El Club de los exploradores (III parte)

Por Luis Molina Aguirre

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El fogonazo había sido sorprendente, mi corazón latía de tal modo que parecía que deseaba salirse por mi boca. Sin embargo, me di perfecta cuenta de que no era el único que se había asustado, aquellos seres horrendos y, sin duda, feroces, parecían tener más miedo que yo. Primero se cubrieron la cabeza con sus largas zarpas, después, se pusieron a cuatro patas y huyeron como alma que lleva el diablo.

            —Vamos chicos, salid de ahí —dijo Rubén que acababa de aparecer como por arte de magia en la entrada de la estancia rocosa —. Los goldruck ya se han largado.

            —¿Los qué? —intervino María mientras salía de debajo de un montón de trastos y de un cadáver casi momificado — ¿Se han ido sin más?

            —Goldruck. He decidido llamarlos así porque me recuerdan a unos seres que aparecen en una novela titulada “Un castro llamado Añaco”. Pues sí, se han ido sin más, son muy rápidos a cuatro patas, la verdad. Por cierto, y Julia, ¿dónde está?

Yo acababa de salir de debajo del mortuorio donde me encontraba y Rubén me miraba a mí inquisitivo. Rápidamente reaccioné y fui al lugar donde había visto a Julia esconderse. Aparté toda aquella inmundicia de encima de mi amiga y la abracé, estaba realmente atemorizada. Temblaba y lloraba sin que de sus labios saliese ni el más mínimo sonido.

            —Vamos, tenemos que irnos de aquí —le dije tratando de hacerla volver en sí—, podrían volver en cualquier momento.

Julia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, en la semipenumbra, pude ver sus blancos dientes al sonreír. Eso me tranquilizó y me quitó un peso de encima. Realmente había estado muy cerca de morir. Aquella fiera la tenía ya casi a su merced, cuando ocurrió aquella extraña deflagración. Sin duda había sido provocada por Rubén, pero ¿cómo lo había logrado? Mis pensamientos se convirtieron en pregunta en voz alta.

            —Fácil —contestó Julia que hablaba por primera vez después del susto —. Ahí fuera las paredes están llenas de azufre, me fijé antes. Solo necesitan una chispa para arder y que provoque una llamarada azul, desprendiendo dióxido de azufre.

            —Bueno, yo todo eso no lo sé —dijo sonriendo Rubén —, pero sí sé dos cosas, que el azufre arde y que estos seres le temen al fuego y a la luz. Creo que son casi ciegos, pero tienen muy buen olfato y oído, que es como se guían en estas cuevas.

Un sonido de pezuñas a la carrera llegó nítidamente hasta nosotros, los cuatro nos miramos asustados, aquello era muy mala señal, los dos que habían huido habían llamado a toda la manada, era inútil ocultarnos nuevamente allí, así que, instintivamente, salimos todos fuera, para comprobar que efectivamente eran ellos. Por primera vez vi a mi amigo dudar, no se movía y tanto María como Julia parecían estar esperando las indicaciones de Rubén. Por curioso que pueda parecer, en aquel instante sucedió algo increíble, el destello de un rayo de luna sobre una piedra, me hizo apartar la mirada de mis mortales enemigos, para dirigir mi atención hacia aquel pequeño cuarzo, que se hallaba a tan solo dos metros de mí. Sabía que el azufre solía ser de color amarillo, pero desde mi posición las paredes se encontraban a oscuras, ocultas por la penumbra. Miré a las bestias que se acercaban, en cuatro grupos de dos, parecían saber perfectamente lo que hacían y daba la impresión de que iban en formación. Avanzaban deprisa y su tamaño, aún en las sombras, resultaba aterrador.

Corrí por la pequeña piedra, la cogí y continué sin mirar para atrás en dirección a una de las paredes más cercana que tenía. Necesitaba encontrar una veta de azufre o estaríamos todos perdidos, sin embargo, allí no había ninguna. Miré hacia los goldruck, como los había bautizado Rubén, ahora tres binomios corrían en dirección de mis amigos y el otro iba a por mí, estos últimos se encontraban ya muy cerca, podía verlos perfectamente. Permanecí quieto, pegado a la pared, oculto en las sombras y sin respirar. Mi amigo había acertado, gracias a Dios, eran casi ciegos. Se detuvieron y comenzaron a olisquear el aire, igual que habían hecho anteriormente cuando estuvieron a punto de atrapar a Julia.

Era cuestión de tiempo que me localizasen, no quedaba más remedio que jugármela, saqué mi tirachinas del bolsillo trasero de los pantalones, y lancé la piedra en dirección contraria, donde yo calculaba más o menos que estaría la pared. Las probabilidades de hacer una chispa con el cuarzo y que esta prendiese en una veta de azufre eran casi nulas y efectivamente, eso no sucedió. Lo que sí ocurrió fue que se produjo una chispita, que por muy pequeña que fuese, atrajo al instante la atención de aquellos monstruos. Estos se alejaron en aquella dirección y yo anduve silencioso en dirección a la piedra del centro de la cueva, la que se hallaba justo debajo de la apertura al exterior. Allí encontré varias chinas más de cuarzo, pero igual que yo podía ver mejor gracias a la luz de la luna que por allí se colaba, los goldruck, también podían hacerlo y me detectaron al instante, quedaba claro, pues, que ciegos del todo no eran. Corrí todo lo que pude en dirección contraria a la pared donde había estado tan solo hacía un instante, no podía ver a mis amigos, pero esperaba que se hubiesen podido poner a salvo.

Pronto llegué a la pared de piedra, aquellos diablos estaban muy cerca, sentía y oía su respiración, no quería darme la vuelta, tenía mucho miedo. Al fin encontré en la roja ese color amarillo tan característico del azufre, armé mi tirachinas con un trozo de cuarzo, miré hacia atrás para descubrir a dos goldruck a tan solo un par de zancadas de mí. Mi puntería era muy buena, sabía que no fallaría, lancé la piedrecita y me tiré al suelo, todo en un mismo movimiento. Antes de caer sobre la fría tierra, pude ver, como si de una película a cámara lenta se tratase, que el cuarzo provocaba una chispa al chocar contra la pared de piedra y al mismo instante aparecía una llamarada azulada que iluminó toda la estancia mientras esta recorría toda la veta de azufre.

Cuando me giré, aquellas bestias habían desaparecido y en su lugar, afortunadamente, encontré las caras sonrientes de Rubén, María y Julia. Me ayudaron a ponerme en pie y corrimos a hacia un corredor que nos llevaba a una nueva parte de aquel lugar tan extraño, donde jamás habríamos imaginado, por más años que viviésemos, que encontraríamos lo que allí íbamos a encontrar.

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