Noche de Halloween

Por Luis Molina Aguirre

zombie

Aquello era perfecto, el lugar, la niebla, su disfraz… todo iba encaminado a la consecución del desenlace que Marc había planeado. No es que él fuese el típico graciosillo que disfrutaba gastando bromas pesadas en la noche de Halloween, pero sentía que necesitaba vengarse de tantas y tantas como le habían gastado a él a lo largo de sus 33 años. Había sido siempre el Hazmerreir y el objeto de chanza de medio pueblo, al menos desde que tenía uso de razón. Pero esa noche, le tocaba a él, estaba dispuesto a hacerles sentirse tan ridículos como Marc se había sentido en infinidad de ocasiones.

Los actuales compañeros de trabajo de Marc, que antes lo habían sido de colegio, sabían a la perfección cómo fastidiarlo y humillarlo, pero él también conocía el modo de devolverles la pelota. Siempre lo había sabido, pero nunca tuvo agallas suficientes para llevar a cabo sus planes. Sin embargo, algo había cambiado en los últimos meses. Se había enamorado de Emma, una joven recién llegada al pueblo y que al poco tiempo se había unido a la pandilla. Ella parecía corresponderle con sus miradas y sus palabras, sin embargo, Marc, no tardó en darse cuenta de que todo formaba parte de lo mismo de siempre, dejarlo en ridículo y reírse a su costa. Habían convencido a Emma para que saliera con él a cenar una noche. Marc se puso su mejor ropa y sus zapatos nuevos, solo los había utilizado para el entierro de Henri, su padre. Terminaron de cenar y salieron a pasear cerca del lago Erie. Tan solo una tímida luna, que aparecía de vez en cuenda tras las nubes, iluminaba la zona. Hasta que Emma se acercó a Marc para darle un beso. Él notó como el pulso se le aceleraba y que un sudor frío se apoderaba de él. Cerró los ojos, y la joven lo empujó para tirarlo al agua. Todos sus compañeros aparecieron de la nada con linternas, mientras se reían estruendosamente de él y lo iluminaban en el lago con su ropa nueva llena de agua y sus zapatos de hundidos en el fango. Todos reían, menos él, que lloró de amargura mientras veía a Emma besarse con Michael, su jefe en la fábrica.

Conocía la afición que sentían, todos ellos, por acudir al cementerio en las noches de Halloween, allí pasaban la velada bebiendo ponche y disfrazados como chiquillos, mientras contaban historias absurdas de terror. Lo sabía porque en una ocasión lo habían invitado, y terminó, como no podía ser de otro modo, metido en un agujero destinado a un ataúd y con sus amigos desternillándose a su costa. Ese era su momento, su venganza. Había preparado las luces, los muñecos articulados y el sonido ambiente. Llevaba planeándolo y preparándolo, dos meses y ahora, nada podía fallar. Estaba preocupado, pues si bien la niebla daría mayor impresión de terror a sus compañeros, también era cierto que las cámaras que había colocado estratégicamente por toda la zona para grabarlos huyendo despavoridos, podía ser que no captaran nada.

Un sonido amortiguado se escuchó a su espalda. Marc se encontraba ansioso, como el día en el que Emma lo iba a besar, y dio un pequeño respingo. Aún era pronto, sabía que hasta después de media noche ellos no aparecerían por allí. Se agazapó junto a una tumba y permaneció en silencio conteniendo la respiración. La niebla comenzaba a espesarse más y resultaba muy difícil ver más allá de dos o tres metros. Volvió a escuchar un sonido, le recordó al que se produce cuando se escarba en la tierra. Enseguida lo relacionó con el perro que guardaba el cementerio. Era grande, una mezcla de San Bernardo con Pastor alemán, o algo así, le había dicho en cierta ocasión Berg, el enterrador. Se trataba de un animal ciertamente dócil y al que solo había que temerle si le tratabas de quitar el hueso que estuviese royendo. A pesar de ello, Marc permaneció en silencio, no quería precipitarse en sus deducciones, si Michael o cualquiera de los otros lo veían allí, se echaría a perder todo su plan. Recordó las dos horas largas que había pasado maquillándose para disfrazarse de zombi, más el extenuante trabajo de preparar todo aquello, tras salir del trabajo, durante aquellos dos meses. No pudo impedir que una sonrisilla se dibujase en sus labios mientras imaginaba el susto que se iban a dar aquellos canallas. Volvió a oírse sonidos extraños, le pareció a Marc que era similar al que se produce al arrastrar algo por el suelo arenoso. Quizá el animal había cazado algo. Una sombra comenzó a distinguirse en la penumbra de la noche. A través de la niebla, Marc, vislumbró una figura humana que parecía andar con dificultad. Permaneció en silencio, no sabía qué pensar, pues no podía ver con claridad al dueño de aquel cuerpo. Podría ser que sus compañeros de trabajo se hubiesen adelantado. La sombra continuó avanzando. Al principio, Marc pensó que se trataba de alguien disfrazado, pero no tardó en desengañarse, pues cuando estuvo a dos metros de donde él se escondía, pudo comprobar que se trataba del cadáver resucitado de la señora Lard, que había fallecido esa misma semana. Tras ella aparecieron otras sombras, Mary, un cuerpo imposible de identificar, el señor McKenzie… El pánico comenzó a apoderarse de Marc. Sin embargo, unas carcajadas que rasgaron la noche, le hicieron reaccionar. Aquello tenía que ser una broma. Sí, seguro que se trataba de sus compañeros que lo habían pillado preparando todo aquello y ahora querían devolverle la jugada. Aquellos seres se detuvieron en seco al escuchar la algarada. Era evidente que no habían visto a Marc, pues, giraron de súbito y se dirigieron al lado opuesto donde él se encontraba oculto. Decidió seguirlos para ver qué era lo que estaba sucediendo, lo hizo en la distancia que permitía la espesa y extraña niebla de aquella noche. La señora Lard, había muerto de un infarto, pero al caer inconsciente en su jardín, se clavó el rastrillo en la cabeza y desde donde Marc se hallaba, podía apreciar claramente como le salía un líquido asqueroso y verduzco por aquellos agujeritos. Estaba convencido de que no podía tratarse de un disfraz. ¿Era posible que los zombis existiesen realmente?

zombi_cementerio

Las voces se oían cada vez más cerca y pudo distinguir la de Michael sin ninguna dificultad. No debían de estar a más cinco metros. Aquellos seres continuaron avanzando de forma tambaleante. En breve sabría si efectivamente la pobre señora Lard se había convertido en un ser de ultratumba. ¿Qué podía hacer? Si avisaba a sus compañeros de trabajo, lo más probable era que aquellos seres fuesen a por él y, conociendo a Michael y al resto, seguro que no se quedarían para ayudarlo. Las voces estaban ya tras la corta distancia donde el velo de la niebla impedía ver con claridad pero sí dejaba distinguir las siluetas.

—¿Habéis oído? —inquirió Emma —Me ha parecido escuchar… ahí hay alguien, ¿lo veis?

—Será el borracho de Berg —intervino Michael.

Fue decir eso y el señor McKenzie alcanzó a uno del grupo, que Marc no pudo distinguir, los gritos se comenzaron a suceder, el pánico era evidente, los zombis se habían echado encima de todos ellos, tan solo había logrado agazaparse tras un árbol, Michael junto a Emma. Marc no pudo evitarlo y delató su posición al acercarse demasiado para ver qué ocurría. La que fuese Mary lo miró, pero no hizo nada, continuó comiéndose literalmente a Beny, el amiguísimo de Michael. Marc se encontraba entre asustado y gozoso por ver que aquello era mucho mejor que la broma que había estado preparando tanto tiempo. Pensó que se lo tenían bien ganado, pero también que ahora, cuando acabasen su festín irían a por él. Sin embargo, aquello no sucedió, lo miraron con curiosidad, pero nada más. Era como si, gracias a su perfecto disfraz, aquellos zombis pensaran que se trataba de uno de ellos. La señora Lard comenzó a andar nuevamente, esta vez en dirección contraria al jefe Marc y el resto de seres la siguieron. Marc veía las sombras de Michael y de Emma escondidas tras el árbol, los imaginaba temblando de pavor. De súbito le vino a la cabeza la imagen de Emma en los brazos de Michael la noche en la que lo tiraron al lago Erie, noche en la que todos lo pasaron muy bien a su costa. Marc no pudo impedir gruñir, le salió de lo más profundo de su ser, aquel sonido era parecido al de los muertos vivientes y al instante, estos, se giraron para dirigirse nuevamente hacia él. Marc comenzó a caminar de forma similar a los zombis y lo hizo en la dirección en la que se ocultaban Michael y Emma. Cuando llegó a su altura, los vio perfectamente, estaban muertos de miedo, petrificados, incapaces de mover otra cosa que no fuesen los ojos, que no dejaban de parpadear con perplejidad. Michael miró fijamente a Marc y este sonrió, al tiempo que los zombis pasaban por su lado sin tocarlo y se abalanzaban sobre sus dos nuevas víctimas para devorarlos vivos. De la garganta desgarrada de Emma lograron salir unas palabras:

—Socorro Marc.

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *