Andrés Sarabia “La Estrella Negra de Brodorick”. Capítulo XI: Conclusiones Finales (II parte y final)

luis_molina_destacada

Por Luis Molina Aguirre

Capítulo XI: Conclusiones Finales (II parte y final)

El detective Andrés Sarabia se regodeaba con el momento y todos los allí presentes parecían saberlo, especialmente Iván Grandes, el capitán de los guardias de asalto de Madrid que cada vez lo miraba más reprobadoramente.

—Cuando los fanáticos de Stalin y Hitler —continuó diciendo el detective después de dar una larga calada a su pitillo y apagarlo en el cenicero de la mesa grande de caoba del centro de la estancia —, decidieron abandonar vuestra triste organización —afirmó mirando a Alexandra —los gerifaltes con dinero y poder, pensaron que lo mejor sería seguir los pasos de aquellos, con lo que la sociedad Stebark comenzó a tambalearse. Para evitar que la organización continuase desangrándose, lo mejor era idear algo que hiciese que la gente sintiese que existía algo mayor, algo superior al ser humano y, por qué no, a Dios.

La Estrella Negra de Brodorick era una idea perfecta. Una joya extraña, con piedras preciosas negras de las cuales se desconoce su origen. Tan solo hacía falta unos pocos de trucos de magia… más bien, diría yo, ilusiones fantásticas a base de ayahuasca, opio y luces. Como digo, ¿qué mejor solución que drogar a los asistentes en los conciliábulos que montabais? Sin duda, algo que comprendí rápidamente el día en el que estuve en el castillo de Molina de Aragón. De este modo el objetivo sería muy fácil de conseguir como así ocurrió. Pero había algo que se hacía imprescindible, acabar con las vidas del matrimonio Schwarz, para posteriormente hacerlos aparecer en un momento más adecuado, en el que todo estuviese ya listo para acometer los planes que tenían preparados. Todo era cuestión de tiempo. De todos es sabido el intento de algunos miembros del partido socialista de introducir armas en España desde Portugal para comenzar una guerra o una revolución o a saber qué, los alzamientos de mineros en Asturias y demás ataques a la supuesta democracia, que actualmente vivimos, por parte de personas afines a la izquierda, no necesariamente extrema. Todo ello había sido orquestado por los Schwarz y su sociedad de los Stebark, que contaban, no solo con dinero suficiente, sino con poder para mover los hilos que hiciesen que esto fuese posible.

—Eso es absurdo —espetó el que hasta ese instante era el supuesto mayordomo —… no tiene nada, solo aire, conjeturas… tan solo suposiciones que nadie va a comprarle.

—Tiene razón, señor Schwarz —contestó Andrés al pequeño hombre con el disfraz de mayordomo —… tiene razón, pero no me importa, la verdad. Yo no estoy aquí para descubrir un complot contra España y el mundo, yo estoy aquí para detener a un asesino… mejor dicho, unos asesinos.

andres_sarabia_11_2

Todo el mundo permanecía expectante a lo que estaba diciendo el detective Andrés Sarabia, sin embargo, unos parecían más tranquilos que otros.

—Querido Andrés Sarabia —dijo levantándose de su asiento el capitán de los guardias de asalta —, deja de divagar y entra a matar de una vez, que el tiempo apremia y aquí se está hablando de cosas mucho más serias que un simple asesinato. Tengo que informar con detalle de lo que esta gente ha hecho. Comienzo a creer de verdad que la patria está en peligro.

—Siento decirte, amigo mío, que por desgracia mucho me temo que lo que ellos han comenzado ya no puede detenerse de ningún modo. Mucho menos por una república absolutamente corrupta y entregada a la izquierda más radical y deseosa de un nuevo orden que, desde luego llegará, pero que no será el que ellos creen…

—Al grano, Andrés, al grano que el deber me llama.

—Está bien… esto son los hechos, amigos…

El detective volvió a sacar un pitillo y se lo encendió parsimoniosamente, mientras permanecía concentrado en la forma de contar con coherencia todo aquello que estaba extremadamente claro en su cabeza, pero que resultaba algo complejo de expresar.

—La cosa es bien simple… La falsa Alexandra acudió a Madrid para contratarme a petición de los Schwarz. Posiblemente se trataba de una estudiante alemana de arte dramático y de español que se parecía, hay que decirlo, notablemente a la verdadera señora Schwarz. Lo que no sabía, desde luego, era que esa tarde la tocaba morir en su más notable actuación, pero en esta ocasión, le tocaba morir de verdad y a manos de unos pistoleros contratados por las mismas personas que la habían pagado a ella. Aquellos hombres, igual que los de las cuevas de Molina de Aragón, no eran fanáticos, sino personas contratadas, asesinos pagados para liquidar a todo aquel que se lo mandase su amo. Desde el primer instante me pregunté: ¿quién lleva una Thompson hoy en día en España… en Europa? Fácil, querido capitán, un asesino a sueldo, solo un asesino a sueldo venido de América. Empero, volvamos a la falsa Alexandra… Esta olía inconfundiblemente a una dulce fragancia de jazmín. Sin embargo, usted —dijo señalando a la auténtica Alexandra —, tiene otro aroma bien distinto, aunque también delicioso… a lavanda. Son dos aromas para mujer bien reconocibles y a la vez muy distintos para un olfato entrenado como el mío. Como dije, su perfume la delató, querida.

La interpelada no cambió su rostro, en todo caso lo endureció y permaneció sentada impasible, hierática, como si todo aquello no fuese con ella.

—Y, hablando de perfumes, en el cónclave de Molina de Aragón había cuatro aromas inconfundibles para mí. El primero era opio, al que soy aficionado, no por placer, sino por necesidad…, en fin, había otro que era fácilmente distinguible también, el de ayahuasca, al que también soy aficionado y lo reconocería con… bueno, continuemos. Otros dos aromas eran inconfundibles también para mí. Uno era el de la dama aquí presente, lavanda, como ya he dicho antes. La verdad, pero ¿quién se pone perfume hoy en día en España… perfume de lavanda?, pues muy fácil, solo usted, querida Alexandra. Otro olor maravilloso e inconfundible para mí flotaba en el ambiente… agua de romero, el mismo que usa el señor Eldwin Schwarz para detener una calvicie imposible de impedir. Sí, mi amigo que tanto me desprecia, el falso mayordomo Marcos. Y esto, me lleva a preguntarme nuevamente ¿quién es usted? —dijo señalando al falso Ernest Schwarz, con un nuevo pitillo en su mano —… No, no hable… deje que lo adivine. Otro actor, pero usted no es alemán, es español. Su acento es muy suave, posiblemente se formó en Alemania durante algún tiempo, pero, sin duda, usted no es de allí, como sí que lo era la falsa Alexandra, y ni por un momento me lo creí. ¿Estoy confundido?

—Yo…  No, no lo está, así es.

—¿Qué mejor papel que el de ser el amo de la casa?

—Define de una vez —dijo Iván.

—No hay nada más que aclarar. Los Schwarz urdieron un plan para poder continuar con sus tejemanejes. Drogaban a la gente para poder hacerles creer que eran todopoderosos y que de ese modo lograrían el control del mundo o yo que sé qué. El plan era bien sencillo, introducir las armas por Portugal o por Francia para, después, conseguir acabar con la república e instaurar su nuevo orden social. Supongo que similar al de Stalin en Rusia. La cuestión es que todo iba bien hasta que decidieron meterme a mí en todo este follón. Pensaron que un tipo con mi fama, al ver morir ante él a una persona como Alexandra Schwarz, sería una confirmación indiscutible de que ella había fallecido… y, así fue, pero con lo que no contaban era con que yo me dedicase a investigar gratis este asunto extraño de la Estrella Negra de Brodorick.

—Cierto, todo es cierto, pero solo tiene un problema, amigo —dijo el pequeño señor Schwarz que ya no trataba de parecer un mayordomo —, usted solo tiene especulaciones y ninguna prueba.

—Ja, qué gracioso, pruebas dice… ciento setenta personas del cónclave de Molina de Aragón son mis pruebas y le aseguro que todos ellos lo corroborarán.

—Aquí tengo yo seis pruebas más para usted —gritó Eldwin al tiempo que sacaba un revolver de la parte trasera de su pantalón.

Pero no le dio tiempo casi ni a levantar el arma, pues las pistolas del alcalde, de Iván Grandes y de Andrés Sarabia, que acababa de sacar la suya de su sobaquera, lo acribillaron sin compasión sin que nadie hiciese lo más mínimo por impedirlo. Alexandra, por su parte, se limitó a acariciar su joya más preciada, la Estrella Negra de Brodorick, la cual llevaba colgada al cuello, ligeramente oculta por una bonita blusa azul.

andres_sarabia_11_4

El Monasterio de El Escorial, era un lugar ideal para pensar y recomponer todo aquello que se había roto en el interior de uno tras un caso tan complejo como el que había tenido en sus manos tan solo hacía unos pocos días. Ver a un monje laborar sin ninguna preocupación más allá de su tarea, era algo que especialmente lo reconfortaba.

—Andrés Sarabia —lo llamó una voz severa de mujer —. Un amigo tuyo te necesita.

El antiguo espía se giró para mirar a la persona que le había llamado, sin duda Rosana, la bella espía de la CIA de la cual llevaba enamorado toda su vida.

—Querida Rosana, sabía que más tarde o más temprano vendrías a verme.

—No digas tontería… Andrés, tu amigo Unamuno ha sido acusado de asesinar a un estudiante de la Universidad de Salamanca. Necesita tu ayuda.


Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/46/d611872037/htdocs/clickandbuilds/masbrunete/wp-includes/class-wp-comment-query.php on line 399

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *