Andrés Sarabia «La Estrella Negra de Brodorick». Capítulo X: Tercer viaje al Castillo de Zafra

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Por Luis Molina Aguirre

Capítulo X:  Tercer viaje al Castillo de Zafra

Nuevamente se mostraba ante Andrés aquel camino infame lleno de baches y polvo que ya había recorrido en dos ocasiones de ida y otras tantas de vuelta y al que se enfrentaba de nuevo en aquel carruaje, para él humillante. Antes de contratar de nuevo a Mateo y su coche de caballos, había ido en busca de Anselmo Martínez, el guardia civil y alcalde de Campillo de Dueñas, pues de eso modo, cualquier actuación que llevasen a cabo él y el capitán de guardias de asalto, estaría respaldada por la autoridad competente de la zona, cosa más que recomendable en aquellos tiempos.

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—Vaya con el espía, parece que no le agrada el paseo por el campo —apuntó socarrón Iván Grandes al comprobar la cara de mal humor que llevaba su compañero de viaje —. Quién diría que has pasado por tantas calamidades a lo largo de tu vida.

—Muy gracioso… aquello era otra época, yo era más joven y mucho más pobre.

—Supongo que si estamos yendo a aquel castillo —les interrumpió el alcalde de Campillo de Dueñas —, será porque tienes ya algo en mente respecto de quién puede ser el asesino que buscas.

—Efectivamente, Anselmo, efectivamente. No solo tengo algo en mente, sino que sé exactamente qué es lo que ha sucedido en todo este embrollo de pistoleros, seguidores demoniacos, joyas mágicas y demás tonterías sobre la dominación del mundo y todo eso.

—¿Será demasiado pedirte —volvió a intervenir el capitán —que compartas con nosotros tus averiguaciones?

—Todo a su debido tiempo, querido Iván, todo a su debido tiempo.

Le sabía la boca a polvo y la descarada sonrisa de su amigo no ayudaba en absoluto a que disminuyese su mal humor. No le había dado tiempo a sacudirse el elegante traje cuando la puerta del castillo se abrió apareciendo ante sus ojos Marcos, el pequeño mayordomo de los Schwarz. Este, apareció ante él más cansado que en las anteriores ocasiones, pero igual de displicente y, al mismo tiempo, aséptico.

—Señor Sarabia, cada vez que viene a esta casa trae a más gente. Como siga mucho tiempo visitándonos, no vamos a tener espacio suficiente para recibirlos a todos.

—Desconocía esta faceta en usted, Marcos.

—¿Cuál, señor?

—La del humor agrio… ¿Está el señor Schwarz en casa o aún continúa de borrachera por ahí?

—Sí, el señor está en casa, aunque aún duerme.

—Hummm, naturalmente. Cómo se me ocurre visitar a nadie a las doce de la mañana, es una hora intempestiva, la verdad… Si nos permite pasar, el señor alcalde estoy seguro de que le agradecerá un jerez, pero no se preocupe que ya se lo sirve él mismo, usted vaya a despertar a Ernest y dígale, por favor, que le espero en el salón. Muchas gracias.

El mayordomo, cuyo uniforme parecía un poco destartalado en comparación con las anteriores visitas, franqueó el paso a los tres hombres, con una cara que, por primera vez, mostraba claramente desagrado.

Mientras Anselmo Martínez acudía a la cómoda para servirse una generosa copa de jerez e Iván Grandes contemplaba con curiosidad aquel castillo tan fabulosamente conservado y bien vestido con todo tipo de mobiliario, el detective se acercó a la chimenea donde se encontraban las tres fotografías en las que había reparado la última vez que había estado allí. Miró la foto ajada del almirante Von Rohaut, la de la indescifrable mirada de Alexandra, pero la de la familia feliz, la sujetó entre sus manos y la contempló pensativo. Daba la impresión de que el detective pudiese, de algún modo, leer los pensamientos de aquellas personas cuyas vidas, en la inmensa mayoría de los casos, habían finalizado ya hacía bastante tiempo.

Junto al quicio de la puerta de entrada al gran salón, apareció Ernest Schwarz, con su batín mal llevado sobre los hombros, sus zapatillas de tafilete, el pelo revuelto como quien se acaba de levantar, barba de dos o tres días, ojeras y con un inconfundible perfume a alcohol que llegaba hasta donde se encontraba Andrés.

—Vaya, señor Schwarz, lamento haberle despertado de su mona.

—Lo dudo.

—Permita que le presente al capitán de guardias de asalto de Madrid, Iván Grandes, un gran amigo mío, al igual que el señor alcalde de Campillo de Dueñas, al que seguro ya conoce.

—Un placer, amigos. Sírvanse una copa, por favor.

—Como verá, mi amigo el alcalde Anselmo ya lo ha hecho… por segunda vez. Para mí es un poco pronto aún, además, prefiero permanecer despejado.

—¿Le gusta la foto? —inquirió mientras contemplaba el marco plateado entre las manos de su visita —Se trata del único recuerdo que me queda de toda mi familia. Fue hecha en nuestra vieja casa de Alemania.

—Sí, lo supuse —afirmó el detective mientras volvía a mirar con curiosidad aquella imagen —. ¿Cuantos años tenían aquí usted y su hermano?

—Disculpe señor —intervino el mayordomo que acababa de aparecer en la estancia —, si no necesita nada más, me retiro.

—Al contrario, simpático Marcos —se apresuró a decir Andrés. Un ligero ruido más allá de la posición del mayordomo alertó al detective, sin embargo, este, continuó como si tal cosa —, por favor, no nos abandone. Quédese aquí con nosotros Marcos, descubrirá que existen cosas muy interesantes de las que podemos hablar las personas como yo. Además, estoy seguro de que mi amigo Anselmo, representante de la autoridad y autoridad per se, agradecerá que le sirva usted mismo el Jerez.

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Anselmo miró al instante al detective como no entendiendo qué clase de tontería era aquella. Él jamás había tenido mayordomo y tampoco lo había necesitado, mucho menos para llenarse una copa. Sin embargo, comprobó que Andrés le devolvía la mirada al tiempo que hacía un ligero movimiento de asentimiento con la cabeza, por lo que el alcalde vació su copa de un trago y se la entregó a Marcos para que se la volviese a llenar de nuevo.

—Perdón —intervino contrariado Ernest Schwarz —, me había preguntado usted…

—Sí, querido Ernest, que si sabría decirme ¿qué edades tendrían los jóvenes hermanos Schwarz en esta fotografía?

—Pues… no lo sé. A ver, déjeme verla, hace mucho que no me fijo en ella.

—¿No me acaba de decir que se trata del único recuerdo que le queda de su familia?

—Así es —dijo cogiendo la imagen de las manos de Andrés —, también tengo varias propiedades de mi familia en Alemania, y hace mucho tiempo que no las visito. No sé qué tiene que ver una cosa con la otra.

—Muy cierto, amigo —afirmó sonriendo ligeramente Andrés —, muy cierto.

—Yo diría que aquí tendríamos cinco y seis años más o menos.

—¿Y quién tiene aquí seis y quién cinco?

—Qué tontería —dijo mirando al detective que no apartó la mirada de la foto —… pues, evidentemente, el de menor tamaño soy yo con cinco años y Eldwin, que era el mayor, tenía seis… ¿Me van a decir de una vez qué diablos hacen aquí?

—Sí, claro que sí… Sabe, estuve en el cónclave de Molina de Aragón.

—Me alegro por usted, pero ya le dije que ese tema no me interesa.

—Sí, sí, lo sé… Está bien, le diré a qué hemos venido aquí —afirmó mientras se giraba sobre sus talones y cogía la foto de Alexandra que se encontraba sobre la chimenea —… hemos venido a detener a un asesino.

Todos permanecían expectantes mientras el antiguo espía comprobaba cómo el mal humor, con el que había llegado, se comenzaba a esfumar como por arte de magia.

—Deben saber que, cuando voy a finalizar un caso, siempre me gusta que esté presente todo el que ha estado involucrado de un modo u otro en él. Y, aquí, falta alguien.

Permanecían los cuatro oyentes desconcertados ante las afirmaciones del detective, como esperando con impaciencia escuchar sus siguientes palabras.

—¡Sí!, aquí falta doña Alexandra —dijo blandiendo el marco con la foto en alto —, por favor, Alexandra Schwarz, entre en la habitación, sé perfectamente que está escondida en la habitación contigua, la he oído antes moverse ahí y, además, su perfume a jazmín la delata allá a donde va.

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