Castillos, cascadas, torreznos y migas…entre Guadalajara y Zaragoza

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Por Luis Molina Aguirre

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Castillo de Zafra

El sol anaranjado que ya declinaba en el horizonte, las cuasi perfectas rectas de una comarcal bien señalizada y una tierra de girasoles nos recibió afable a todo el equipo de masbrunete.es que habíamos viajado hasta aquí, al linde entre las provincias de Guadalajara y Zaragoza, en un nuevo afán por descubrir y describir aquellos lugares recónditos de la geografía española, sus gentes y, cómo no, su excelsa gastronomía.

La primera parada la hicimos para hacer noche en la siempre bella Molina de Aragón, plaza segura siempre de doña Jimena, la esposa del héroe Cid Campeador, y de sus hijas. Tras registrarnos en un hotelito céntrico y confortable, salimos con los sentidos puestos en el yantar, que es para lo que habíamos ido hasta aquellas tierras castellanas. No obstante, antes, la singular capital del Señorío de Molina-Alto Tajo nos regaló un bello espectáculo con la imagen de la Iglesia de San Francisco del siglo XIII y su arcángel portando la bandera, al cual se le conoce como el Giraldo de Molina, que corona sempiterno el campanario de dicha iglesia. A lo lejos, a media montaña, pudimos distinguir perfectamente iluminado el magnífico castillo de Molina de Aragón o fortaleza de Molina de los Caballeros, siempre vigilando al municipio y al tranquilo río Gallo. De sus ocho torreones quedan cuatro en buen estado y otras dos semiderruidas, no obstante, su belleza, poderío y majestuosidad, no pueden dejar a nadie indiferente. Avanzamos embelesados por la húmeda noche molinés. Las piedras rosadas del puente románico sobre el río Gallo atrajeron nuestra atención, no solo por su bonito porte, sino también por el contraste con el verde de la fresca hierba que crecía sin dificultad a su alrededor gracias a la generosidad del río que avanzaba pacífico bajo sus armoniosos arcos.

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Molina de Aragón

Lugares donde comer en Molina de Aragón haberlos haylos, pero no podíamos entrar en todos. Nos decantamos por el Palacio de los Molina, que parecía ser lo apropiado. Un pulpo a la brasa, unas boletus revueltas con yema de huevo, torreznos con puré de manzana y un buen queso de cabra, regado con un gran tinto, fueron los artífices de saciar esa quemazón que siente uno cuando el hambre aprieta, pues ya se sabe lo que nos enseñó el buen Caballero de la Triste Figura: “Pero sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.” Por lo que una vez comidos y bebidos, continuamos nuestro agradable paseo iniciado casi un par de horas atrás, esta vez por las oscuras y tranquilas calles del municipio molinés. Iglesias y edificios emblemáticos aderezaron nuestros nocturnos pasos que nos llevaban inexorables a poner fin al largo día en nuestro pequeño y agradable hotel.

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Monasterio de Piedra

Amaneció y nuestro vehículo, salpicado por las lágrimas de la Aurora, tomó resuelto la carretera CM-210, pues, a poco más de cuarenta kilómetros, nos esperaba el famoso Monasterio de Piedra, perteneciente al municipio de Nuévalos ya en la provincia de Zaragoza. Un café para terminar de despejarnos en las mismas instalaciones del parque nos ayudó a emprender el delicioso camino hacia la frondosa floresta. Castaños, nogales, chopos, fresnos…, de este incipiente otoño, trataban de impedirnos divisar las bellas caídas de agua de las que está repleto el paraje. La cascada del Baño de Diana, la Caprichosa, la Trinidad, los Vadillos, los Fresnos altos y bajos, la cascada Sombría, la de los Chorrederos, las cascada Iris y la gruta del mismo nombre y, cómo no, la cascada de la Cola de Caballo, hicieron que resultase ciertamente inenarrable tanta belleza junta y placentera. El paseo nos llevó toda la mañana, por lo que a pesar de sentir la tentación de permanecer por más tiempo contemplando aquellos saltos eternos de agua con su dulce melodía, decidimos ir en busca de un lugar donde poder recargar las energías gastadas tan gratamente. Existen un par de restaurantes dentro del parque, no obstante, elegimos acercarnos al cercano Núevalos donde hay gran variedad de estos y, además, cuenta con el bello embalse de la Tranquera que es digno de ser contemplado con detenimiento. En esta ocasión hicimos el alto en el camino en el restaurante “Las Rumbas”, la variedad de lugares donde comer bien es grande, sin embargo, debo de decirlo, nos decantamos por este porque a la salida del parque nos ofrecieron degustar unas migas con uvas allí. Así fue, las migas contaban también con chistorra, además, el local disponía de un menú variado y apetecible, típico de la zona, así como con unos vinos con denominación de origen Calatayud. Si tenéis ocasión de catar este líquido tan amado por Baco no dejéis de hacerlo, pues os aseguro que, a pesar de no ser muy conocida esta denominación de origen, se trata de un descubrimiento para el paladar que os aseguro os sorprenderá.

Las viandas fueron cuantiosas, por lo que requería darse un paseo para hacer acopio de lo ingerido. Una vuelta por el embalse de Nuévalos se encargó de devolver cada cosa a su sitio. El paseo también sirvió para decidirnos a acercarnos al castillo de Zafra, el cual se encuentra cercano al municipio del Campillo de Dueñas, de nuevo en la provincia de Guadalajara. Parece ser que se trata de uno de los escenarios donde se ha rodado la famosa serie de “Juego de tronos”. He de reconocer que no he visto la serie, pero, afortunadamente, no todo el equipo de masbrunete.es es tan iletrado como yo en estos menesteres y ellos me corroboraron que así había sido.

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Torreznos

El complicado camino de tierra hasta el castillo garantiza que el deterioro del entorno y del monumento, a causa del turismo desaforado, sea mínimo y nos permitió, así, trasladarnos de un plumazo a plena edad media. Esta impresionante edificación data del siglo XVI y apareció citado por primera vez en el primer Fuero de Molina, el cual fue dado por Don Manrique de Lara. La colosal imagen se quedó grabada de por vida en nuestras inquietas y enamoradas retinas.

Nuestro vehículo deshace el camino en dirección nuevamente a la capital, pero en esta ocasión no la del Señorío de Molina-Alto Tajo, sino la de España, más exactamente a nuestro amado Brunete. El sol se pone en el horizonte y los incontables campos de girasoles parecen querer despedirse de nosotros dirigiendo sus grandes flores hacia nosotros y ligeramente hacia el suelo, como con la cerviz gacha. El espectáculo es bello, pero nuestra mente está en los cercanos recuerdos que nos deja el viaje del que, debemos de decir, hemos disfrutado notablemente. El sucinto espacio de un breve artículo no permite entrar en demasiados detalles, por lo que me dejo en el “tintero” infinidad de vivencias y detalles que narrar, pero, tened por seguro queridos amigos, que la mejor narración es la que podéis hacer vosotros mismos yendo a aquellas tierras para conocer los lugares mágicos de los que hemos hablado, a sus buenas y gentiles gentes y sus productos más que recomendables. Sin duda, un lujo de viaje que no olvidareis jamás.

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Vinos de Calatayud

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