Andrés Sarabia “La Estrella Negra de Brodorick”. Capítulo II: Un asunto sobrenatural

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Por Luis Molina Aguirre

Capítulo II: Un asunto sobrentural

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La imagen de la larga melena rubia de Alexandra manchada de sangre no terminaba de írsele de la cabeza a Andrés. No es que se sintiese culpable ni nada parecido por el hecho de no haber querido aceptar el trabajo de la estrella negra de Brodorick, sino porque sentía que podía haber evitado aquella masacre si hubiese prestado atención a todo lo que lo rodeaba. Lo que más le reconcomía por dentro era precisamente eso, que aquello había ocurrido porque él había ignorado las señales y lo había hecho porque tenía una idea ya preconcebida de los Schwarz. Aquella familia había formado parte de lo peor del estado mayor alemán durante la Primera Guerra Mundial, el padre de Eldwin Schwarz, el esposo de Alexandra, había formado parte de una terrible aniquilación, en la batalla de Tannenberg, donde fue exterminado el ejército ruso, aquello no era transcendente para el antiguo espía, pues consideraba que un soldado estaba para asumir las victorias y las derrotas del modo en que estas se presentasen, si tocaba morir, tocaba morir. Sin embargo, con lo que no estaba en absoluto de acuerdo, era con la cruel masacre que se había producido posteriormente sobre la población indefensa de aquella localidad, especialmente contra los pocos niños que quedaban y las mujeres que fueron violadas y maltratadas antes de ser cruelmente asesinadas. En aquel entonces, la misión de Andrés era hacerse pasar por un oficial cercano al estado mayor alemán, los cuales acudieron tras la victoria precisamente a aquella parte oriental de Prusia. Tuvo que contemplar, sin inmutarse, cómo el psicópata del padre de Eldwin permitía que otros oficiales y soldados cometiesen toda clase de tropelías sobre personas absolutamente inocentes e indefensas. Aquello lo marcó profundamente y, aún hoy, lo recordaba con cierta zozobra. Aquella había sido la verdadera razón por la que, al saber que esa mujer había sido la esposa del hijo de aquella bestia inmunda, había decidido en su fuero interno ignorarla por completo. Al parecer, había ignorado no solo a Alexandra, sino también todo aquel entorno absurdo e irreal que en otras circunstancias no le habría pasado inadvertido.

—Me debes una partida a las cartas, Andrés —afirmó con una sonrisa en los labios Iván Grandes, el jefe de los guardias de asalto de Madrid —. La partida de la semana pasada no fue decente, tú…

—Te gané como siempre, sin hacer trampas… sin embargo, creo que ahora es más importante que me centre en este asunto —afirmó mientras señalaba una caja donde se habían metido todas las pruebas del tiroteo del antro donde había sido acribillada Alexandra Schwarz —. No comprendo cómo…

—Hazme caso, Andrés, olvídalo. Estabas demasiado influenciado. Si me hubiese sucedido a mí, posiblemente habría reaccionado igual.

El agente de los Guardias de Asalto estaba al corriente de casi todas las peripecias de Andrés a lo larga de su dilatada carrera como espía y, posteriormente, como traficante. Algunas cosas las sabía porque existían informes sobre su actividad en el cuartel general, pero otras cosas las conocía porque el mismo exespía se las había contado en aquellas noches en las que la partida de cartas había durado más de la cuenta a causa del exceso de güisqui. Lo de los Schwarz, era una de esas últimas cosas.

—Seguramente tengas razón, pero hay algo en toda esta aventura que no me gusta nada. El tipo al que maté, ¿sabemos algo de él? —el agente lo miró de hito en hito —Vamos, Iván, no me fastidies, sabes que te puedo ayudar en este caso… coño, que la mataron delante de mis propias narices. Es cierto que me siento culpable, de algún modo, pero, sobre todo, esto podría dar al traste con mi reputación, y lo sabes.

—A mí no me engañas, amigo. Sé de sobra que a ti tu reputación te la trae al pairo… tú estás dolido porque te la han jugado en tu propia jeta… Está bien. Al parecer el tal Strom, el hombre al que te cargaste, pertenecía a una sociedad secreta que los servicios secretos de la República siguen muy de cerca. Se hacen llamar los Stebark y es posible que tengan relación con un movimiento que ha comenzado a aparecer en Alemania no hace mucho y que lleva un tal Hitler, que es el líder del Partido Nacionalista Obrero Alemán, otro socialista tarado de nuestra época. El problema para la República no es que sea socialista, obviamente, sino que es de derechas. Ya sabes, temas de política que a mí ni me van ni me vienen. La cuestión es que, al parecer, el tal Hitler está obsesionado con el ocultismo, la magia y no sé qué más tonterías. El servicio de inteligencia de la República piensa que la sociedad Stebark iba detrás de la Estrella Negra de Brodorick.

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—Eso es absurdo. Alexandra quería contratarme precisamente porque le acababan de robar la estrella. Ella afirmaba que habían sido los mismos que asesinaron a su esposo apenas hace un año.

—El señor Eldwin Schwarz, falleció por una extraña enfermedad. Nadie lo asesinó. Hoy he tenido acceso al informe del forense y he ordenado que su mausoleo sea abierto, aprovechando que había que meter a su esposa junto a él.

—Pensaba que había sido enterrado en Alemania.

—Pues ya lo ves, amigo mío, no fue así. Murió en España y parece ser que vivían aquí desde el final de la Gran Guerra. Tenían comprado un gran mausoleo en el cementerio de la Almudena. ¿Quieres saber qué hemos encontrado dentro?

—Me figuro que el cadáver del señor Schwarz.

—Pues no —el capitán hizo una pausa para ver con regocijo la cara de sorpresa que ponía su amigo el detective Andrés Sarabia, sin embargo, este no mudó el rostro en lo más mínimo —. Dentro no había nada… absolutamente nada. Bueno, no es del todo correcto decir eso, porque la verdad es que los investigadores sí que han hallado algo, una pequeña piedra negra, muy posiblemente perteneciente al famoso collar llamado estrella negra de Brodorick.

Si había algo que Andrés tenía claro, era que para averiguar qué era lo que estaba sucediendo en todo aquel extraño caso de la Estrella Negra de Brodorick, tenía que pasarse por un local muy particular llamado El club Bilderberg. Un antro de lujo donde se reunían todos los locos ricos de la ciudad que no tenían otra cosa que hacer que hablar de poderes ocultos, destrucción de gobiernos, control de países y tonterías semejantes. Sin embargo, el detective no tenía muchas ganas de pasar por ahí, no por todo aquello, sino porque la guapa Carla continuaba siendo camarera de aquel antro de postín. Esta era una mujer ciertamente guapa, capaz de volver loco a cualquier mortal con tan solo un movimiento de sus caderas o con una sonrisa maliciosa e insinuante. Él era una de los que había sucumbido a sus encantos. Aquello no era de extrañar, pues lo hacía con relativa facilidad con casi cualquier mujer. Sin embargo, Carla era algo especial. Sabía llegar al corazón de los hombres y por un tiempo, Andrés, pensó que estaba ciertamente enamorado de aquella mujer lujuriosa. Sus sentimientos eran encontrados. Por un lado, llevaba tiempo deseando volver a verla, pero por otro, se había prometido a sí mismo no volver a acercarse a ella jamás. Su hechizo era grande y embriagador, tenía la peculiaridad de hacer a todos los hombres olvidar todos sus males, sucumbiendo estos a una especie de estado de excitación y alegría permanente que los alejaba de la realidad. Naturalmente, el detective no tardó mucho en descubrir cuál era la causa. Se trataba de una droga que administraba a sus amantes en las bebidas para mantenerlos sumisos y, de este modo, lograr sacarles todo el dinero que podía. Aun así, después de averiguar la verdad, el exespía continuó viendo a Carla y libando del envenenado néctar que le suministraba, pues, no todo era la droga, su influjo brujo, por alguna razón, iba mucho más allá.

Su vieja herida le dolía, por lo que decidió ir a visitar a su farmacéutica favorita antes de ir a El club Bilderberg. Necesitaba un poco de opio para calmar el dolor o… quizá, para afrontar la visita a aquel maldito lugar donde la bruja Carla trabajaba.


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