El excepcional ajo blanco de Chinchón

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El ajo, amo y señor de la cocina mediterránea, es una planta cuyo bulbo, vulgarmente llamado cabeza, la cual está compuesta por dientes, es utilizado para todo tipo de guisos, tanto tradicionales como modernos.

Pero más allá de su uso culinario, el ajo tiene una serie de propiedades que le hacen merecedor de los mayores halagos y, posiblemente, con mucha razón, ya que contiene cantidades razonables de calcio, cobre, potasio, fósforo, hierro, vitaminas del grupo B, C y E, fibra, selenio y manganeso.

Aunque parezca asombroso, está probado científicamente que este superalimento, mejora los niveles de colesterol, es vaso dilatador e hipotensor, por lo que puede reducir la presión sanguínea, fluidifica la sangre, previene el Alzheimer y la demencia, puede ayudar a desintoxicar el cuerpo de metales pesados, aumenta las defensas y protege contra el cáncer. Además, se trata de un antibactericida muy eficaz que ayuda contra las infecciones gastrointestinales, urinarias y bronquiales. También es muy útil para ayudarnos a eliminar la retención de líquidos y a luchar contra el reumatismo y la osteoporosis. Favorece la digestión y estimula la vesícula, el hígado y el páncreas. Las utilidades y beneficios del ajo son múltiples, pero destacaré una última aplicación, como desinfectante de la piel y, más concretamente, para luchar contra el conocido pie de atleta.

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 Si existe un lugar, en donde es famoso el ajo, ese sin duda, es Chinchón, lugar en el que las “ajeras”, mujeres que cuidan y mantienen la tradición de generación en generación, en el cuidado, la limpieza y el atavío de los ajos. Para ello hacen grandes trenzados con los manojos, juntando hasta cuarenta cabezas, o bien los cortan y adecuan para venderlos por separado o en mallas. Aunque existen múltiples variedades de ajos, rosado, morado, violeta, colorado, castaño, negro… es el ajo blanco, el que se cultiva en Chinchón, el cual contiene unas características aromáticas y organolépticas, con sabor picante y bastante fuerte, que lo hacen muy apreciado a nivel internacional.

La Plaza Mayor del municipio, formada por soportales, está realizada en una arquitectura popular, típicamente castellana medieval, cuyas primeras casas se construyeron en el siglo XV y terminándose de cerrar la plaza en el siglo XVII. Ya en el año 1974, fue declarado Conjunto Histórico Artístico todo el casco urbano. Tanto en la plaza, como en las múltiples tiendas repartidas por todo el casco urbano, podemos encontrar tiendas que nos vendan estos fantásticos ajos, perlas blancas capaces de dar el mejor aroma y sabor a nuestros platos y, además, ayudarnos a mantenernos sanos.

Si visitamos Chinchón, además de los muchos lugares de hospedaje que existen, este municipio cuenta con un Parador Nacional bien bonito. Una vez tengamos alojamiento, deberemos acudir a su Plaza Mayor, donde disfrutaremos de su estupendo ambiente. A continuación, no podremos olvidarnos de visitar la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, terminada de construir en el año 1626, que se halla justo encima de la plaza y desde la que podremos disfrutar de unas vistas fabulosas de todo el municipio.

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Así mismo, es de obligado cumplimiento ir al castillo de los Condes, situado justo en el otro extremo del municipio, y construido a finales del siglo XV. Debemos, también, degustar un vino o, por qué no, un chinchón (licor de anís) que al igual que sus ajos cuenta con la protección del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Madrid. Esto podremos hacerlo en uno de los muchos y agradables locales que hay a lo largo y ancho de todo el pueblo, más aún si, estos, tienen cuevas, como sucede en algunos de estos bares.

No podríamos marcharnos de este singular pueblo, sin comer en uno de sus restaurantes que, por ejemplo, se encuentran en los soportales de la plaza, cuyo primer plato, podría ser una sopa castellana, también llamada de ajo; de segundo un cordero lechal estaría bien; y, para finalizar, un flan de huevo casero. La visita a este municipio de Madrid, con sus monumentos, su fantástica gastronomía y una buena ristra de ajos, harán que no nos olvidemos por mucho tiempo de él, dejándonos, quizá para siempre, un más que agradable sabor añejo en nuestro paladar.

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