Animales fabulosos en el Románico: arpías, sirenas y nereidas

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jose_luis_ruiz_calvo_bnPor Luis Ruiz Calvo

En esta nueva entrega vamos a referirnos a unas muchachas que muy a menudo se confunden en las representaciones románicas. A veces, las dos primeras, son tan parecidas que es difícil diferenciarlas, aunque en otras ocasiones su claridad es mayor. Generalmente son femeninas, aunque hay algunos ejemplares donde aparecen también ambos sexos y en menos casos el masculino solo. Un ejemplo de nereida, en masculino, lo encontramos en la localidad burgalesa de Colina de Losa y merecerá la pena que nos detengamos unas líneas para comentar algunos detalles, como luego haremos.

La arpía es un animal que proviene del mundo clásico. Su nombre significa “rapaces” y siempre están asociadas a lo negativo, al maligno demonio y la perversión que origina en los hombres. Es posiblemente uno de los animales del bestiario más representado. Está ligado a la lujuria y a las bajas pasiones, que se aumentan cuando se las presenta con gorro frigio o con lengua bífida como las serpientes. Tiene rostro femenino, cuerpo de ave y cola de serpiente. Algunos ejemplares poseen pezuñas de cabra o de rumiante, algo que el Medievo incrementaba la pertenencia al mundo de lo impuro.

Su olor es nauseabundo, son crueles, violentas y con unos rostros agresivos como las que vemos en el claustro del Monasterio de Silos. Otras, en cambio, se  representan bellamente seductoras como en Revilla de Santullán, en la montaña palentina, para darnos a entender la sensación de culpabilidad que tenemos cuando nos arrepentimos del pecado. Cuando se presentan agradables a la vista presentan detalles  que las hacen confundir con las sirenas como luego veremos. Como podemos comprobar, unas doncellas la mar de sugerentes.

Las encontramos en cualquier lugar de los recintos sagrados, tanto en interiores como en pórticos, galerías de claustro; aunque quizás el sitio por antonomasia sea en los capiteles de la portada de acceso al templo. De esta manera recuerdan a quien accede al templo, si aún no se ha liberado de sus pecados.

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Preciosas arpías con gorro frigio en el monasterio de Santa Eufemia de Cozollos en Olmos de Ojeda, Palencia. Una joya impresionante, como todo lo que podemos ver en el recinto.

Otras de las muchachas en cuestión, son las sirenas. Aunque a todos nos venga a la cabeza la peli de “La sirenita”, no son en este caso los mismos animales fabulosos. Su origen pertenece al mundo clásico y tenemos noticias de ellas en “La Odisea” de Homero, cuando Ulises, vencedor de la guerra de Troya, vuelve hacia su casa y tras ser advertido de las consecuencias del canto de las sirenas, tapona a sus hombres los oídos con cera blanda y les hace que le aten al mástil de su barco. A la vez, les ordena que nada que les diga, debe servir para que le desaten. Y así hace para salvarse de uno de los seres híbridos más peligrosos que existían. Otra leyenda cuenta que fue la diosa Deméter  quien las convirtió en aves por no ayudar a su hija Perséfone cuando Hades la raptó. Quizás es por este motivo el aspecto que tienen, como vemos en la imagen siguiente. Algún día volveremos sobre Deméter y el rapto de Perséfone, pues su leyenda es interesante para entender los ciclos de la agricultura.

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Preciosas sirenas en un capitel interior de la iglesia zamorana de San Claudio Olivares, y donde las vemos muy bien definidas. Como todo en este templo, impresionante.

 La simbología románica adopta el mensaje de esta leyenda y las define como animales embaucadores, que atraen con sus cantos y provocan la perdición de los hombres al distraerles de las buenas acciones y dejándose llevar por el pecado. Aún se conserva el dicho de “oír cantos de sirena”. Simbolizan los embrujos vanos que la vida nos presenta en forma de placeres que nos alejan del camino del bien y entretienen nuestra conciencia en lo que no es importante, de manera que nos separan de Dios y del camino verdadero.

San Isidoro de León en su famosa obra “Etimologías” incorpora una descripción de ellas y nos dice: “…eran tres, se las imagina con un cuerpo mitad doncella, mitad pájaro, dotadas de alas y uñas…” Sin embargo, a partir del siglo VII en el Liber  Monstruorum de Diversis Generibus se puede leer: “...son doncellas marinas, que seducen a los navegantes… con su canto .Desde la cabeza hasta el ombligo tienen cuerpo femenino y son idénticas al género humano; pero tienen colas escamosas de los peces…”, y de paso añade confusión a la descripción. En el siglo XIII ya con el gótico clásico, encontramos otra definición de sirenas,  y mete a todas en el mismo saco, en el Bestiario de Pierre de Beauvais de 1206 : “Hay tres clases de sirenas: dos de ellas son mitad mujer y mitad pez y la otra, mitad mujer y mitad ave”.

Como vemos, no debemos confundirlas con las arpías, aunque a veces no resulte fácil según lo haya interpretado el maestro escultor. Las sirenas tienen patas y cola de ave, como muy bien comprobamos en la foto; mientras que las arpías presentan las patas y cola de reptil  mayoritariamente. Sin embargo ambas pueden aparecer con pezuñas de ungulado.

Las terceras en presentarse son las nereidas. Y estas sí se nos asemejan a lo que a día de hoy entendemos como sirenas. No obstante, nosotros que ya somos románicos avezados, debemos  intentar determinar su verdadero nombre. Volvemos a acudir a las leyendas del mundo clásico para conocer el nacimiento de las nereidas. Estas eran hijas de Nereo y su esposa Dóride, y se las conoce como una personificación de las infinitas olas del mar. De entre todas ellas una muy afamada es Tetis, madre de Aquiles, el héroe griego de la guerra de Troya. Merece la pena contar un poco de la leyenda.

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Volvemos a San Claudio Olivares. Esta preciosa nereida se atusa el pelo de forma muy coqueta, significando estos placeres mundanos que nos alejan del camino verdadero. Maravillosamente, el maestro muestra las escamas, la aleta dorsal y el delicado ombligo en una pose de lo más sexy para nuestra época románica. Junto a ella, los centauros conforman un capitel alusivo al pecado.

Tetis se casó con Peleo. Pero a su boda no fue invitada la diosa de la Discordia Eris. Esta se presentó allí y lanzó al centro de la mesa una manzana de oro que llevaba la inscripción A la más bella. Para saber quién era la diosa más bella entre Afrodita, Atenea y Hera, Zeus mandó llamar a Paris. Este eligió a Afrodita que le prometió que conseguiría el amor de Helena. La guerra de Troya estaba a la vuelta de la esquina.

En el románico, la nereida y la sirena tienen básicamente las mismas connotaciones negativas de distracción y de embrujos, pues como hemos visto anteriormente, la descripción que de ellas se hace en esta época las acerca bastante. Las primeras representaciones de las nereidas son jóvenes muy bonitas con un cántaro en la mano mientras derraman el agua simbolizando el nacimiento de los ríos, manantiales y cascadas, mientras que en el románico aparecen como mitad mujer y mitad pez de cola escamada. El renacimiento retoma su primera descripción.

Encontramos  arpías en Revilla de Santullán en Palencia, en varios capiteles del Monasterio de Silos; en la preciosa Santa María de Piasca, muy cerquita de Potes en Cantabria, en el burgalés Moradillo de Sedano. También en la Asunción del Nuestra Señora en el pueblo segoviano de Duratón, en un capitel con ocho arpías espectaculares, en San Nicolás de Portomarín situado en lo alto del pueblo y en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima en los capiteles de la portada, que es lo único que existe en la iglesia, uno de cada sexo y ella coronada, en la localidad de Astorga. Estos dos últimos ejemplos dentro del Camino de Santiago.

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Sirena en el canecillo de la izquierda y arpía en el de la derecha. Sotillos, Segovia.

Las sirenas las veremos nuevamente en Silos, con lenguas bífidas y de una talla inigualable, en la parroquial de Valdeolmillos en Palencia, con una gran parte de su policromía en un capitel interior; en la cercana San Vicente de Ávila y ya de paso contemplar su cenotafio decorado y pintado con podría haber estado en el siglo XIII, en la maravillosa Santa María de Bareyo en Cantabria y de paso, no perder de vista su hermosa pila bautismal con una envolvente celosía sin fin. Y ya que hemos visto la de San Claudio Olivares, muy cerca tenemos en Zamora capital la iglesia de Santa María Magdalena, con una portada tardorrománica de extraordinaria  labra y un interior que no quiero desvelar porque es espectacular y recomendable.

Las nereidas en los pueblos segovianos de Perorrubio y en la iglesia de Nuestra Señora de la Peña en Sepúlveda que siempre nos ofrece buen románico y exquisito lechazo; en San Juan de Duero en Soria y su enigmático claustro, en Santa Marta de Tera provincia de Zamora con la escultura más antigua de Santiago Apóstol en la portada sur, en San Isidoro de León que no hay palabras para describir y por último en San Esteban de Gormaz de Soria en cuya galería porticada, la primera realizada en Castilla,  de capiteles rudos y desgastados se encuentra una nereida de doble cola tocada con un turbante moro con gran significación.

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Colina de Losa, Burgos.

 Para finalizar, demos un vistazo a este ejemplar de  masculino, pues apenas hay un puñado pequeño de ellos. Este que encontramos en Colina de Losa se presenta barbado y girando el torso para que nos vea de frente al espectador. Es primorosa la talla de la fídula que se dispone a tocar, mientras su mano derecha lleva el arco hacia atrás y el escultor le sitúa en la cola de la nereida en masculino y su mano izquierda presenta un escorzo inverosímil, pero que nos da la sensación de que está en el preciso momento de iniciar una melodía. En la otra cara del capital una danzarina de talla muy ruda y diferente se prepara para bailar, simbolizando la música profana de la que hay que alejarse. Las escamas, la terminación de la cola, las cuerdas del instrumento…cualquier detalle es admirable. Un momento glorioso cuando estás frente a él y contemplas su portada. Es tremendo.

Bibliografía:

Piedras de vida. JL. Ruiz. Madrid 2008

Mitología clásica e iconografía cristiana. VV.AA.-  EURA. Madrid 2010.

Bestiario románico Castilla y León. Jesús Herrero Marcos. Ed. Cálamo. MADRID 2006.

Fotografías del autor.

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