El Club de los Exploradores IV: la caverna de las crías goldrucks

Por Luis Molina Aguirre

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El camino volvía a empinarse hacia arriba y, en ocasiones, se convertía en algo ciertamente tortuoso, pues, las piedrecitas del suelo, hacían que resbalásemos cada poco tiempo. Yo ayudaba a María y Rubén a Julia, pero en ocasiones era al revés, ellas nos ayudaban a nosotros, pues el agotamiento era patente. Podía apreciar la fatiga en mis amigos, la misma que sufría yo, no éramos conscientes del tiempo que llevábamos realmente allí metidos, sin embargo, aunque a nosotros nos pareciese una eternidad, Rubén nos dijo que no llevaríamos más de cuatro horas. Lo que quería decir que afuera ya era noche cerrada y que nuestros padres habrían ido al cuartelillo de la Guardia Civil a denunciar nuestra desaparición. Al menos esa era nuestra esperanza, pero tal y como había dicho Julia con mucha razón, no podíamos quedarnos sentados a esperar a que alguien nos sacase de allí, sobre todo, porque nadie conocía el lago de los exploradores, donde pasábamos las tardes de verano jugando, escondido este en la espesura del bosque y alejado de cualquier posible mirada. Lo que podría suponer que tardasen varios días en dar con nosotros y, la verdad, era poco probable que sobreviviésemos allí abajo con aquellas bestias, los goldrucks como los había bautizado Rubén, ni un día.

Aquellos horrendos monstruos, habían salido huyendo tras la deflagración del azufre, pero hacía ya uno rato que les podíamos oír nuevamente tras nuestros pasos, no sabíamos a qué distancia, pero a buen seguro no andaban muy lejos. Lo más probable era que si no se nos echaban encima era por alguna de estas dos razones: porque tenían un miedo cerval al fuego de nuestras antorchas o, y esto era lo que yo me temía, porque como ya habían hecho en otra ocasión, nos estuviesen empujando a algún lugar recóndito de la cueva en donde nos sería muy difícil hallar la salida al exterior.

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Recuerdo perfectamente, a pesar de los años, que iba pensando en aquellas cosas, cuando una ráfaga de aire frío erizó mi nuca, pensé que era la muerte que nos rondaba, sabedora de que allí abajo tenía cuatro nuevos clientes. Sin embargo, no fui yo el único que lo notó. Fue Rubén el que nos mandó parar.

            —Quietos chicos, ¿habéis notado eso?

Estábamos demasiado cansados como para contestar, simplemente asentimos con la cabeza y miramos con expectación a nuestro amigo.

            —Esa corriente de aire puede significar que hay una salida no muy lejos de aquí. Sigamos avanzando, estoy seguro de que la cueva se bifurcará un poco más adelante, allí veremos hacia dónde se mueven las llamas de nuestras antorchas.

Efectivamente, como casi siempre Rubén tuvo razón. No tardamos en llegar a una parte más llana donde el camino se dividía en tres, las llamas de nuestras antorchas se volvieron locas al acercarnos al segundo camino. Si hubiésemos sabido lo que nos esperaba un poco más adelante, habríamos decidido escondernos en otro lugar, pero no fue así. Nuestras energías parecían renovadas, daba la impresión de que al fin estábamos cerca de la salida. Según Julia, con todo lo que habíamos subido, lo más probable era que no hubiese más de diez metros entre nosotros y la superficie. Al fondo, cuando nuestro camino parecía girar a la izquierda, una tenue luz pareció vislumbrarse. Todos nos miramos esperanzados ¿realmente era posible que al fin hubiésemos encontrado la salida? Corrimos con todas nuestras fuerzas, giramos a la izquierda y después a la derecha. La sorpresa fue mayúscula, pues una especie de estancia cavernícola nos estaba esperando allí. Al igual que el lugar en el que logramos huir gracias al azufre y a mi pericia con el tirachinas, el lugar contaba con un agujero en el techo por el que se colaba inmisericorde la luz de la luna. Sin duda, la distancia entre el suelo y aquella abertura era menor que en la anterior ocasión, pero aun, así y todo, resultaba del todo imposible alcanzar la salida. En cualquiera de los casos, nuestros ojos y sentidos no hicieron mucho caso de esta circunstancia, pues en el centro de la estancia, había tres niños de espaldas a nosotros y acuclillados sobre el suelo. Se encontraban desnudos, sus cabellos eran largos y morenos, pero al margen de eso y de que estaban muy sucios, aparentemente parecían sanos. María se adelantó y cuando tocó el hombro de uno de ellos, este se giró mostrando una boca y orejas similares a la de su especie. Los dientes de aquella pequeña fiera se aferraron con brutalidad a la garganta de nuestra amiga, al tiempo que los otros dos animales se incorporaban y saltaban sobre nosotros. Estábamos estupefactos, eran iguales que cualquier niño, salvo por aquellas fauces y orejas. Tan solo Rubén supo mantener la sangre fría al ponerles la antorcha delante de los ojos, los cuales reaccionaron al instante dando un salto hacia atrás y aullando como lobos encolerizados. El otro monstruo, el que tenía atrapada a María, seguía con su boca apretando la garganta de nuestra amiga con el fin de asfixiarla. Al fin reaccioné al ver los ojos de esta inyectados en sangre y con las venas de la cabeza a punto de reventar, saqué mi tirachinas y disparé al hocico del pequeño goldruck, había leído, no sabía dónde, que para los perros ese era su punto débil, así que lancé la piedra y le di de lleno. Al instante soltó su presa y Julia y yo corrimos a ayudarla, mientras Rubén los mantenía a raya con la antorcha. A nuestras espaldas percibimos la llegada de los adultos de aquella odiosa especie. Aquello tenía muy mala pinta, estábamos atrapados. Con las antorchas tratamos de defendernos y de alejarlos de nosotros, pero María había quedado muy mal herida por el mordisco y se quedó sentada en el suelo sujetándose el cuello por el que le salía abundante sangre. Aquello fue terrible, horroroso, jamás olvidaré aquella preciosa cara ni aquellos ojos suplicantes, cuando uno de esos seres se abalanzó sobre ella y la destripó delante nuestra, como si fuese ganado.

No pudimos hacer nada por evitarlo, o eso quiero creer, pero, a pesar de nuestra corta edad, sí logramos no venirnos abajo y mantuvimos nuestras posiciones, Julia y yo alejando a los grandes y Rubén a los pequeños. Las lágrimas corrían por nuestros impúberes rostros, pero los enormes ojos de María, ahora inanes, no lloraban, tan solo continuaban mirándome fijamente, suplicándome una ayuda que no fui capaz de darle. Después de tantas décadas, aún hoy, cuando me voy a la cama y apago las luces, esos ojos continúan mirándome y suplicándome que la ayude. Me dicen que es muy joven para morir y que tiene toda la vida por delante. Pero la caprichosa madre naturaleza, había creado a unos monstruos, y estos se habían situado en la cima de la cadena alimenticia, nosotros, tan solo éramos unos indefensos animalillos que se resistían a entregarse sin más.

CONTINUARÁ…

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