Los arcos del mal

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Por Luis Molina Aguirre

Lucas era, sin duda, el perro más valiente y fuerte de todo Brunete. Contaba con un pelaje marrón chocolate, patorras grandes y poderosas, mandíbula contundente, ojos color miel, mirada firme y decidida… Se trataba de un Labrador de dos años al que jamás se le había visto temer a nada, ni siquiera a aquellos perros más grandes que él cuando trataban de intimidarlo en el parque, en especial aquel animal salvaje llamado Rudolf, el Gran Danés de la señora Robles. Aún estaba por dilucidar quién era peor, el perro o la dueña. Ésta era malencarada, fea, de igual tamaño y babosa como su pulgoso.

Aquella mañana, como cada día, había sacado a hacer ejercicio a Lucas y al llegar a la altura de aquellos arcos, había sucedido lo mismo de siempre… su hermano Javier lo había advertido. <<Daniel, no vayas con Lucas cerca de los arcos aquellos donde la luz parece desaparecer tras de ellos, se pone muy nervioso>>. El joven sabía que eso era así, le había ocurrido alguna que otra vez, pero en aquella ocasión era diferente… algo distinto le pasaba al labrador. Ora tiraba con fuerza hacia los arcos, ora se paraba en seco y ladraba enrabietado… De pronto, el animal comenzó a escarbar la tierra con sus pezuñas, lo horadaba con fuerza cual Miura embravecido. El joven que sujetaba con contundencia la cadena tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para sujetar a su mascota cuando esta arranco enfurecida hacia aquel lugar sombrío. Cuando Lucas se calmó, el bueno de Daniel se arrodilló sobre su amigo y le susurró al oído:

            —¿Qué te pasa Lucas? Ese lugar no te gusta nada, ¿verdad? Sin embargo, hay algo que te empuja de algún modo a ir allí.

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El joven lo tenía todo; alto, fuerte, bien parecido. Solo le faltaba una cosa… determinación y creer en él mismo. Necesitaba ser capaz de afrontar y solucionar los problemas que la vida iba poniendo delante de él por sí mismo. Pero aquel día era distinto, hacía unos días que había comenzado a trabajar, hoy era su día de descanso y en lugar de hacer lo que antes hacía cuando no trabajaba, quedarse hasta las tantas de la mañana durmiendo, se había levantado temprano, había preparado el desayuno a su madre y su hermano y había salido a pasear a Lucas. Daniel se sentía satisfecho por aquello. Sabía que ese simple gesto haría que su madre se sintiese orgullosa de él y eso le satisfacía sobremanera, pues, llevaba mucho tiempo deseando que aquello ocurriese, solo que no encontraba el modo ni las fuerzas para hacerlo. Su madre y su hermano se lo merecían.

            —Tranquilo amigo mío, tú y yo vamos a enfrentarnos a nuestros fantasmas en aquel viejo lugar.

El muchacho sujetó en su mano el emblema de la Legión hecho de plata que llevaba en al cuello, regalo de un tío suyo un poco majara que había pertenecido a ese cuerpo, pero que a él le infundía fuerza y confianza. No podía evitarlo, sentía miedo. Aquel lugar siempre le había producido temor, pero aquel simple emblema le había dado fuerzas. Que él supiese, nadie había entrado allí dese hacía años, quizá incluso, desde aquella Guerra Civil en la que se habían matado entre hermanos y amigos en la batalla llamada de Brunete, por el lugar en el que se había producido, lógicamente.

            —Vamos Lucas, enséñame a qué temes tanto.

El animal comenzó una loca carrera hacía aquellos arcos que llevaban hacia una oscuridad infinita. Por un instante Lucas pareció dudar, pero no tardó en ladrar y reanudar su enloquecida carrera en la que llevaba casi en volandas a su amo. Este, a su vez, se dejaba llevar, pues confiaba en su fiel amigo y de algún modo sabía que aquello era algo que más tarde o temprano tendría que suceder… debía enfrentarse él y su amigo a sus miedos.

El lugar se hallaba en penumbra, como no podía ser de otro modo, pues el edificio era viejo y estaba abandonado desde hacía muchos años.

Según le había contado José, un anciano del lugar, el edificio había sido objetivo de los republicanos durante la Guerra Civil Española y desde entonces había permanecido así, medio en ruinas. Daniel no tenía muy claro a qué se refería aquel viejo, pero su madre algo le había contado de lo que había sucedido hacía casi un siglo. Para él, aquello era algo muy lejano, no le importaba demasiado. Sin embargo, había algo en la historia de aquel viejo que le llamó la atención. Resultaba que durante un breve espacio de tiempo el SMI, el Servicio Militar de Inteligencia de la República, había utilizado aquel lugar como una checa. Maldita las ganas que tenía de saber qué demonios significaba aquello. Sonaba a trampa, a traición, a muerte… Lo que sí sabía seguro era que allí se asesinaba a gente. Tiempos extraños que escapaban a la lógica de aquel tiempo y de Daniel.

Lucas entró tímido. Aquel bravo animal parecía percibir algo que su amo era incapaz. Sin más, su fiel amigo se sentó y comenzó a escarbar en el suelo mientras lloraba. Daniel no veía ni percibía nada, pero notó que ese era el momento de afrontar la realidad, de tomar al toro por los cuernos, por lo que volvió a acuclillarse junto a su mascota y le acaricio entre las orejas.

            —Dime, amigo, ¿qué ves?

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El animal terminó por tumbarse sobre el frío suelo mientras una especie de cortina de humo se alzaba mostrando una imagen imposible e irreal. Un hombre con una pistola antigua apuntaba a otro que se hallaba sentado en una silla atado a esta. Era evidente que el preso era un religioso, pues su indumentaria lo delataba. Junto a él, tumbado, se hallaba un perro similar a Lucas. De pronto un horrísono estruendo sonó en la estancia quitando el aliento a Daniel y haciéndole cerrar los ojos, mientras provocaba el airado ladrido de su fiel amigo. <<Este no soy yo. Yo soy un hombre valiente y afronto mis problemas>> se dijo así mismo mientras abría los ojos. El hombre con la pistola que vestía un uniforme con un adorno plateado, sobre uno de los bolsillos de la camisa, acababa de disparar su arma sobre el religioso que se encontraba atado. Éste no había muerto, pues la bala le había atravesado un brazo. El soldado sacó una navaja y sin dudarlo se fue hacia el animal para cortarle el cuello. El labrador solo emitió un gorjeo sanguinolento de llanto. Miró a su amo con ternura. Parecía llorar por dentro, como diciendo, <<Lo siento, ya no te puedo ayudar más… te he fallado>>. El religioso no tuvo ningún pudor en llorar abiertamente, al ver a su amigo. Estaba dispuesto a morir, no le importaba… rezó en voz alta mientras veía a su amigo irse poco a poco y al tiempo en que su asesino le ponía la pistola en la cabeza y le descerrajaba el tiro de gracia.

Lucas ladró y trató de huir de allí, pero el valiente Daniel lo sujetó por la correa para impedir que se fuese. Aquella aparición no había acabado, el asesino de la extraña insignia plateada guardó su pistola, despojó a su víctima de su única posesión de valor, su crucifijo de oro que llevaba al cuello y enterró al cura en aquel mismo lugar, junto a su fiel perro.

            —Vamos amigo, no tengas miedo… yo mañana tengo que volver a trabajar y comenzar a ser el principal apoyo de mamá. Tú tienes que volver a ser el mejor perro de Brunete y, estos de aquí abajo —dijo golpeando con un palo el suelo arenoso —…, deben ser enterrados como Dios manda.

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