Castañas del Castañar de El Tiemblo

Por Luis Molina Aguirre

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Refugio de Majalavilla en el interior de El Castañar de El Tiemblo. Ávila. Castilla y León. España. © Javier Prieto Gallego

Estamos en esa época del año en que cuando uno pasea por la tarde-noche por su ciudad, cuando las sombras, a penas disimuladas por la tenue luz de las farolas, ocupan su espacio por derecho propio en las anchas avenidas, y cuando a uno le entra frío aun yendo bien abrigado y medio oculto por la ancha bufanda de espesa lana. Sin embargo, hay algo que nos hace reaccionar generalmente y que provoca que nuestro cuello encogido bajo la ropa de abrigo, asome como un resorte ante el inconfundible olorcillo que desprenden los puestecillos de castañas, no hablemos ya de la sensación plácida y acogedora que provoca en nosotros el acercarnos a esa fuente de calor que en medio de la gélida calle, aporta un rayo de luz y de confort, mientras esperas tu turno para coger ese paquetito de castañas bien calentito y, por lo demás, delicioso. Ya hablamos en su día en la sección de Gastronomía sobre las castañas, sus propiedades y dimos algunas recetas, por lo que no vamos a ahondar más en el asunto, sin embargo, hoy, el equipo de masbrunete.es se va a desplazar a un lugar mágico, casi de cuento, llamado el Castañar, el cual se encuentra en El Tiemblo, dentro de la provincia de Ávila.

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Llegamos a El Tiemblo, pero lejos de detener nuestro vehículo, continuamos girando a la izquierda en una pequeña rotonda, donde un sucinto cartel nos indica la dirección hacia el Castañar. En su primer tramo la carretera se encuentra asfaltada, pero a los pocos kilómetros, comenzamos a deslizarnos por un camino de tierra que sube impertérrito hacia lo más recóndito del bosque. La estampa otoñal es espectacular, distintos tipos de árboles y arbustos, se han engalanado de múltiples colores para recibirnos y, sobre todo, para anunciarnos que nos hayamos en medio de este otoño tan particular como el que estamos teniendo este año. El valle comienza a quedar abajo y las vistas sobrecogen por su incuestionable belleza. Nuestro vehículo, un sedán, sortea sin mucha dificultad los distintos baches que vamos encontrando por el camino, esto hace que no podamos avanzar muy deprisa. Tampoco es importante, el entorno bien merece contemplarlo con pausa, asegurándonos de que todo quede bien grabado en nuestras expectantes retinas.

El camino de arena finaliza en un lugar donde existen varios aparcamientos preparados para dejar los vehículos, recordándonos que a partir de aquí, habrá que caminar. Echamos mano a las mochilas y las cámaras y, atravesando un pequeño puente que cruza un diminuto riachuelo, nos adentramos en un increíble bosque de castaños. Comenzamos la ascensión por un camino tapizado de hojas marrones y pequeños erizos verdes que contienen, algunos, a las castañas en su interior. Fuera del camino, los castaños se hallan por aquí y por acullá, también podemos ver algún que otro pino de notable altura, así como gran cantidad de piedras de granito, en su mayoría cubiertas por verde musgo. El espectáculo de luces y sombras es embriagador, algunos rayos del sol logran atravesar la espesa vegetación, otros, no lo logran, generando una ilusión óptica indescriptible. Como trato de narrar, la belleza y el espectáculo no tienen parangón. A medida que avanzamos el prodigio es mayor, los castaños de más años, retorcidos y con oquedades, nos están esperando ansiosos por ser descubiertos por nuestros teleobjetivos.

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El Abuelo.

Llegamos al refugio de Majalavilla, lo que nos indica que ya falta poco para llegar a “El abuelo”, este no es otro que el castaño más anciano del bosque, se trata de un árbol que cuenta con más de medio milenio de años… sí, sí, más de quinientos años, y que sobrecoge por su tamaño y espectacularidad. Uno no puede ir al Castañar y no visitar a El abuelo, sin duda, se trata de un portento de la naturaleza. La ruta es circular, unos 7 km más o menos, así pues, continuamos hasta el final, maravillándonos continuamente del sublime espectáculo. Hacemos un alto junto a un riachuelo para avituallarnos y, tras media hora sentados en una piedra, en el que nadie dice casi nada, continuamos nuestro agradable paseo, cámara en ristre y dejándonos acariciar por el delicado sol de mediados de noviembre.

La vuelta en coche parece que se hace más deprisa y antes de que nos demos cuenta, nos hallamos rodando por la asfaltada carretera que nos conduce a El Tiemblo, lugar donde pararemos a comer.

—Dime, Ramón —Ramón es el metre de uno de los varios restaurantes que podemos encontrar en El Tiemblo —. ¿La gente viene aquí a comer castañas?

—No, qué va… la gente viene a El Tiemblo a comer chuletón de Ávila. El que quiere castañas sube al castañar a por ellas y, generalmente, no suelen venir a comer al pueblo, se quedan allí con sus bocadillos o se marchan a sus casas con las castañas recogidas.

—Entiendo. Pero aquí hacéis comidas preparadas con castañas de allí arriba.

—Sí, nosotros sí. En esta época del año no puede faltar en nuestra cocina un puré de castañas, unas castañas en almíbar al coñac o un buen pastel de castañas. Son platos exquisitos y algunos clientes nos lo reclaman cada año. Pero como digo, la mayoría viene a por un buen chuletón.

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La decisión ya había sido tomada con antelación… de primero, guiso de castañas, de segundo, chuletón de Ávila y, de postre, castañas en almíbar al coñac. Ciertamente, como nos anunció Ramón, se trata de platos exquisitos que hacen que nos resulte absolutamente imposible olvidarnos durante mucho tiempo de El Tiemblo y el castañar y sus maravillas. Es justo decir, que este bonito pueblo abulense, es mucho más que el castañar, nosotros lo pudimos comprobar mientras paseábamos tranquilamente por sus calles y callejuelas, con el fin de lograr bajar la opípara comida que acabábamos de yantar.

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