Materiales de albañilería

luis_miguel_rodrigo_circularPor Luis Miguel Rodrigo

Psicólogo Clínico

pensar_destacada

Para aclarar algunos acontecimientos que creo de actualidad, les ruego me permitan intentar en este texto la cabriola de entretejer varias madejas de diferente colorido pero de igual tela: la inteligencia, la libertad y la tendencia a la masificación.

En primer lugar, Isabel Luzuriaga en su libro La inteligencia contra sí misma desarrolla la hipótesis de que nuestra capacidad intelectual posee la habilidad de volverse contra sí misma en aras a preservar la seguridad del sujeto: si pensar puede ser contraproducente, el hecho de no hacerlo aporta un espacio de confort relativo (ya que implica cercenar el desarrollo) que permite salvaguardar el equilibrio psíquico. Escribe en su libro, basado en su experiencia como analista de niños: “La inteligencia se dedica a la tarea de destruirse a sí misma, con el fin de no conocer aquellos contenidos que le resultan en extremo dolorosos (…) Suele ocurrir que sea cual fuere la causa por la cual un niño ha acudido al análisis, al finalizar el tratamiento, su cociente intelectual se modifica, haciéndose más alto (…) Existe un activísimo actuar en contra de la inteligencia, lo cual implica algo así como la existencia de una contrainteligencia orgánica y fértil en recursos que actúa sin cesar, dejando al niño exhausto”.

Desde este punto de vista no sería descabellada la afirmación de que lo que mide el cociente intelectual pudiera estar pasando por alto el hecho de que, debido a efectos traumáticos, haya quien no pueda llevar al máximo su potencial intelectual debido a causas poco accesibles a la consciencia. Si confrontar puntos nucleares de nuestra historia nos puede dañar, la contrainteligencia es una medida defensiva devastadora pero con una nítida función de adaptación.

Por otro lado, Etienne de la Boetie en el año 1548, analiza en su archiconocida obra Discurso de la servidumbre voluntaria, texto que escribió a los dieciocho años, el incomprensible hecho de que una multitud pueda dejarse someter por un solo hombre, preguntándose: “¿Qué desgracia ha podido desnaturalizar tanto al hombre, el único verdaderamente nacido para vivir libremente y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo? (…) La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre, como es el caso entre los más bravos caballos rabones y desorejados, que al principio muerden el freno y luego gustan de él, y mientras que antes coceaban al ser ensillados, después se ufanan de sus arneses y, orgullosos, se pavonean de ellos. Pero siempre se encuentran algunos hombres que sienten el peso del yugo y no pueden abstenerse de sacudírselo, que no se acostumbran jamás a la sujeción y que nunca pueden impedir pensar en sus privilegios naturales. Son los que teniendo la cabeza bien hecha, la han pulido mediante el estudio y el saber, los que aun cuando la libertad está perdida, la imaginan y la servidumbre no es de su gusto por mucho que se la adorne. La libertad y su ejercicio, desde esta óptica, queda indisolublemente asociada al ejercicio del pensamiento. El embotamiento, la falta de reflexión y el conformismo, quedan conformados entonces como cimiento donde se asiente el servilismo.

Como tercer ovillo quería traer la obra de Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, escrito en el que se analiza la necesidad humana de la masificación, del hecho de que el sujeto consienta a quedar diluido entre la muchedumbre, cercenando su propia subjetividad y sometiéndola a la de un líder, desapercibiéndose de su deseo e inclinándolo frente a un ser superior que guíe su devenir: “El yo se hace cada vez menos exigente y más modesto, y en cambio el objeto (de la persona amada) cada vez más magnífico y precioso, hasta apoderarse del amor que el yo sentía por sí mismo, proceso que lleva naturalmente al sacrificio voluntario del yo. La conciencia moral deja de intervenir en cuanto se trata de algo que puede ser favorable al objeto, y en la ceguedad amorosa se llega hasta el crimen sin remordimiento”. Formar parte de un grupo produce una sensación euforizante, directamente proporcional al pánico que nos provoca la soledad.

La percepción de seguridad y de bienestar que aporta saber que somos multitud los que avanzamos en la misma dirección, dificulta el ejercicio de la individualidad, la libertad y el entendimiento. Si no ejercitamos nuestro pensamiento, único método para liberarnos de las ataduras que nos impiden expandir nuestras capacidades, quedaremos a merced de aquellos visionarios que marquen un rumbo a seguir.

Y un último punto. Que sea en nuestro interior donde reposen las facultades más dignas de admiración, y que por el contrario sea el otro, el diferente, aquel que puede introducir en nosotros las maldades, los peligros, lo desconocido y por tanto lo dañino, es lo que Freud denominó “el narcisismo de las pequeñas diferencias”.

Si extienden ahora, lectores, sobre su mente el tejido en estas líneas entramado, verán configurarse en sus imaginaciones el dibujo de un muro de separación entre Estados Unidos y México, con el consentimiento cómplice de toda la colectividad.

_________________________________________________________________________

Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo luismirod06@hotmail.com

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *