La maniobra anoréxica de no comer y otros trastornos de la alimentación

luis_miguel_rodrigo_circular

Por Luis Miguel Rodrigo

Psicólogo Clínico

anorexia_destacada

La epidemiología nos muestra periódicamente que las cifras actuales de trastornos de la alimentación están adquiriendo unos niveles desproporcionados en relación a décadas precedentes. Los índices de pacientes que adquieren estos cuadros en edades tempranas apuntan a la creciente gravedad de esta problemática, disminuyendo progresivamente la edad de aparición de la sintomatología. Empieza a no sorprendernos que una niña de ocho años haya debutado en un trastorno de la alimentación, principalmente anorexia. La inanición voluntaria se nos presenta como un enigma de difícil resolución, puesto que prima la idea de que el deseo de alimentarnos debería caer bajo los instintos de supervivencia; de ahí que nos extrañe tanto que un sujeto se niegue a proseguir con su enganche a la vida.

La endoculturación, la inmersión del humano en el lenguaje, obliga a que nuestras funciones vitales queden indisolublemente ligadas a lo que nos rodea, lo que nos pasa, lo que oímos. ¿En cuántas ocasiones hemos sido incapaces de probar bocado, incluso siendo apetitoso y teniendo hambre, debido a que los temas de conversación de discurrían sobre el mantel no eran de nuestro agrado; o nos hemos comido una última croqueta porque alguien nos invitaba amablemente a hacerlo? El hambre, como pura necesidad fisiológica de comer, queda apresada bajo circunstancias de fuerza mayor. “Se me ha cerrado el estómago”, decimos a modo de disculpa cuando nos negamos a participar del festín, encierro voluntario para no dejar entrar lo que nos concierne y afecta. Comer, cuando hay un conflicto abierto sobre la mesa, implica participar, formar parte del juego, abrirnos; dejar de hacerlo es un modo de mostrar disconformidad, de tomar distancia, de separarse y adquirir cierto grado de autonomía. Sabemos que no solo el hambre, sino la sed, el sueño y las funciones sexuales se ven perturbadas por todo tipo de intromisiones psíquicas, bebiendo por motivos diferentes a la falta de líquido en nuestro organismo, o inhibiendo o exagerando nuestra respuesta sexual por motivos en apariencia incomprensibles. Cuestiones emocionales provocan una disfunción en estas áreas de la biología, en las cuales se entrometen y de las que se apropian. Y es que en el humano el inconsciente cuenta.

lactancia_anorexia

El síntoma psíquico tiene la peculiaridad de lograr materializar algo de lo que en el interior del sujeto causa sufrimiento. Aquello que aqueja a quien padece, se muestra, se plasma en el síntoma, que habla. Porque de los síntomas hablamos. Los pacientes acuden a consulta con sus síntomas, y de ellos hablan; luego el discurso se expande, se bifurca y al cabo de poco, cuando queda liberado ya no se habla del síntoma únicamente sino de todos aquellos aconteceres de la vida que nos afligen. El trastorno de alimentación logra mediante la maniobra sintomática expresar un malestar.

Cuando criamos a nuestros hijos, necesitamos en primer lugar alimentarlos, que coman. Si comen, estarán sanos; y nosotros tranquilos. Pero el niño necesita no solo el alimento, también necesita otras cosas, otros cuidados: afecto, calor, comunicación… Confundir el amor con la comida, obliga al cuidador —mamás, papás, abuelos— a adquirir la absoluta seguridad de que su retoño está bien alimentado para así no sentir la culpa de la desatención o la negligencia, precisando permanecer en la certeza de que si el niño come correctamente, todo está bien. El hambre también es una función a educar —educar y no adecuar— que implica un intercambio entre dos: el que alimenta y el alimentado. Es en ese vaivén donde se construye la subjetividad.

trastornos-alimentarios-anorexia

La maniobra anoréxica de no comer, o como diría el psicoanalista Jacques Lacan, comer nada, es la vía por la que se manifiesta un ansia de mortificación, un deseo de nadificación, desesperado intento de desasirse de la dependencia absoluta del Otro para hacer surgir un deseo larvado que posibilite una separación. La única manera de saber si un bebé ha quedado saciado de alimento es el giro de su cuello, el apartar su boca fuera del alcance de la cuchara, gesto precursor del no. En caso de no producirse este movimiento de separación, el vómito será el acto que venga a denunciar el exceso. Es la dificultad para asumir la incertidumbre, la duda lo que hace que se invada el cuerpo del otro, porque el vacío de no saber —que puede ser generador de angustia— puede llevarnos a obligar al recién nacido a incorporar lo que no pueda asimilar. Dejar de comer sería desde este punto de vista un modo de manifestar la necesidad de existir como sujeto —no como objeto— de resistirse a la ocupación completa enarbolando su estandarte: en esta localización hay alguien con sus propias necesidades que aspira a ser sujeto.

Cité en mi libro La enfermedad de la prisa el caso de un veinteañero que me comentaba que en su casa nunca comía lentejas. Esto se debía al paradójico hecho de que este era precisamente su plato preferido, pero puesto que desde los poderes familiares se le instaba con furor a deleitarse con el manjar, él no encontraba otra posibilidad que no comer: “A mí ya me gustaban, pero si me las comía era por ellos, no por mi”. Tampoco estudiar podía.

Esto me recuerda el comentario realizado por Leopoldo María Panero en la película El desencanto sobre una frase del poeta francés Antonin Artaud en relación a sus automutilaciones: “Cuando me lastimo, estoy seguro de que soy yo, no el otro, quien me daña”.

______________________________________________________________________________

Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo luismirod06@hotmail.com

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *