Andrés Sarabia «La Estrella Negra de Brodorick». Capítulo XI: Conclusiones Finales (I parte)

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Por Luis Molina Aguirre

Capítulo XI: Conclusiones Finales (I parte)

—Reconozco que al principio me encontraba un poco despistado con todo este asunto absurdo sobre la Estrella Negra de Brodorick… qué tontería, una joya con poderes. Hay que ser muy idiota o estar muy aburrido para creer algo así. Sin duda, la mezcla de ambas circunstancias hizo que apareciese y prosperase los Stebark, una sociedad secreta nacida en el seno del famoso club Bilderberg —el antiguo espía hizo un alto para dirigir su mirada pensativa hacia Ernest Schwarz.

Alexandra no había puesto ninguna resistencia y, al poco de ser llamada por Andrés desde el salón, esta salió de su escondrijo y apareció cual fantasma en la estancia en la que tan solo dos bocas se abrieron mostrando, con bastante evidencia, su asombro. El resto de los allí presentes permanecieron impertérritos como si aquello que acababa de suceder fuese lo más natural del mundo. Ahora, permanecían todos sentados escuchando al detective, salvo el propio Andrés Sarabia y el alcalde y guardia civil Anselmo Martínez, que permanecía muy atento a las palabras del orador sin quitar la mano de su arma reglamentaria y con los ojos fijos en los allí congregados.

—La verdad es que tengo todos los cabos atados desde que estuve en aquel concilio, contubernio, reunión… yo que sé cómo llamarlo… en Molina de Aragón. Salvo por una sola cuestión… ¿Quién demonios es usted? —inquirió señalando con el índice hacia Ernest Schwarz — Da igual, no se ponga nervioso, lo averiguaremos ahora cuándo llegue su turno. De momento empezaré con usted, Alexandra Schwarz.

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Andrés Sarabia, muy dado a hacer que la tensión se pudiese palpar en el ambiente, acudió al mueble que contenía las bebidas, cogió un vaso, le puso un cubito de hielo y, a continuación, se lo llenó de un güisqui ambarino que no debía de tener menos de veinte años. Después, se sentó por primera vez, desde que llegase, en un confortable butacón. Le gustaba aquel impase en el que todos los que le escuchaban permanecían febriles a la espera de lo que tenía que decir, así, pues, decidió hacerse de rogar un poco más. Sacó su pitillera plateada del bolsillo de la americana, puso un cigarrillo entre sus labios y con su encendedor, que hacía juego con la pitillera, se lo prendió. A través de la llama de su distinguido encendedor pudo ver la cara reprobadora de Iván Grandes.

—Está bien, Alexandra, está claro que usted no era la misma persona que acudió al aeropuerto para contratarme, no hace mucho… es verdad que se parece considerablemente, pero, sin duda, no es la misma persona. Me di cuenta el mismo día en que me fijé en aquellas fotos —dijo señalando las imágenes de encima de la chimenea —. Querida, podría ser que los rasgos de un hombre se me pasasen por alto, bueno, lo dudo, pero desde luego los de una bella mujer como usted, le aseguro que jamás. Sin duda, aquella mujer que murió en su lugar era más hermosa —la cara de la alemana se contrajo en señal de incomodidad —… Entiéndame, no es que seas fea, es que su doble era realmente hermosa y, sobre todo, no podía mantener permanentemente esa cara granítica que tiene usted ahora. Tal y como yo lo veo, ella era una de esas actrices que aparecen hoy en día en los cines… posiblemente alemana, pues su acento me convenció desde el principio. Naturalmente, ella jamás habría sabido que iba a ser asesinada, pues su cara de sorpresa al ver a aquellos matones fue, seguramente, similar a la que puse yo… Sí, estoy seguro.

—En fin, como iba diciendo, usted —dijo señalando a la joven —es la verdadera Alexandra Schwarz y la de Madrid, debió de ser una especie de actriz contratada. Pero ¿por qué fue asesinada…? Bien, llegaremos a esa respuesta un poco más adelante. Ahora hablemos de Iván Grandes, mi amigo y compañero en este viaje. Un policía ciertamente perspicaz, todo lo contrario de lo que suelen ser los policías en general. No te ofendas, querido alcalde y amigo —afirmó giñándole un ojo a Anselmo.

Las miradas de todos los allí presentes parecieron atravesar a Iván Grandes, el cual no parecía entender muy bien a qué se refería el detective.

—Verás, querido amigo mío, como ya habrás averiguado, no estás aquí para hacer algo que nunca te pediría que hicieses… ir más allá de tu jurisdicción e incumplir la ley. Creo que la ley es la ley y que debéis cumplirla todos vosotros.

—¿Tú no? —inquirió el alcalde que no dejaba de mirar a todos los allí presentes.

—¿Yo?… pues… no me interrumpas, Anselmo, por favor… pierdo el hilo. Como iba diciendo, el capitán de guardias de salto de Madrid está aquí para confirmar algo que yo ya sé y que es muy distinto a lo que él en un principio pensaba. Aunque no me lo ha confirmado aún, estoy seguro de que a mi pregunta contestará lo que yo ya sé, como digo, desde hace tiempo… los hermanos Schwarz jamás existieron, pues el almirante Von Rohaut, sí tuvo dos hijos, una niña que falleció al nacer y un niño al que llamó Eldwin — el detective hizo una pausa para dar una larga calada a su pitillo —… Ernest, jamás llegó a nacer, al menos en la familia Schwarz.

—Eso es absurdo —afirmó el supuesto Ernest —ahí tiene la prueba de que los dos estuvimos allí —dijo señalando la foto de familia.

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—Sí, la foto de familia… al ver aquella foto pensé que estaba confundido, pero pronto comprendí que el muchacho más alto, no podía ser Eldwin, sino un familiar muy cercano, posiblemente un primo hermano. El primogénito del almirante Von Rohaut era y es, excesivamente bajito, pues padece el síndrome de Cushing, una enfermedad que impide el desarrollo normal de los niños… Querido capitán, ¿puedes confirmar a los presentes que estoy en lo cierto y que nuestro amigo el almirante solo tuvo un hijo vivo?

—Estás en lo cierto. Andrés, y además puedo confirmar que padece, efectivamente, el síndrome de Cushing, según los informes que constan en mi poder.

—Gracias Iván. ¿Puedes decirnos de dónde has sacado esa información?

—Joder, esta te juro que me la pagas, maldito sabueso… el servicio secreto alemán me lo proporcionó hace tres días cuando me pediste tú que lo preguntase. Como ya he dicho, el almirante Von Rohaut, tuvo solo dos hijos, una niña que murió al nacer y un muchacho, Eldwin Schwarz. Ernest Schwarz nunca fue registrado en Alemania como hijo de la familia Schwarz.

—Gracias, capitán… Además, hay otro dato… la bella Carla, camarera del club Bilderberg, me hizo una descripción del hombre que la había traído aquí y, desde luego, no se parecía en absoluto a usted. Pero, entonces, ¿quién es este señor que dice ser Ernest Schwarz? calle, calle, no hable — dijo al joven individuo que parecía querer opinar —… ya lo averiguaremos más tarde.

—No creo que esto…

—¡Calle!, falso Ernest Schwarz, calle… no trate de decir nada que pueda ir en contra suya. Deje que los que más sabemos hablemos por usted… por usted y por los demás. Por ejemplo, el desagradable mayordomo Marcos o… ja, ja, ja… debería decir mejor, señor Eldwin Schwarz, esposo de Alexandra Schwarz cuya estatura es casi la de un gnomo por, como ya se ha mencionado antes, el síndrome de Cushing.

La sorpresa, sin duda, fue mayúscula, todos los ojos se dirigieron hacia el pequeño mayordomo, a excepción de los de Alexandra.

—Sí, queridos… sí. El mayordomo vuelve a ser el asesino… ¡Ja, ja, ja! Perdón por el chiste. Pero sí… Usted —dijo señalando con su dedo índice al bajito hombre que se encontraba nuevamente rellenando la copa de jerez del señor alcalde —, es Eldwin… Nunca murió por ninguna enfermedad rara, al igual que su esposa Alexandra, la cual jamás se enamoró de Ernest porque jamás existió y que tampoco murió ante mis ojos. Del mismo modo que la Estrella Negra de Brodorick jamás tuvo poderes y tampoco fue robada en la vida, porque siempre estuvo en poder de sus dueños. Les voy a contar qué es lo que realmente sucedió, amigos míos, se lo voy a contar pero antes, dejad que disfrute del momento —dijo mientras prendía un nuevo pitillo —… Este trabajo me encanta, queridos presentes, me encanta de verdad.

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