Andrés Sarabia “La Estrella Negra de Brodorick”. Capítulo III: El Club Bilderberg

luis_molina_destacada

Por Luis Molina Aguirre

Capítulo III: El Club Bilderberg

andres_sarabia_3_1

La droga de Fernanda, la farmacéutica que le proporcionaba el opio a Andrés para calmar los dolores de su vieja herida de cadera, había hecho su efecto. De hecho, de algún modo que aún no tenía muy claro, había logrado que apareciese en una de las habitaciones del club Bilderberg, junto a la embriagadora Carla, la cual lo contemplaba con una ligera sonrisa.

—¿Me has sacado ya todos los cuartos?

—No, aún no —afirmó Carla sonriendo abiertamente —, pero lo haré.

—Es posible… tengo prisa, Carla, y necesito respuestas a unas cuantas preguntas.

—¡Humm!, en ese caso no hará falta que te saque el dinero, tú me lo darás voluntariamente. Cada respuesta a tus preguntas vale cinco pesetas.

—¡Cinco pesetas!, estás loca.

—Eso o pasas conmigo toda la tarde del domingo y ya sabes eso lo que…

—Está bien, Carla, está bien… la primera pregunta no te la pienso pagar. ¿Cómo he llegado aquí?

—Entraste en el club tambaleándote, estabas drogado. Jacinto el guardia, que ya sabes que no te quiere mucho, estaba decidido a echarte a patadas aprovechando tu lamentable estado. Así que decidí intervenir pensando que el lugar donde mejor podrías estar era dentro de mí.

—Interesante conclusión.

—Esa mierda que tomas para tus dolores de cadera, te va a matar un día de estos.

—No creo que sea peor que esa porquería que suministras a tus clientes en sus bebidas.

La joven se sonrió picaronamente mientras se llevaba un dedo a la boca de forma lasciva.

—Me excita tu inteligencia y sumisión… bueno, también tu cartera.

—Lo sé… ¿Qué me puedes decir de los Schwarz?

—Puedo decirte, por cinco pesetas, que eran miembros del Club Bilderberg. De hecho, eran uno de sus grandes mecenas. El señor Schwarz no solo daba muy buenas propinas, sino que también colaboraba dando importantes cantidades de dinero para contribuir al mantenimiento del club. En cuanto a Alexandra…, bueno, ella era una estúpida estirada mojigata que necesitaba más sexo. Pero, qué quieres que te diga, su maridito ya lo daba todo aquí conmigo y claro, al llegar a casa…

—Me hago una idea, Carla. ¿Qué interés tenía el señor Schwarz en este club? ¿Por qué dar tanto dinero para su sostenimiento?

—Quién sabe, a lo mejor no quería que desapareciese para no perderme… ja, ja, ja —expresó sin ninguna alegría, dejando después asomar a su rostro una sonrisa sardónica —. No lo sé. Era una persona muy extraña.

—¿Después del fallecimiento de Eldwin, Alexandra continuó dando dinero al club?

andres_sarabia_3_2

—Sí, ella venía todos los viernes y hacía su donación… tenía la mala costumbre de tirar el café cada vez que yo pasaba a su lado. Te diré una cosa, esa loca harpía seguro que fue la que mató a su marido, debería de estar entre rejas.

—Eso va a ser complicado… ayer alguien decidió que lo mejor era que estuviese en el más allá con su marido. Sin embargo, hay algo que no entiendo. Parece ser que Eldwin falleció por una rara enfermedad.

—Supongo que esa pájara se lo merecía. En cuanto a la enfermedad de su marido… se me ocurren mil formas de hacerte enfermar en este justo momento, a ti y a cualquiera.

—Sí, no me cabe la menor duda. ¿Sabes que ayer el agente Iván Grandes abrió el mausoleo de los Schwarz y no estaba Eldwin dentro?

—¡Ja, ja, ja, ja! —en esta ocasión la risa sonó sincera —No me extraña en absoluto, seguro que el bueno de Eldwin al enterarse de que Alexandra había muerto, decidió resucitar para no pasar el resto de la eternidad con ese mal bicho.

—¿Qué sabes de la sociedad Stebark?

La respuesta llegó en forma de absoluto silencio y cara de consternación por parte de la joven camarera. Tras casi un minuto con la cerviz gacha en el que Carla no parecía ser capaz de dar con las palabras que quería pronunciar, alzó la cabeza y dijo:

—Créeme, Andrés, ese es un charco en el que no debes meterte. Este consejo te lo doy gratis. Acéptalo, dame mis cinco pesetas y márchate.

—Lo siento, Carla, eso no es posible y lo sabes… me conoces.

—Sí, te conozco… esto que te voy a contar lo saben muy pocas personas. Si uno de esos enajenados de Stebark se enterasen que yo sé algo de ellos y que lo he contado, me matarían en un abrir y cerrar de ojos. Son muy poderosos, tienen sus tentáculos extendidos por todo el mundo. Hasta tal punto es así, que toman decisiones que afectan a países enteros sin que estos puedan evitar las consecuencias.

—Sabes que yo nunca te delataría.

—Lo sé, pero esto que me preguntas es muy serio. Vivimos en un país en el que te llevan a una checa por caerle mal al vecino que tiene un amigo en el partido comunista… Verás, esa gente, los Stebark, se juntan aquí, en el club, una vez al mes. Lo hacen en un sótano que da a las profundidades de la ciudad. Ahí abajo existe todo un laberinto de pasadizos que se utilizaban antaño para esconderse de los invasores franceses. En la actualidad han sido ampliados para llevar las aguas de la lluvia y las fecales por ahí a no sé dónde. Una guarrería, pero que, a pesar de todo, existen lugares en forma de habitación que están secos. En uno de ellos es donde se reúnen esos locos.

—Comprendo.

—Hará cosa de un año tomé la mala decisión de seguir a uno de mis mejores clientes a uno de sus encuentros, sin que él se enterase. Creo que no me vio nadie, pero, ahora, no puedo evitar sentir pánico cada vez que los veo llegar al club.

—¿Qué hicieron? —dijo con malicia el detective — ¿Le sacaron los ojos a un sapo y luego le pasaron la lengua por la piel de la espalda y se pusieron todos a bailar en pelotas agarrados de la mano?

—No, los ojos se los sacaron a un hombre con un puñal dorado y, mientras aún vivía y gritaba suplicando por su vida, le cortaron la lengua. Después de una especie de rito ridículo, le echaron algún líquido inflamable y le prendieron fuego. Fue aterrador —el exuberante aplomo de la bella Carla había desaparecido por completo hacía ya un rato —. Escribían símbolos raros en las paredes y en el suelo que se encontraba alrededor del infeliz que acababan de asesinar. Pero eso no fue lo peor para mí. Se había congregado mucha gente ahí abajo, algunos yo los conocía, pues eran habituales del club Bilderberg, pero otros muchos habían debido acceder allí desde otros lugares, pues no me sonaban sus caras ni de vista. El caso es que, uno de ellos, el que parecía ser el maestro de ceremonias, por un instante pareció que me había visto y dirigió la mirada hacia mí… no dijo nada, simplemente miró en mi dirección. Yo me escondí tras el muro y él comenzó a hablar con una voz ronca, desagradable y con un fuerte acento de no sé qué lugar.

—¿Reconociste a ese hombre?

—No, iba con una túnica negra y con capucha, las sombras le ocultaban la cara por completo. Sí te puedo decir que parecía un auténtico espectro.

—¿Hablaron de algo importante?

—No lo sé… decían que la guerra en España estaba ya preparada, casi al llegar, y que ella sería la precursora de una guerra mucho mayor, similar a la Gran Guerra del 14. También mencionaron a un tal Stalin, el cual, al parecer, lo tenía ya todo previsto y que su amigo Hitler estaba cerca de hacerse con el poder total en Alemania. Cosas que ni me importan ni entiendo.

—Yo, sí —afirmó el antiguo espía pensativo —… ¿dijeron algo más?

—Sí, que el próximo cónclave sería en Zafra.

—Zafra, ¿en Extremadura?

—No, en el castillo de Zafra, en Guadalajara, la vivienda de los Schwarz en España. La conozco porque Eldwin, una vez que su esposa estaba de viaje por Alemania, me llevó allí. Fue un fin de semana inolvidable, pero reconozco que no me gustaba quedarme sola. Aquel lugar me daba miedo, era como si alguien estuviese observándome permanentemente.

—Una última cosa, ¿viste si alguien llevaba una gargantilla de piedras preciosas negras?

—Sí, el tipo de la capucha no hacía más que elevarla para que todos los allí presentes la pudiesen ver bien.

COMENTA LA NOTICIA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *