“Okapi”

Por José Luis Brasero Verdugo

II Certamen de Relato Corto “Por la Igualdad” 2018, convocado por el Ayuntamiento de Brunete

okapi

Durante la última década del siglo XX, María García nació en una populosa barriada del cinturón industrial de Barcelona. Como nieta de esforzados emigrantes, siempre supo que para hacerse un hueco en la sociedad debería luchar incansablemente.

  • Mi niña – solía decirle su abuela materna – cuando alguien te diga que no lo haces bien… ten presente que debes trabajar más.
  • Y… ¿cuándo me digan que sí lo estoy haciendo? – preguntaba ingenua.
  • ¡Deberás trabajar el doble! – sentenciaba la voz de la experiencia.

Siendo como era la hermana mayor, por delante de dos varones, a sus padres les hubiese encantado que arrimase el hombro en cuanto hubiera tenido edad para ello. Un domicilio familiar donde nunca nadaron en la abundancia, precisamente. Para la mente retrógrada de los progenitores de María, si alguien tenía que aplicarse en los estudios, esos deberían ser los chicos. ¡Pero no! Ambos salieron duros de entendimiento. Vamos… que eran unos zotes en toda regla. Al contrario que la joven; siempre brillante en su caminar académico. De forma que los padres no tuvieron más remedio que respaldarla; primero en el instituto y después en la universidad. Donde terminará su Carrera de Medicina como tercera de la promoción. Sí, las dos primeras posiciones también fueron ocupadas por mujeres. Sin embargo, no duden que, para salir en la misma foto, deberán retratarse varias veces más que sus colegas masculinos. Por demás, a María García le parece un escarnio que, a estas alturas de nuestra cacareada democracia, los varones sigan cobrando más realizando trabajos iguales. ¿Qué es escarnio? Burla que se hace de alguno con el propósito de causarle injuria o afrenta. Por ejemplo: ¿no es una afrenta que trabajando en una misma oficina y realizando labores iguales, las mujeres sigan cobrando menos? Por no hablar de los denominados “techos de cristal”: impidiéndolas alcanzar puestos de máxima responsabilidad, cuando están igual o mejor preparadas que el varón de turno.

Para más inri, María ha tenido que sumar otra potencia a esa ecuación cotidiana de la desigualdad respecto al género. Parida y amamantada en Cataluña, siempre estuvo orgullosa de conocer la lengua autóctona. Pero, todo cambió cuando fue señalada por sus propios compañeros (y algún profesor) al entregar su trabajo de fin de carrera… en lengua castellana. La joven lloró al no entender semejante inquina. Como si, por usar la lengua que une a todo el Estado, hubiese pretendido jalonar los cimientos de su Cataluña vernácula con algún tipo de “Pica en Flande”. Por ejemplo: María también domina a la perfección la lengua de Shakespeare y no por ello pretende hacer un censo de los monos que pululan por Gibraltar.

En frío, pensó que hubiera sido otra cosa, si quisiera dedicarse a la política local. Desde un tiempo a esta parte, pintaban bastos para alguien que se llamara María García. Más si cabe, tras haber visto y oído, aquella entrevista televisada donde la Sra. Ferrusola (a la sazón, esposa de hoy ex Presidente Puyol) opinó que el mandatario máximo en Cataluña tenía que tener apellidos catalanes; en referencia al Sr. Montilla; quien, por entonces, ocupaba dicho cargo.

Cansada e insomne por tanta Noche de los cristales rotos emocional, María decidió trasladarse a Madrid. La empresa de su vida estaba por encima de cualquier demagogia barata. Aquí, se sorprendió de que nadie preguntase de donde venía.

De todas formas, y como aquí sigue siendo difícil congeniar los intereses generales del Estado con la Igualdad entre hombres y mujeres, María aceptó irse como voluntaria médica a un lugar perdido de la selva tropical africana. ¿Dónde? ¡Qué más da! Allí, las cosas irán a peor. Encontrándose un machismo secular; auspiciado tanto por la ignorancia como por la superstición. ¡Qué difícil resulta intentar revertir esa ponzoña defendida durante siglos, lo mismo por reinos que por religiones!

Nada más aterrizar en una capital cualquiera de uno de los países de la zona, se desengañó en pocos minutos: si en la ciudad era difícil que la aceptaran… cuando llegase a la selva ¡nunca podría ejercer como mujer-doctor! Por lo que María decidió poner su inteligencia innata al servicio del resultado que buscaba. Como las autoridades sanitarias locales le facilitaron un enfermero, que a su vez servía de traductor, le propuso cambiar los papeles: él se haría pasar por médico y ella por su enfermera. Sí, entendamos que en pleno siglo XXI era una aberración, en toda regla. Pero, efectiva a todas luces. De esa forma, fueron recibidos con alegría en las aldeas donde la medicina occidental pisaba por vez primera. En una de ellas, María pudo ver como los lugareños cuidaban con esmero a una cría de Okapi; sí, ese mamífero jiráfido de pelaje pardo oscuro en el tronco y líneas blancas en sus patas. Lo cuidaban con el mismo cariño con que aquí lo hacemos con nuestras mascotas más comunes.

María llevaba siendo la enfermera de su ayudante alrededor de seis meses, cuando un mal día se topó con la realidad más drástica. Hasta entonces, en parte gracias al apoyo de su ayudante, había podido manejarse en el día a día de aquellas inacabables supersticiones. Pero esa jornada, no pudo seguir mirando para otro lado, por mucho que le insistiese su ayudante.

  • No podemos entrometernos en sus vidas – la dijo.

Pero María ya no le escuchaba. Acababa de toparse con el caso de una niña albina de apenas dos años. En su tribu estaban dispuestos a abandonarla a su suerte. Y por allí si que no estaba dispuesta a pasar nuestra disimulada doctora.

  • Pregúntale al jefe – instó a su ayudante – cuánto dinero quiere por ella. Seguro que la valora en mucho menos que una cabra.

Aunque preocupado, hizo lo que ésta le pidió. No tardando en volver con la orden de que se la podía quedar… eso sí, deberían abandonar la aldea de inmediato.

No tuvo que repetírselo dos veces. Se acercó a la niña, que en esos instantes estaba jugando con el citado okapi, y la tomó en brazos. Una enorme sonrisa se dibujó en la cara de ambas. Como en todas las situaciones mágicas, ¡sobraron las palabras!

De nuevo en la capital, y tras meses de cooperación médica, aquellas autoridades no  pusieron ningún impedimento para que pudiese adoptarla.

  • ¿Cómo se llama? – preguntó el encargado del Registro.
  • Cariño, ¿cómo te llamas? – la preguntó, a sabiendas de que no la entendía.

La pequeña albina dudó un momento.

  • ¡Okapi! ¡Okapi! – acertó a decir la única palabra que había aprendido.

María sonrió y asintiendo, le dio el visto bueno a aquel administrativo local. A los pocos días, y ya con los papeles en regla, ambas volaron hasta Madrid. Tenían una vida por delante. De seguro que las cosas no serían sencillas. Aquí, de sobra sabemos que se han dado algunos pasos adelante, mas queda mucho por hacer. Por lo pronto, la doctora ya tenía algo por lo que luchar cada día. Sí, era una niña de color y albina que atendía por el nombre de Okapi.

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