Es que lo queréis todo. Una disquisición sobre el TDAH (Trastorno sobre el Déficit de Atención e Hiperactividad)

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Por Luis Miguel Rodrigo

Psicólogo Clínico

 

 

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Si no sabemos lo que queremos quedaremos a merced de la dictadura de la imposición por parte del otro, poseedor de los dones ansiados que nos proveerán de las verdades supremas. Otro que sabe de los senderos por los cuales ha de ser transitada nuestra existencia, por más anodino y enrevesado que sea el camino. Pero lo que queremos no es lo que se nos impone que queramos; algo de nuestra subjetividad encauzada en el deseo, ha de ser localizado para que nuestro devenir pueda tomar una dirección menos traumática que la que se rige exclusivamente por los rieles de la deseabilidad social.

Lo que queremos mana de nuestra historia, de nuestras vivencias más personales, de las frases que escuchamos en nuestra más tierna infancia; es único e intransferible. Por lo tanto no comercializable, no empaquetable al por mayor. Y al ser único queda ligado a lo extraño, lo extravagante, raro: colindante con la locura. Esto hace que la industria en connivencia con el mercado emerjan como poseedores de una respuesta a los intereses individuales con que anegar las preguntas sobre la subjetividad, sobre aquellos intereses más auténticos y personales, apaciguando la angustia surgida del temor a quedar relegados a la marginalidad, a la soledad y el rechazo en caso de persistir en la búsqueda de nuestro rumbo. Lo normal siempre será mayoritario, y aunque nadie con un mínimo de sentido común quiera quedar englobado en este conjunto normativizado y adaptado, todos recordamos esos momentos en nuestras vidas en los que quedamos petrificados ante una decisión personal porque sabíamos que una de las trayectorias se bifurcaba hacia lo incorrecto, de lo estipulado para nosotros. Atenazados por el pánico, la opción en apariencia menos problemática es la que se dirige hacia la seguridad.

Si ante la duda existencial sobre nuestro deseo, sobre qué es lo que de verdad queremos, se nos acorrala con la epidemia de miedo, es fácil caer en el abandono, la desidia o la obediencia. El aburrimiento es por lo tanto destino ineludible. Pero no debemos darle demasiada importancia, porque el entretenimiento aparece como la solución al problema. Habiendo abandonado lo más propio de nosotros, lo único que en el fondo tenemos, nuestra más rica pertenencia que es la subjetividad; habiendo detenido nuestro proceso de desarrollo, cedemos esta tenencia a quien posea el entretenimiento: no nos hace felices, pero pasamos el tiempo. Embotamiento necesario.

Si a las preguntas sobre qué nos pasa y cómo paliar el sufrimiento, respondemos crónicamente con un diagnóstico clínico que precisa medicación, podremos comprender que la OCU advierta de los riesgos del abuso de psicofármacos en casos de TDAH: “El recurso a los fármacos dista de ser excepcional y es más bien la norma cuando se produce un diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención e hiperactividad, los cuales se recetan sin el acompañamiento recomendado de psicoterapia según recomienda la guía NICE (Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínic). Debido a que medicamentos como el metilfenidato se acompaña de efectos adversos, no se recomienda su uso a partir del tercer año, plazo que es ampliamente superado por muchos de los pacientes a quienes se les prescribe. Una vez que las (supuestas) causas orgánicas del malestar son localizadas es más sencillo medicar, exonerando de cualquier responsabilidad al entorno que rodea a los pequeños, decisión ética que comporta que toda la culpa recaiga sobre sus estrechos hombros.

La infancia bajo control da título a un documental de Marie-Pierre Jaury en 2010 que analiza cómo en base a una predicción de la violencia, surgida ya en edades tempranas, es importante prevenir a la sociedad de este endémico mal desde la aparición de sus primeros síntomas. Tratando desde el inicio con fármacos las apariciones de agresividad podrán ser evitados males mayores en el futuro. Erradicación primaria de la desadaptación, podríamos decir. De este modo las instancias responsables de la formación de los menores se ahorran la incomodidad de tener que tratar con lo molesto, con lo sintomático; con aquello de lo particular que no cede al empeño educativo mayoritario. Se neutraliza lo diferente, lo individual, en aras a una normativización.

A la pregunta de una profesora de lengua a sus alumnos sobre qué creían que sucederá una vez que sus padres conozcan sus nefastos resultados académicos, algunos de estos respondieron que lo más probable es que les quitaran la wi, la tablet, el móvil y el ordenador. Y es que todos sabemos que es mucho más fácil entretener a un niño mediante un dispositivo tecnológico que con atenciones, cuidados, juegos y cercanía. No nos sorprendamos pues con las alarmas emitidas en los noticiarios cuando nos alertan de los peligros de la adicción al móvil entre los adolescentes, invadidos por la novedad y las posibilidades de los dispositivos tecnológicos, los cuales les permitirán ser populares siempre y cuando accedan a lo último, lo más impactante. Eso es a lo que los exitosos han de aspirar: tenerlo todo. Entretenimiento y farmacología como herramientas modernas para amordazar la palabra del niño y aquello de su individualidad más auténtica que se presentifica en su decir.

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Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo  luidmirod16@gmail.com

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