas situaciones imprevistas e indeseadas no hubieran tenido lugar, jamás hubiéramos podido alcanzar estas orillas a las que tras mucho bracear hemos arribado. Amarrados a los tablones que en muchas situaciones apenas nos mantenían a flote —cuando no estaban completamente podridos y astillados— dejándonos arrastrar a la deriva por la corriente, es difícil tocar tierra y localizar la playa donde plantar nuestra huella más auténtica y genuina. Nuestra impronta más personal. En cuántas ocasiones, gracias a habernos perdido del camino principal y señalizado, hemos encontrado parajes maravillosos no tan accesibles y marcados en los mapas.

Hace pocos meses una amiga me confesaba que gracias a que suspendió unas oposiciones pudo marchar a una universidad de París para realizar los estudios que verdaderamente la apasionaban. ¿Aquel temido suspenso le trajo pérdidas o ganancias? La respuesta depende de lo que construyamos tras la pérdida.

A las pocas semanas de que se produjera el tsunami de Tailandia, el encargado de un hotel arrasado por las aguas fue entrevistado por un reportero que cubría el desastre. Lejos de la pesadumbre, el hombre contó que años atrás ya habían sufrido otro huracán, si bien de menor magnitud, que se llevó por delante la mayor parte de los muros del establecimiento; sin embargo, algunas estructuras quedaron en pie, las más sólidas y consistentes. Sobre aquellos cimientos reconstruyeron el hotel. Precisamente, aquellas partes del edificio, las más sólidas, resistieron la segunda embestida de las aguas: “Lo que construyamos ahora será sobre lo que no se derrumbó en ambas catástrofes”, dijo ante las cámaras. O al menos es lo que yo recuerdo.

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Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo luismirod06@hotmail.com

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