La sombra del chiquillo

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Por Luis Molina Aguirre

 

Los chiquillos fueron siempre chiquillos: bulliciosos, traviesos e incorregibles, comienzan por hacer gracia; una hora después aturden y concluyen por fastidiar. Una cosa muy parecida debió de acontecerle a Brahma cuando, apeándose del gigantesco cisne que como un corcel de nieve lo paseaba por el cielo, dejó aquella turbamulta de gandharvas en los círculos inferiores y se retiró al fondo de su santuario.[1]

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Esos monstruos siempre le habían causado agotamiento mental y mal humor. No es que Lauren Lincoln hubiese sido alguna vez una mujer que se pudiese decir muy alegre y ni mucho menos niñera, pero había determinadas cosas que jamás había sido capaz de soportar, como era aquella risita medio histérica de los críos, los gritos que daban a todas horas, los golpes… cada vez que aquel chiquillo montaba uno de aquellos follones, la joven Lauren no podía evitar que las venas de las sienes se le hinchasen y comenzasen a latir con furia, al tiempo que la jaqueca se apoderaba de todo su ser.

Steven era un niño de 10 años, muy guapo, alto para su edad, moreno con ojos verdes y pequitas que salpicaban su nariz sin ningún orden ni concierto. Lauren sentía que lo quería, de hecho, pasaba horas enteras mirándolo totalmente abstraída, pero, también, existía ocasiones en las que, cuando se le hinchaban las venas de las sienes, desearía ahogarlo con sus propias manos. Era un sentimiento imposible de controlar, alguna vez su hijo había acudido a casa con algunos amiguitos y había deseado hacer lo mismo con todos ellos. Aquel pensamiento la atormentaba, pero era imposible de evitarlo, parecía como si cuando le comenzaba el dolor de cabeza, se transformase en otra persona completamente distinta.

Norman, su esposo y padre de Steven, parecía darse cuenta de todo aquello, pues hacía semanas que ni la miraba a la cara, no digamos ya hablarla. Era como si viviese sola, pues su hijo también parecía ignorarla, lo que provocaba en ella mayor desazón. Tenía momentos de paz, pero poco a poco sentía que tenía que hacer mayores esfuerzos para controlar ese impulso homicida que parecía querer apoderarse de ella.

Había pasado la mañana sola, como siempre, tumbada en el sofá mientras bebía a cortos sorbos un té tras otro. Hasta que sintió que la llave hacía girar la cerradura de la puerta y esta se abría silenciosa. Lauren, siguiendo su instinto, decidió ocultarse dentro de un armario. Desde allí pudo ver como Norman accedía acompañado de una mujer menuda. Al principio pensó que lo sabía, que todo lo que estaba ocurriendo era porque en el fondo, de algún modo, sabía que su marido le estaba engañando con otra mujer. Pero pronto se desengañó. Aquella mujer no podía sustituirla a ella, era muy bajita, gordita y con veinte años o más que ella… era imposible pensar que su esposo se hubiese encaprichado de aquella señora. Decidió esperar paciente y tratar de escuchar y ver qué es lo que ocurría fuera de aquel reducido armario.

—No va a ser tan fácil deshacerse de ella —dijo sin más la mujer menuda que no dejaba de mirar la pared del salón.

—Lo sé… pero estoy dispuesto a pagar lo que haga falta. Estoy convencido de que con ella aquí, mi hijo corre peligro.

La mujer lo miró comprensiva, lo cogió de la mano y se la apretó con fuerza. Después se giró hacia el armario en el que se encontraba oculta Lauren y permaneció un buen rato en silencio, mirando, como si fuese capaz de atravesar con la mirada las puertas de aquel mueble. Sin embargo, al poco, apartó sus ojos de allí y volvió a dirigirlos hacia Norman.

—Tranquilo… he dicho que no va a ser fácil, no que no pueda hacerlo. Prepárate, mañana te liberaré a ti y a tu hijo.

Era increíble, aquella enana, vieja y rechoncha quería matarla. La cabeza volvía a dolerle y las venas de las sienes latían como nunca lo habían hecho. Sentía como la ira y la rabia le subían por el cuerpo y cómo la invadía en todo su ser.

La puerta de la vivienda se abrió de súbito, entrando alegre Steven.

—Hola papá, hola señora Atkinson.

Encima su propio hijo, conocía a aquella harpía que quería asesinarla. Aquello era demasiado.

Su hijo jugaba solo en el salón, la diversión del chiquillo pasaba por aplastar con furia un muñeco contra otro y a Lauren las sienes le volvían a latir. Su hijo y su marido la habían ignorado de nuevo, como si no hubiesen estado ahí hacía un rato tramando su propia muerte. Había esperado a que se fuese la criminal de la señora Atkinson y a que su esposo e hijo subiesen al piso de arriba, después, había salido de su escondite y se había ido a la calle a dar un paseo para pensar. Después regresó como si tal cosa, como si llegase de sus clases de yoga habituales. Entró en casa y, como siempre, nadie la esperaba y nadie bajó a recibirla. Por lo que decidió hacer té y tumbarse en su sofá como hacía habitualmente. Al fin había logrado conciliar el sueño, hasta que Steven la había despertado con un montón de ¡pug, pag, tomaaa, muere, pag, pag, pummm…!

Finalmente, la mujer no pudo soportarlo más y se levantó de su sofá.

—Steven, hijo, ven un momento.

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Las sienes le latían como nunca lo habían hecho, sentía su cabeza que le iba a explotar del dolor y notaba la sangre inundándole la cabeza. El chiquillo obedeció a su madre y dejó de jugar, levantándose para acudir junto a la pared donde se hallaba Lauren. Ella sabía lo que iba a pasar, no podía evitarlo, el impulso asesino la habían obligado a levantar las manos para dirigirlas hacia el cuello de su pequeño vástago. El muchacho no parecía percatarse del peligro y continuó avanzando hacia la pared. Las manos de ella entraron en contacto con la tibia carne del chiquillo. Sintió como otro pulsar, muy distinto al de sus sienes, latía con energía bajo aquella piel joven e inocente y no pudo evitar comenzar a apretar poco a poco. La cara de su hijo comenzó a cambiar y su rostro enrojeció, mientras el muchacho abría la boca para intentar que el aire llegase a sus pulmones.

—¡Altooó! —la señora Atkinson salió de algún sitio en el que debía de estar escondida y sorprendió a Lauren hasta tal punto que soltó el cuello de su hijo, el cual volvió a recuperar el aire — Para esta locura, Lauren. Tú no eres su madre, déjale en paz, vuelve al inframundo donde perteneces… Ya mataste hace doscientos años a tu hijo y lo has vuelto a hacer otras cinco veces con chiquillos inocentes que no tenían nada que ver contigo… yo te ordeno, por la fuerza de Dios Padre —afirmó mientras sacaba una Biblia de detrás de su cuerpo y una botellita que parecía contener agua —… que vuelvas a las sombras. ¡Vuelve ya!, por el poder del Señor, yo te lo ordeno —la espetó mientras la rociaba con aquella agua dolorosa.

Lauren pareció no comprender al principio, pero luego miró hacia el espejo que tenía enfrente, un espejo grande en el que no vio su imagen reflejada, sino que tan solo vio reflejado a Steven y, a su lado, una sombra en la pared que parecía la de una mujer vestida con ropa antigua y que mantenía los brazos estirados intentando alcanzar la garganta de un chiquillo bullicioso, travieso e incorregible, igual que lo había sido su hijo Andrew, hacía ya doscientos años.

[1] Se trata de La creación (poema indio), escrito por Gustavo Adolfo Bécquer

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