El Club de los Exploradores (II Parte)

Por Luis Molina Aguirre

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Como era de suponer, nuestra antorcha definitivamente se extinguió, dejándonos en la más total de las penumbras. Este hecho, provocó que prácticamente nos detuviéramos, pues resultaba muy complicado avanzar a oscuras. Nos agarramos de la mano formando una cadena, en la que Rubén iba a la cabeza, María y Julia en el centro, y yo, a la cola. Era espeluznante, aquellas fieras nos estaban persiguiendo, podía oír perfectamente sus movimientos tras nosotros. Traté de no pensar en ello y me centré en evitar volver a tropezarme, pues los pies descalzos ya estaban muy golpeados y me dolían a rabiar.

            —Rubén, detente un momento —dijo en un susurro Julia —. Tenemos que pararnos a pensar un instante, me da la impresión de que estamos haciendo lo que esos monstruos quieren que hagamos.

            —Julia, los tenemos aquí al lado —intervine yo —. Como nos detengamos nos alcanzan.

            —Callaos los dos —espetó Rubén que se había detenido de golpe —. Tenéis razón ambos. Ahora escuchad… ¿oís eso?

            Un tímido sonido como de agua chocando contra las rocas, llegó hasta nuestros oídos. Tras un breve instante, el sonido de las piedras desplazadas bajo los pies de nuestros perseguidores, también se pudo apreciar con claridad.

            —Continuemos, no podemos quedarnos quietos —afirmó Rubén.

Tiró con fuerza de nosotros, haciéndonos andar más deprisa que antes, lo que provocaba que nuestros pies chocasen y se clavasen con todo tipo de piedras, para nosotros invisibles. Pero nadie protestaba, ni siquiera María, pues, intuíamos, que el horror que se encontraba a nuestras espaldas, era mucho peor que todas las piedras del mundo. Nuestro amigo guía, de pronto, giró hacia la derecha sin detener su ritmo y a lo lejos pudimos distinguir una luz procedente del techo de la cueva. Se trataba de una apertura por la que entraba una sucinta luz, pero, al fin y al cabo, una luz del exterior. A medida que nos íbamos acercando, podíamos ver mejor donde poníamos los pies, y comenzamos a correr nuevamente.

            —Alto, un momento —nos detuvo Rubén —… no hagáis ruido, creo que los hemos despistado. Ya no los oigo desde hace un rato.

            —Es cierto —afirmé esperanzado —, desde que hemos girado y cambiado el rumbo hacia aquí, ya no noto su presencia acechándonos.

            —Vamos, avancemos despacio sin hacer ruido.

La luz procedía de un agujero que llegaba hasta la superficie, pero que resultaba totalmente inaccesible para nosotros. Había una gran piedra justo debajo, a la que se subió con mucha agilidad Rubén, pero ni desde esta, podíamos trepar de ningún modo por aquella abertura hacia la libertad. Miré a María y la vi asustada, tenía lágrimas en los ojos, pero no se la había oído soltar ni el más mínimo sollozo. Recuerdo que bajo aquella luz y con aquellos ojos verdes enormes y brillantes por las lágrimas, me pareció la muchacha más guapa del universo.

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No tardamos en ponernos a explorar por los alrededores, en busca de algo que nos pudiese ser de utilidad, pues Rubén había afirmado con rotundidad: “La basura de un hombre, puede ser el tesoro de otro”, y con esa idea nos pusimos manos a la obra. Por su parte, él ya se había hecho con cuatro buenas ramas que habrían caído del bosque por el agujero. Comenzó a prepararlos para usarlos como antorchas, pues estaba claro que allí no nos podíamos quedar, hasta que Julia nos llamó en un susurro.

            —¿Qué ocurre? —inquirí yo con el corazón en la boca.

            —Ahí en frente hay una especie de cueva que huele fatal y donde no se ve muy bien, pero creo que hay objetos y ropas que nos pueden servir.

Todos nos quedamos mirando estupefactos. ¿Qué lugar era aquel donde nos habíamos metido? ¿Cómo era posible que nadie en el pueblo lo conociese? Para no hacer ruido, Rubén frotó dos palos entre sí, con el fin de hacer fuego y así tener luz para ir al lugar que nos había indicado Julia. Le resultó más costoso que en la primera ocasión con las piedras, pero al final logró prender la rama impregnada de resina de pino. Avanzamos en silencio, con los cinco sentidos alerta, pendientes por si hacían acto de aparición aquellos seres abyectos, mientras tratábamos de escudriñar en la oscuridad de las paredes la entrada a la cueva que nos había dicho nuestra amiga, la cual nos iba guiando. Al llegar a esta, Rubén se adentró sin pensarlo, pero con la antorcha por delante. Esta iluminó una amplia cueva que no tenía salida, de hecho, parecía más bien como una estancia donde se acumulaba todo tipo de objetos, nuestro amigo se giró para mirarnos y sonrió. Sin embargo, aquella sonrisa franca se tornó en una mueca de horror casi al instante, sus ojos se habían detenido en algo que estaba pisando María. Todos dirigimos la mirada hacia allí, lo que vimos nos heló el corazón, pero, por alguna razón que desconozco, me dio tiempo para tapar la boca de María, antes de que comenzase a gritar. Bajo su pie, había una mano humana, ya casi sin carne y que se encontraba alejada del que fuese su cuerpo, pues este ahora lo veíamos, y estaba tirado en el suelo a unos dos metros, junto con muchos otros más de donde manaba un hedor insoportable. Aquello era una tumba y las piernas y la cabeza nos gritaban que teníamos que salir de allí corriendo cuanto antes, pero Rubén, siempre tan sereno, nos detuvo.

            —Tranquilos chicos, ya están muertos y no nos pueden hacer nada. No podemos salir de aquí sin coger todo aquello que nos hace falta. Aquí hay zapatos y ropa que nos son necesarias, sin ellos, podemos estar seguros que no saldremos de aquí jamás.

Aquellas palabras nos hicieron recapacitar y, haciendo de tripas corazón, nos pusimos a coger las cosas que nos eran precisas. Aquello no era nada comparado con lo que poco después tendríamos que hacer para salvar nuestras vidas. La temperatura estaba bajando muy deprisa, pues ya era casi de noche en el exterior, y necesitábamos abrigarnos con las ropas que habían pertenecido a aquellas personas que ahora estaban muertas. Rubén encontró una caja de cerillas, que se guardó en unos pantalones vaqueros que le quedaban muy grandes. Yo hallé un tirachinas, que parecía estar esperándome en un rincón de la cueva. Todos nos vestimos y calzamos y llenamos los bolsillos de todo aquello que pensábamos nos podría servir para salir de aquel lugar. De pronto, Rubén apagó la antorcha y, poco después, fuera de nuestra cueva, se pudo escuchar con claridad un par de golpes de piedras. Eran aquellos monstruos que ya venían. En aquel momento no comprendí la razón por la que mi amigo había apagado la única defensa que teníamos contra aquellos seres, pero no tardaría en conocer la razón. Todos permanecimos en silencio, casi conteniendo la respiración.

            —Tumbaos en el suelo, junto a los muertos y tapaos con las ropas —nos dijo Rubén en un susurro casi inaudible —. Pase lo que pase no se os ocurra moveros de donde estéis. Pase lo que pase — nos recalcó.

Y, sin más, salió de la cueva sigilosamente. Aquellos demonios no tardaron en llegar. Desde mi lugar, oculto bajo varios cuerpos que aún tenían algo de carne putrefacta, podía ver la silueta de aquellos animales recortadas a contraluz, gracias a la luz de la luna que entraba por el agujero. Permanecieron un instante quietos, hasta que uno comenzó a olfatear el aire. Poco a poco se fue acercando hasta la zona donde estaba escondida Julia. Olfateaba y olfateaba, buscándonos. Su hocico, finalmente, se situó justo encima del montón de cadáveres y ropa que cubrían a nuestra amiga. Mi corazón latía a mil por hora, tenía que salir de mi escondite para ayudarla, pero Rubén nos había insistido en que nos quedásemos quietos. El animal comenzó a quitar los objetos que cubrían a Julia, justo en el instante en que un estruendo brutal, fuera de aquel hipogeo particular, atravesó nuestros tímpanos y se iluminó por un instante absolutamente todo el exterior.

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