El Club de los exploradores: capítulo final

Por Luis Molina Aguirre

Hombre-lobo

Ciertamente, podría escribir días y días, hojas y hojas, escribiendo sobre aquellas escasas cuarenta y ocho horas que pasamos mis amigos y yo, los miembros del club de los exploradores, dentro de aquella infernal caverna. Los recuerdos se agolpan en mi cabeza con tozudo realismo, igual que si lo sucedido en aquel verano no hubiese ocurrido hace más de sesenta años, igual que si hubiese ocurrido ayer… sin embargo, me ceñiré a narrar el desenlace trágico de nuestras últimas horas en aquel infierno, en aquel hipogeo, pues efectivamente, cuando la policía entró, un día después del momento que voy a contar, descubrió que aquel lugar era una enorme tumba.

El horror por lo que le había sucedido a nuestra amiga María, nos había agarrotado los músculos. Aun así y, a pesar de las lágrimas que corrían abundantes por nuestros jóvenes rostros, nuestros corazones latían con fuerza gracias a la adrenalina que provocaba el terror que sentíamos ante semejantes bestias. Estábamos rodeados y las posibilidades de salir con bien de allí, eran escasas, por no decir nulas. Traté de mirar las paredes, en busca de una veta de azufre que nos diese un respiro, como ya ocurriese con anterioridad. Sin embargo, la luz era demasiado tenue como para permitirme vislumbrar aquello que las sombras se empeñaban en mantener oculto.

Rubén comenzó a moverse lentamente hacia una posible salida, otro túnel que no podíamos saber hacia dónde se dirigía. Aquello fue un error. Poco más tarde comprendería que cuando uno está rodeado y tiene compañeros, lo mejor que se puede hacer es poner espalda contra espalda para no perder de vista al enemigo. Sin embargo, en aquel entonces, éramos demasiado críos como para llegar a esa conclusión sin pagar un alto precio.

Los tres giramos en la dirección de nuestro amigo para avanzar amenazantes sobre los seres que teníamos en frente, o quizá, no sé, para apartar de una vez de nuestra vista, los enormes ojos de María, que no dejaban de mirarnos. Como no podía ser de otro modo, uno de los goldruck, que se encontraba ahora a nuestras espaldas, al dejar de estar amenazado, lanzó un ataque rápido y volvió a ocultarse en las sombras. Todos nos giramos para ver qué había sido esa sombra veloz que casi nos había rozado y que a Julia le había revuelto el pelo,… todos menos uno. Ruben permaneció quieto, apuntando con su antorcha a los que tenía delante. Por desgracia, no tardó más de dos segundos en caer de rodillas y, tras un par de segundos más en los que no entendimos qué era lo que nuestro amigo estaba haciendo, cayó definitivamente sobre aquel frío y mortal suelo. Cuando nos fijamos pudimos ver con espanto, que a Rubén le faltaba una parte de la nuca. Aquella sombra que a nosotros nos había solo rozado, a Rubén le había asesinado cruelmente de un zarpazo. Su cuerpo convulsionó un par de veces, mientras la sangre manaba abundante, formando un charquito negro y espeso cerca de su inocente cuerpo.

Recuerdo que en ese instante comprendí que jamás saldríamos con vida de allí, mi cabeza solo pensaba en una cosa, huir, correr… agarré a Julia de la mano y me abalancé con todas mis fuerzas en dirección a la salida más cercana. Gracias a Dios, Julia me siguió, con nuestras antorchas hicimos apartarse a los monstruos y pudimos adentrarnos en aquel nuevo pasadizo que no sabíamos dónde nos llevaría, pero que sin duda lo haría lejos de aquel horror. A nuestras espaldas pudimos oír con claridad como aquellos seres, los goldruck, como los habíamos bautizado, se cebaban con el cadáver de nuestro amigo Rubén. Era cruel, era injusto, pero, sobre todo, lo que fue, fue crucial, pues nos otorgó unos minutos de ventaja suficientes para alcanzar otra estancia más pequeña que la anterior, por la que en un agujero de su techo, se filtraba un rayo de luna. En esta ocasión sí que era posible alcanzar la salida. No terminábamos de creer que esto pudiese ocurrir de verdad, temíamos que en cualquier instante aparecieran aquellos seres, mitad animal, mitad hombre, y que diesen buena cuenta de nosotros. Sin embargo no fue así. Julia salió primero, después, lo hice yo. Los dos respiramos hondo una vez en la superficie, quedaba muy poco de noche, como una media hora para amanecer. Lo habíamos logrado y Julia y yo nos abrazamos mientras llorábamos desconsolados por la pérdida de nuestros amigos. Sin embargo, el destino nos tenía preparada una nueva sorpresa. Aquello que nunca pensamos fuese posible, sucedió. Los goldrucks no solo permanecían dentro de aquella infesta cueva esperando a que llegasen sus víctimas hasta ellos, no, también salían a la superficie. A nuestras espaldas pudimos oír claramente como la respiración agitada de alguna bestia se aproximaba a nosotros. No lo pensamos y corrimos lo más rápido que pudimos. Aquella parte del bosque nos era desconocida, por lo que no teníamos claro que rumbo seguir. Íbamos cuesta abajo, supuestamente hacia el lago, pero no se podía ver mucho, así que tan solo era una suposición. En un momento de lucidez, que solo puedo achacar a que mi buen amigo Rubén se encontraba allí en espíritu con nosotros y decidió guiar mis pasos, agarré a Julia del brazo con fuerza y cambié el sentido de nuestra enloquecida carrera. Corrí todo lo que pude, tirando de mi amiga, la cual permaneció en silencio, en dirección a la parte más alta de la colina. El jadear salivoso y enrabietado de nuestros perseguidores cada vez se escuchaba más cercano. La cima estaba ya cercana y los pinos que cubrían la montaña habían desaparecido, estábamos en campo abierto, pues ahí arriba no crecían. Note que Julia miraba para atrás y ahogó un chillido de terror.

—Julia, no te detengas —la grité —. No mires atrás.

—Roberto, están muy cerca.

—Lo sé… corre, confía en mí.

caverna_final

Y Julia confió en mí y corrimos como nunca lo habíamos hecho. Estábamos desfallecidos, no habíamos comido ni dormido en dos días, éramos unos niños y, lo peor, nos habían arrebatado de la forma más cruel, a nuestros amigos, nuestra infancia y la inocencia.

Llegamos a lo alto de la colina y allí el camino se acababa, pues, al otro lado, tan solo había un enorme acantilado que caía varios metros entre rocas graníticas. Nos giramos para enfrentarnos con nuestro destino. Allí llegaban, eran al menos una docena de goldrucks que corrían a cuatro patas en nuestra dirección. A penas diez metros los separaban de nosotros cuando, un rayo del sol que comenzaba ya a enseñorearse tras las colinas lejanas, nos iluminó y comenzó a calentar. Las fieras se detuvieron en seco. El sol continuó avanzando y los goldrucks, desconcertados, iniciaron una alocada carrera en dirección a su sucia e infecta cueva. Era increíble, pero nos habíamos salvado.

Tardamos más de media mañana en encontrar el camino de vuelta a casa. Al hacerlo descubrimos que el pueblo entero estaba movilizado buscándonos por todo el entorno, con perros, ejército, policía, helicóptero, etc. Y, sin embargo, no habían sido capaces de dar con nuestro paradero. Julia y yo, narramos a la policía lo que nos había ocurrido, les llevamos a nuestro escondite, el lago de los exploradores, y les indicamos la entrada a la cueva que por desgracia habíamos descubierto. Allí dentro encontraron más de doscientos cadáveres de personas, a las que en algún momento habían echado en falta en varios de los pueblecitos de la serranía, y muchos más de distintos animales. Sin embargo, nadie nos creyó. La versión oficial fue que una gran manada de lobos había sido la responsable, pues de los goldrucks no quedaba ni rastro.

Julia y yo hemos mantenido el contacto desde entonces hasta hará cosa de diez años, en que mi buena amiga falleció. Lo hizo junto a mí, en una cueva. Era una de esas cavernas infestadas de goldrucks y que tanto ella como yo prometimos, ahora hará cosa de sesenta años, limpiar definitivamente. Hasta su fallecimiento, momento en que yo me retiré, habíamos limpiado media centena de cavernas de esos monstruos, a lo largo y ancho del país. Sin embargo, afortunadamente nuestra muerte no será el fin de la cacería, pues, nuestros hijos y algunos buenos amigos, continúan la persecución de los goldrucks y esta se perpetuará hasta que se hayan extinguido o hasta el fin de los días.

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