“El espantapájaros de la mansión Patrick”

Por Luis Molina Aguirre

espantapajaros

La mansión Patrick era una casa que había prosperado a lo largo de los años, pasando de ser una simple y pequeña granja de pueblo, a convertirse, con el devenir de los años, en la finca más próspera de toda la comarca. El fundador de aquel vasto imperio había sido David Patrick, quien había heredado de su padre una pequeña granja mal construida y con goteras, que apenas contaba con un puñado de acres de terreno, donde con dificultad crecía algo de trigo, y una porquera con cuatro gorrinos que les servían para alimentarse durante el frío y largo invierno. Sin embargo, David, tuvo la visión y la inteligencia suficiente como para hacer que aquella tierra se convirtiese en próspera a base de tesón y mucho esfuerzo. Michael, su hijo, recibió una propiedad que daba ya muchos réditos, además de la mansión en lugar de la cochambrosa granja. Este, logró ampliar las tierras de cultivo y dejó la propiedad, antes de fallecer, muy bien posicionada de cara a sus competidores. Damien, actual dueño del imperio Patrick, e hijo de Michael, seguía los pasos de su padre y de su abuelo, haciendo todo aquello que ellos le habían ensañado. Había estudiado Empresariales, por lo que, además de los consejos de Michael, contaba con los conocimientos suficientes como para hacer que la propiedad continuase mejorando y ampliando sus beneficios año tras año.

El actual propietario de la mansión Patrick, vivía solo con su hija y su esposa. Por el día, la casa era un hervidero de gente que entraba y salía continuamente: trabajadores del campo, obreros, mayorales, cocineras, contables, limpiadoras… Sin embargo, por la noche, todo quedaba en calma y tan solo Damien permanecía con su familia en la gran casa. Al anochecer le gustaba asomarse a un gran ventanal que tenía en el enorme salón. Desde él, podía ver una pequeña parte de su propiedad, pero quizá, la que más le gustaba, pues le recordaba a su infancia, cuando paseaba con sus padres por aquellos extensos campos de trigo que llegaban hasta la montaña. Hacía años, en aquella plantación, había habido un espantapájaros que aún recordaba que le asustaba en su tierna niñez. Sin embargo, un día desapareció y Damien lo agradeció profundamente. El trigal, a esas horas de la noche, solía mecerse suavemente al son de la suave brisa y, desde su ventanal, él podía verlo perfectamente, sobre todo las noches de luna llena como aquella.

Los domingos, cuando el servicio no trabajaba, Damien y su familia se acercaban al pueblo para hacer compras y comer en alguno de los muchos restaurantes con que contaba la localidad. Aquel domingo, cuando ya se marchaban, el dueño de la mansión Patrick pasó por delante del escaparate de una tienda de antigüedades. En él, había un espantapájaros horrendo, con sombrero, guantes, botas y con algunas briznas de paja que sobresalían de su vieja y roída ropa. Aquel espantajo, era exactamente igual al que recordaba de su niñez, aquel espantapájaros horrible que se mecía por las noches al son del trigal y que parecía no apartar nunca su mirada oscura de él. Siguiendo un extraño impulso, Damien entró en aquella tienda para cómpralo. Al principio el dueño del comercio no pareció muy convencido de vendérselo, alegando que se trataba tan solo de parte de la decoración y que no estaba a la venta. Pero Damien Patrick, resultaba muy convincente con un talonario en la mano. Así que el buen tendero, no pudo por más que ceder a las demandas de su cliente, a cambio, eso sí, de un par de miles. Precio desorbitado teniendo en cuenta lo que se estaba llevando.

El dueño de la mansión Patrick había colocado su nueva adquisición en el mismo lugar que recordaba que se hallaba el antiguo espantapájaros en su niñez. Se sirvió una copa de Jerez y se dispuso a contemplar a aquel objeto que tanto lo había aterrado. La luna iluminaba toda la zona y podía apreciar el movimiento del trigo y del muñeco de paja al mismo son. Sin más, como surgido de la nada, aparecieron unas negras nubes que lo cubrieron todo, dejando el campo a oscuras. Los rayos y truenos no se hicieron esperar. Damien, por su parte, permaneció impertérrito, disfrutando del espectáculo. Un rayo cayó cerca del espantapájaros. Fue breve, pero Damien hubiese jurado que lo volvía a mirar como cuando era un crio. Otro rayo iluminó el entorno de nuevo y, en esta ocasión, no pudo ver al espantajo. Se frotó los ojos, era imposible, salvo que se lo hubiese llevado el viento. Pensó que eso era lo que había pasado. Un nuevo rayo le convenció de que su nueva adquisición había volado con el vendaval. Apuró su copa, subió para arropar a su hija y se acostó con su esposa.

Al día siguiente se despertó con un grito de su mujer, llamándolo medio histérica desde la habitación de su hijita. Cuando acudió, descubrió que en la cama no se hallaba esta, en su lugar, tan solo había unas briznas de paja mojada. Mandó buscar a su hija por toda la propiedad. Pasaron horas, y como no la hallaban, pidió a la policía que drenase el lago que no se encontraba muy lejos de allí. Pero su hijita no apareció, tan solo fueron capaces de encontrar al espantapájaros, que había volado varios metros y que se encontraba tirado en medio del trigal. Damien, lo volvió a colocar en su sitio, suspendiendo la búsqueda hasta el día siguiente, pues las nubes volvían a tapar el cielo por completo y por la noche sería inútil seguir la búsqueda.

El dueño de la mansión Patrick, dejó a su esposa que se acostase, pues la habían tenido que sedar para lograr calmarla. Él, volvió a llenarse una copa de Jerez y permaneció mirando al espantapájaros. Los rayos no se hicieron esperar y el viento volvió a soplar con inusitada fuerza. Tras el tercer rayo, Damien volvió a perder de vista a aquel espantajo al que cada vez tenía más antipatía. Otro rayo, en esta ocasión le pareció ver que algo se movía con rapidez entre el alto trigo. Otro rayo más, no vio nada, pero sintió como una mirada oscura y amenazante lo taladraba desde lo más profundo de la plantación. Dejó su copa y decidió que, al día siguiente, mandaría quemar a aquel muñeco de paja que le había costado tan caro.

El día siguiente llegó sin sobresaltos. Abrió los ojos y vio que la luz entraba por su ventana, abajo podía oírse el trajín de la gente realizando sus tareas diarias. Se había dormido, algo poco habitual en él. Se giró y comprobó que su esposa ya se había levantado, pues allí no estaba. Sin embargo, al apartar las sábanas para levantarse, pudo observar que, en el lecho, había unas briznas de paja mojada en el lugar donde su mujer solía dormir. Una extraña inquietud se apoderó de él y sin vestirse ni calzarse bajó los peldaños de dos en dos, mientras llamaba desesperado a la madre de su hija.

Pasaron el día buscando a ambas, por tierra, por aire, con perros, por todos los medios humanamente posibles, pero ni rastro. Parecía como si se las hubiese tragado la tierra. Nuevamente llegó la noche con sus nubes negras cargadas de electricidad y agua. La búsqueda se hubo de suspender otra vez hasta el día siguiente. Pero Damien, tenía algo en la cabeza, aquel dichoso espantapájaros debía desaparecer. Cuando todo el mundo se fue, ya era noche cerrada y comenzaba a llover. El dueño de la mansión Patrick salió con una linterna en busca del muñeco de paja. Lo buscó en el trigal. Caminó por este en medio de la lluvia, hasta llegar a una pared de piedra caliza tapada por el alto trigo. Allí encontró la entrada a una pequeña cueva, se introdujo en ella, descubriendo el espectáculo más horrible que hubiese podido imaginar jamás. Sobre el frío suelo, pudo encontrar los cadáveres de su mujer e hija, pero no de cualquier modo, pues tan solo quedaban las ropas y una fina piel pegada al esqueleto. Salió de la cueva enajenado, sediento de venganza, con los ojos arrasados por las lágrimas… al hacerlo, pudo ver a lo lejos la silueta de su gran mansión, pero también, y mucho más cercano a él, la figura del espantapájaros, que ahora era iluminado gracias a una luna perezosa que trataba de asomar entre las negras nubes. Este portaba una guadaña en la mano, así como una soga en el cuello, sin embargo, no hizo uso de ninguno de estos instrumentos, se limitó a mirarlo oscuramente, mientras se aproximaba lentamente al petrificado Damien. Lo agarró por el cuello con su mano libre y con su boca, absorbió todo su cuerpo y su ser, dejando de él, tan solo las ropas y un amasijo de huesos y pellejo.

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