El secreto que esconden “Las Hilanderas”de Velázquez

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Por Luis Ruiz Calvo

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La pintura es un óleo sobre lienzo y sus medidas son 1,57 x 2,52. Su datación le sitúa en los últimos años del pintor 1654-1660, dentro de la tercera etapa madrileña. Tradicionalmente conocido como “Las Hilanderas”, el genial pintor sevillano Diego Velázquez, recrea un tema mitológico. El cuadro se tomó desde un punto de vista costumbrista hasta que, a mediados del siglo pasado, se observa que el asunto real es la “Fábula de Aracne”.

 En el siglo XVIII queda dañado en el incendio del viejo Alcázar de los Austrias.  Debido a su mal estado, al ser reparado, se le añaden, una banda superior, en la que se ve el arco y el óculo, y unas laterales que distorsionan el encuadre original. Actualmente se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

 Tema…

En el catálogo del Museo del Prado la obra se describía como “Obrador de hilado y devanado y pieza para ventas en la fábrica de tapices de Santa Isabel, de Madrid. Cinco mujeres trabajando. En la habitación alta, tres damas contemplan un tapiz de tema mitológico, en el que se ve a Minerva y Juno”.  El hecho de que la escena principal esté situada en la parte interior del cuadro, es el motivo por el cual se llegó a la idea de que la representación más importante sería la cercana al espectador y, desde este punto de vista, el cuadro se describió de la manera citada al inicio del párrafo.

Se descubrió un inventario de don Pedro de Arce de 1664, en el que figuraba una pintura denominada “Fábula de Aracne de Velázquez”. Posteriormente, varios historiadores y hombres de letras, como Ortega y Gasset entre otros,  entendieron que la obra escondía un tema mitológico. Existen varias interpretaciones sobre si hay dos o tres planos en la parte interior de la obra, ya estén situados Palas-Atenea y Aracne dentro del tapiz que recrea el Rapto de Europa, o si por el contrario, no pertenecen a él.

Aracne era hija del tintorero de púrpura Idmón y tenía gran fama como tejedora. Su orgullo la impidió reconocer a Atenea que estaba  transformada en una anciana y la retó a ver quién de las dos realizaba  el mejor de los tejidos. Atenea  recuperó su forma y aceptó el reto presentando un tejido perfecto con la representación de los dioses del Olimpo y los castigos infringidos a los humanos que  desafían a los dioses. Aracne también presentó un tejido perfecto, pero su tema fue la inmoralidad de los dioses con sus adulterios y aventuras amorosas. Esto no gustó a la hermana de Zeus que la golpeó. Aracne se ahorcó, pero la diosa la convirtió en araña para que como castigo, estuviera tejiendo el resto de su vida. El tapiz del fondo que cierra la obra,  es una recreación de “El rapto de Europa” de Tiziano que también copió Rubens, gran amigo y personaje clave en la evolución de la pintura de Velázquez. De esta manera muestra su admiración por ambos y les rinde merecido homenaje.

Así como el cuadro de “Las Meninas” se toma como un alegato a favor de la nobleza, esta obra se puede tomar como un manifiesto de la superioridad de la pintura frente a los oficios manuales, como es el caso de “Las hilanderas”, como más adelante veremos. Por otra parte, aunque Velázquez era el pintor de la corte, el comitente de esta obra no será el rey, sino el montero real, y es considerada, si no la última, si una de la últimas obras del genial pintor.

Contexto histórico

La muerte de Felipe II traerá a España el inicio de su decadencia con los llamados Austrias menores. En el año de 1598 inicia su reinado Felipe III con la rémora de un imperio que ya ha sufrido bancarrotas y en el que el dinero que proviene de las Américas, apenas se queda en España y sale directamente, de una u otra manera, para Flandes y los territorios conflictivos del norte de Europa. En 1599 nace Diego de Silva y Velázquez en Sevilla y aunque el poder del Imperio Español es aun patente, el desastroso gobierno del Duque de Lerma, así como del estado de  las finanzas, lleva al rey y a su valido a concretar un período de paz y a la firma de tratados con las principales naciones europeas.

La Pax Hispánica finaliza con el inicio de las hostilidades  frente a Francia, Holanda y finalmente, con la inclusión por defender a la familia alemana de los Habsburgo, con la Guerra de los Treinta Años que se cerrará con la Paz de Westfalia en 1648 y el Tratado de  Munster por el que España reconoce a las Provincias Unidas como estados independientes. Con Francia la paz llegaría en 1659 con la Paz de los Pirineos  y las consabidas alianzas matrimoniales entre Luis XIV el futuro rey Sol y María Teresa de Austria. Así mismo, Portugal que fue anexionado por Felipe II, dejará de pertenecer a la Monarquía Hispánica en 1640. Otro frente abierto, debido entre otras razones a la instauración de la Unión de Armas por el conde duque de Olivares, es Cataluña que se alza en armas y se declara independiente y a la vez vasalla del rey francés Luis XIII.

Frente a este desbarajuste social y político, es cuando surge el gran Siglo de Oro de las letras españolas con nuestros grandes clásicos como Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina o Quevedo, que nos proporcionarán nuestro período más importante en cuanto a las letras se refiere. En el arte, junto a Velázquez, significamos a maestros como Zurbarán pintor religioso por excelencia, o a Bartolomé Estaban Murillo con sus muchachos  y su perfecta realidad del momento, así como a José de Ribera, apodado El Españoleto.

Los entresijos de la obra

Podríamos ver la obra desde varios planos, ya sea tomando las primeras figuras, o por el contrario, deteniéndonos en primer lugar sobre la escena o escenas de la parte interior del cuadro. Si empezamos a comentar por el fondo de la pintura, la primera escena que aparece es el “Rapto de Europa”. Zeus se enamora de esta cuando la ve jugar en la playa y para seducirla, no duda en metamorfosearse en un manso toro blanco. Europa duda al principio, pero una vez que ha tomado confianza se sube al lomo del animal y este, la rapta y se la lleva a la isla de Creta donde se unieron. Y así, de esta forma de toro, sale la constelación Tauro.

A continuación, Velázquez representa la Fábula de Aracne que es en sí, la idea principal del cuadro. Palas-Atenea (Minerva romana) es tratada con  su indumentaria clásica de  diosa de la guerra. Frente a ella y situada en el centro de la obra, está  Aracne vestida con ricos ropajes dando simetría a la obra. Por otra parte, esta zona está  elevada en dos peldaños más que el suelo del taller. De esta manera, nos da a entender que el motivo  de la idea mitológica es superior frente a lo mundano o no mitológico, y a la vez, ayuda a la perspectiva. El artista utiliza un juego de luces para conectar a estos personajes mitológicos substanciales con las hilanderas que aparecen secundarias, y están afanadas en su labor cotidiana.

La luz principal de la obra refleja sobre Aracne y tiene su correspondencia en la primera hilandera, con camisa blanca que sostiene un ovillo con una mano y con la otra maneja una devanadera, y que se situada de lado se realza por otro foco luminoso. De esa forma, la luz sirve de hilo conductor a la relación entre estos dos personajes de la obra y ambas, se pueden tomar como el mismo personaje desde diferente perspectiva, puesto que es una joven tejedora y  aun debe aprender algunas cosas de su oficio, y que al igual que la joven  Aracne debe aprender algunas formas de conducta.

A la izquierda de Aracne se encuentra Palas-Atenea que también tiene su correspondencia con el personaje situado a la izquierda del espectador, que vuelve la cara para hablar con una ayudante que le abre la cortina y así deja entrar algo más de luz. Este detalle nos  muestra esa teatralidad del barroco en los cortinajes que a modo de telón abren el escenario al público. Este personaje mueve la rueca y nos  muestra que debajo de su apariencia de mujer de avanzada edad, se esconde algo oculto como es la juventud, y que se puede observar a través de su pierna izquierda, que es la de una persona joven.  Llama la atención la destreza del pintor para que el ojo del espectador recree el girar del huso de esta hilandera ataviada de negro, sin que ella dirija su mirada hacia la rueca para ofrecernos la idea de la profesionalidad de su trabajo. Es una maestra en su oficio. Velázquez nos vuelve a llevar a la imagen de la fábula con Palas-Atenea transformada en anciana, como nos muestra en este personaje y al que dota  de una luz similar a la del fondo del cuadro.

Cerrando el encuadre del piso superior observamos a tres mujeres que  recordemos, eran quienes contemplan un tapiz de tema mitológico, en el que se ve a Minerva y Juno. Una de ellas, la situada más a la derecha del espectador, vuelve la cara y se relaciona con quien observa el cuadro, en este aspecto teatral del barroco que pone en comunicación a la obra y a quien la contempla.

Entre las dos hilanderas de primera línea, Velázquez sitúa a una mujer sin definir y también a un gato que se queda escondido y guarecido entre las lanas del suelo. Esta indefinición del personaje, así como la forma del gato no muy precisada, es tomada por algunos estudiosos como un reflejo de lo que después sería el impresionismo. Este detalle de no terminar la figura, lo vemos también en el perrito del cuadro en el que pinta al príncipe Felipe Próspero. Cuando Edouard Manet viene a España y visita el Museo del Prado en el siglo XIX se quedará maravillado de la pincelada indefinida del maestro y de su determinación para terminar la obra en el ojo del espectador.  Tan es así, que Manet al pintar su obra “Zola” nos muestra, además de un grabado japonés que estaban tan de moda, su obra “Olympia” y el cuadro de “Los borrachos” de Velázquez en un guiño hacia el pintor sevillano.

En 1947 el profesor Diego Angulo descubre que las dos hilanderas situadas en primer plano en el taller, evocan con su posición a dos Ignudi, o desnudos masculinos, que realiza Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina.

Velázquez aprovecha la obra para reivindicar el carácter de superioridad del arte de la pintura, reflejada en Palas-Atenea, frente a las artes manuales artesanas que refleja en Aracne y la hilandera de blanca camisa que de forma graciosa y elegante utiliza tan solo sus manos. Al igual que en “Las Meninas”, crea una atmósfera real con una perspectiva aérea que nos hace ver con claridad las escenas representadas.

Velázquez nos ofrece una composición abierta, donde destaca el dualismo entre Atena y la anciana vestida de negro por una parte,  y Aracne y la jovencita de camisa blanca por la otra, esto es  entre el maestro y el aprendiz. La obra se llena de realismo y naturalismo ya que vemos objetos cotidianos que eran del uso conocido en la época, aplicando pinceladas sueltas sin someterse a la línea y jugando  con contrastes lumínicos de claroscuro.

Bibliografía:

Velazquez.- VV.AA. Museo del Prado. Ministerio de Cultura 1990.

Historia Moderna. Alfredo Floristán. Ed. Ariel. Barcelona 2007.

Mitología clásica  e Iconografía cristiana. VV.AA. Ed. EURA. Madrid 2010.

En la red:

www.wikipedia.org.-  para la imagen.

www.museodelprado.es

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