El Club de los Exploradores (I parte)

Por Luis Molina Aguirre

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Las bicicletas volaban cuesta abajo por la calle principal, cada vez que había un bache, María, Julia y yo lo esquivábamos, mientras que Rubén pasaba sobre él o se alzaba sobre el sillín para saltarlo. Era verano, hacía mucho calor y a esas horas, después de la comida, se suponía que deberíamos estar en casa, a la sombra haciendo la digestión. Sin embargo, todos los días nos las arreglábamos para escaparnos los cuatro, e ir en busca de aventuras a las afueras del pueblo donde veranábamos todos los años desde que yo tenía uso de razón. Aquel día ocurrió algo que se salió de lo normal, algo que por más tiempo que viva, jamás podré olvidar y no sé si, con el paso de los largos años, pues han pasado ya seis décadas, seré capaz de contar.

Al final de la cuesta de la calle principal, esta giraba a la derecha y después a la izquierda, dejando paso, la zona mal asfaltada, a un camino de tierra que se adentraba en un espeso bosque de eucaliptus. Íbamos donde siempre, a nuestro refugio, al lado del lago, pero no al lago grande, donde todo el mundo se bañaba, no, nosotros íbamos mucho más allá, a uno pequeño que Rubén encontró hacía un par de años subiendo por un camino casi intransitable, el cual nos obligaba a dejar las bicis al inicio de la cuesta, pues, hacía falta hacer uso de pies y manos para trepar hasta la cima. Después, había que bajar por una loma muy escarpada llena de grandes piedras y cantos rodados, aún hoy me pregunto cómo no nos matamos ninguno bajando por allí. Tras diez minutos yendo por la pendiente, lo que nos dejaba los tobillos destrozados, llegábamos a un llano donde un bosque de pinos nos esperaba y, más o menos en el centro del pinar, se hallaba el pequeño pero precioso lago de los exploradores, pues así nos hacíamos llamar nosotros, el club de los exploradores, por lo que Julia nos instó a que lo llamásemos así, cosa que nos pareció bien a todos.

Como he dicho, aquel día hacía mucho calor, nos quedamos en bañador y nos metimos en el agua que estaba, a pesar de todo, congelada. Tras un rato, María salió y dijo señalando hacia la espesura del bosque que iba hacia allí, que no tardaba mucho. Todos supimos a qué se refería, necesitaba ir al baño. Continuamos jugando a ver quién era el que más tiempo aguantaba sumergido. Como siempre, ganó Rubén, él era el más fuerte y atlético y Julia la más lista del grupo, María, para mí, la más guapa y simpática y yo… bueno, yo solo tenía buena puntería con el tirachinas, cosa que me vino muy bien a la postre, pero que en esos instantes no servía para nada. En general, no destacaba en nada, no era feo, pero tampoco guapo, no era tonto, pero tampoco listo, no era un mal atleta, pero ni mucho menos el mejor. Vamos, lo que se suele decir normalito y del montón. Sin embargo, aquellas tres personas eran mis mejores amigos y yo, Roberto, el que no destacaba en nada, lo era de ellos. Éramos una piña y estábamos dispuestos a hacer lo que fuese preciso los unos por los otros. Por desgracia, lo pudimos comprobar al poco tiempo.

María apareció en la orilla opuesta del lago de los exploradores, llamándonos y moviendo los brazos en alto para que la viésemos. Los tres nadamos en su dirección, pues era mucho más rápido que ir andando bordeándolo. Cuando llegamos a su altura, el sol se hallaba tras el follaje y no era capaz de atravesar las grandes y espesas ramas de los árboles. Julia comenzó a tiritar y Rubén la abrazó para calentarla. Yo también estaba congelado, pero me podía aguantar si me sujetaba los brazos con fuerza.

—¿Qué pasa María? —pregunté —Vamos al agua que aquí hace frío.

—Verdad que sí. Es muy raro, hay al menos diez grados menos que en el otro lado del lago —contestó ella —. Mirad chichos, he descubierto algo, es una cueva. ¿No os apetece explorarla?

—Es que hace frío —protestó Julia.

—Bueno, ¿por qué no echamos un vistazo? —apuntó Rubén que nunca desechaba una buena oportunidad de explorar un nuevo sitio — Si vemos que no podemos avanzar o que está muy oscuro, nos volvemos y ya vendremos mañana mejor preparados.

Si en aquel entonces hubiésemos sabido lo que nos esperaba en aquella cueva, seguro que nos habríamos ido de allí sin explorarla. Pero como suele suceder, el hombre es curioso por naturaleza y Julia, que era la que más frío tenía, no tardó en entrar en calor al comenzar a andar, por lo que dejó de quejarse.

—¿Por qué has venido tan lejos? —pregunté curioso a María —¿No pensarías que íbamos a mirarte?

—No, claro que no. Me había parecido ver un ciervo y lo seguí hasta aquí. Pero debió ser una sombra del bosque, porque aquí no había nada.

Cuando llegamos a la cueva, Rubén no dudó en entrar. Al principio se veía más o menos bien, pero tras dar unos cuantos pasos hacia el interior, la oscuridad comenzaba a adueñarse de todo el entorno.

—Esperad chicos, necesitamos una antorcha, de lo contrario podemos caernos y sufrir algún accidente.

Rubén salió y nosotros lo seguimos. Era un experto en estos casos, su padre formaba parte de una unidad de operaciones especiales y le había enseñado a hacer fuego y a sobrevivir en el bosque sin necesidad de llevar víveres ni ningún tipo de ayuda. Cogió un palo, lo unto bien de resina de pino y con dos piedras de cuarzo, comenzó a lanzar chispas a la resina hasta que comenzó a arder.

—Esto servirá —afirmó sonriente —. Aquí hay llama para dos horas al menos. Entramos, vemos un poco la cueva y mañana venimos con linternas y mejor preparados, sobre todo con zapatos.

Mi amigo Rubén avanzaba por la cueva con soltura y con paso firme y decidido. No tardamos en comprobar que el camino que seguíamos se internaba en las profundidades de la tierra por debajo del propio lago, de hecho, algunas gotas que caían del techo y que habían formado tanto estalactitas como estalagmitas, según afirmó Julia, seguramente procederían de él. No obstante, todo el entorno parecía seguro. De pronto, Julia sujetó por el brazo a Rubén y lo dirigió hacia una pared. Allí se podía ver unos extraños dibujos en los que aparecían cazando unos seres deformes mitad hombres mitad bestias, que contaban con unos colmillos de un tamaño sobrenatural, unas largas manos con zarpas como las de un oso y, sobre todo, la apariencia de contar con un gran tamaño. Los cuatro nos miramos sorprendidos, sin saber qué pensar ni que decir. Parecía que allí había estado alguien antes que nosotros. No existía razón para suponer que aquello no fuese así, seguramente, alguien, antes que ellos, había explorado ya la cueva, pero aquellos curiosos dibujos… Una sombra veloz nos hizo girar, a los cuatro a la vez, en su dirección. Al fondo de la cueva, donde el camino torcía hacia la izquierda y se perdía de nuestra vista, se podía vislumbrar perfectamente una silueta de algún tipo de animal de cuatro patas, el cual no se movía.

—¿Qué es eso? —inquirió nerviosa María.

—Tranquila, es un animal, debe ser un lobo o un perro. Se ha quedado deslumbrado por la luz de la antorcha, por eso no se mueve —contestó Rubén —. Mientras tengamos luz no se acercará a nosotros. Venga. retrocedamos lentamente.

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Aquel animal siguió nuestros pasos lentamente, paso que retrocedíamos, paso que él avanzaba. Habíamos pasado por una bifurcación de la cueva y justo al acercarnos allí Rubén gritó que corriésemos, pero por el camino que habíamos usado para llegar, otro animal nos esperaba cortándonos el paso. La fiera se acercó y se alzó sobre sus dos patas traseras. La llama de la antorcha iluminó perfectamente el cuerpo de aquel ser de gran tamaño. Se trataba sin duda de los propietarios de aquellas extrañas pinturas que habíamos visto hacía tan solo un rato. Mitad hombres mitad bestias, que contaban con unos colmillos de un tamaño sobrenatural y unas largas manos con zarpas como las de un oso, sus ojos eran negros como la obsidiana, su boca, cuajada de dientes, babeaba una mezcla de saliva espesa y sangre, en lugar de nariz, contaban con hocico similar al de un lobo, al igual que las orejas, que se alzaban en punta hacia el techo de la cueva. El cuerpo parecía humano, aunque cubierto por completo de pelo, finalmente, su mirada era la de un depredador. Jamás olvidaré aquella mirada, me hizo sentir, por primera vez en la vida, que nosotros no estábamos en la cúspide de la cadena alimenticia.

Aquel demonio dio un salto en nuestra dirección, Rubén alzó la antorcha y se la acercó a la cara, lo que hizo que aquel ser se detuviera en seco cegado por la luz. Ese fue el instante que aprovechamos para salir corriendo con todas nuestras fuerzas, por el único camino que nos quedaba libre y que no sabíamos a dónde nos podría conducir. Las piedras se clavaban en nuestros pies descalzos, pero el pánico era mayor que el dolor. Solo una cosa era segura, aquellos seres nos dirigían hacia donde ellos querían, de momento, hacia las profundidades de la tierra, pues el estrecho camino bajaba muy pronunciadamente entre piedras y charcos de agua que a duras penas lográbamos vislumbrar con la velocidad a la que corríamos y la sucinta llama de la antorcha que nos quedaba.

Continuará…

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