Andrés Sarabia “La Estrella Negra de Brodorick”. Capítulo I: Alexandra Schwarz

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Por Luis Molina Aguirre

Capítulo I: Alexandra Schwarz

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Alexandra Schwarz era, sin lugar a dudas, una mujer muy bella. Sus ojos azules hacían que al mirarlos le diese a uno la sensación de sumergirse en un hermoso lago de la Selva Negra alemana, sin embargo, su mirada era igual de gélida que aquellas aguas; pelo rubio y largo, algo rizado; facciones afiladas, pero groseramente atractivas a causa de unos pequeños hoyuelos que se le insinuaban en ambos carrillos y de unas pecas que salpicaban su rostro y llegaban, incluso, más abajo del cuello; de toda ella emanaba una especie de halo de supremo control de  todo  lo que la rodeaba  pero, sobre todo, destacaba en su presencia un alucinante aroma a jazmín algo más que embriagador. La dueña de la Estrella Negra de Brodorick era una mujer no solamente exuberante, sino que también era irritantemente millonaria a la par que estirada. Por supuesto que nada que ver con la bella Regina que había sido asesinada hacía apenas unas semanas y a la cual, de algún modo, todavía añoraba el detective Andrés Sarabia. Menos aún, con la única mujer que había sido capaz de quitarle el sueño y que había descubierto, no hacía mucho, que era agente de la CIA, ni más ni menos que espía americana, Rosana Rubayo, la mujer más increíble que jamás había conocido y que no hacía ni una hora lo había vuelto a dejar en la estacada, mientras él tan solo podía mirar como su avión partía a través de la fiera lluvia hacia otro continente.

—Sé que su esposo, Eldwin, falleció hace algunos años por algunas fiebres o algo parecido.

—Eldwin murió el año pasado a causa de un intento de robo en nuestra mansión de Múnich. Posiblemente a manos de los mismo que en esta ocasión han logrado hacerse con la Estrella Negra de Brodorick, nuestra joya más preciada.

—¿Sabe que su apellido, Schwarz, significa negro?… como la estrella negra que le han robado.

—Déjese de tonterías —dijo en un tono más alto de lo habitual —. Esto no es un juego, señor Sarabia.

—¿Me puede decir exactamente qué es lo que quiere de mí?

—¿Cómo que qué es lo que quiero de usted? —por primera vez aquella mujer que parecía capaz de mantener la compostura hasta en las peores circunstancias, pareció dubitativa y sorprendida, pero aquello duró tan solo un instante —Ya se lo he dicho, quiero contratarlo para que encuentre a esos canallas y que me devuelvan la joya, además de vengar la muerte de mi marido.

—Ya veo —Andrés ofreció un pitillo a la dama y al rechazárselo esta, se encendió uno para él. Permaneció callado por un instante, jugueteando en la mesa con su bonito encendedor mientras echaba volutas azuladas de humo al aire que se movían juguetonas al son de la brisa que debía de entrar por algún lugar de aquel mugriento local cercano al aeropuerto—. No acepto dijo mientras se estiraba la pechera de su impoluta americana.

—¿Cómo que no acepta? —gritó encolerizada Alexandra, algo que hizo sonreír muy ligeramente a Andrés que ni se volvió para mirar cómo tiraba la taza de café al golpear con ira la mesita donde se hallaba apoyada —Usted no lo entiende, esto es, es…

—Sí que lo entiendo señora Schwarz, lo entiendo perfectamente —contestó girándose para mirarla fijamente a los ojos de la dama—. Usted lo que busca es un matón y yo no hago esos trabajos. Reconozco que su dinero me atrae mucho, pero no creo que se le escape que sin tener tanto dinero como usted, tampoco ando con una mano por delante y con la otra por detrás. Así, pues, puedo permitirme el lujo de elegir para quién investigo y para quién no. Y he decidido que para usted no voy a trabajar, más que nada porque yo no soy ningún asesino, soy investigador. Si lo que busca es a alguien que se encargue de los tipos que piensa usted que mataron a su esposo, le puedo dar una dirección que está a dos manzanas de aquí donde encontrará gran variedad de esa gente. Todos encantados de ayudarla por un precio incluso inferior al mío.

—Espere, por favor —dijo ahora calmada —. Deje que le explique.

—Buenos días, señora Schwarz —dijo Andrés llevándose la mano derecha al ala de su sombrero —. Le deseo que tenga suerte.

El detective se giró para continuar su camino, sin embargo, algo proveniente de su dilatada experiencia con el peligro le avisó de que lo que allí enfrente se encontró no era normal. Alguna cosa fallaba… en el Madrid de la República, que no hubiese agentes camuflados tratando de pillar a algún enemigo del régimen al otro lado del gran ventanal del bar, que todo el mundo estuviese sentado tranquilamente leyendo el periódico mientras se bebían un café… todos, café. Su cabeza comenzó a atar cabos muy rápidamente. Recordaba que la mirada alegre y despreocupada del camarero le había resultado simpática, sin embargo, ahora cuando había mirado a Alexandra también había visto a este hombre tras ella y su aspecto era distinto. Ya no parecía jovial, más bien taciturno y algo nervioso. Por el rabillo del ojo pudo ver cómo una madre que permanecía sentada en su silla ya no prestaba atención al joven que tenía enfrente, sino que había cogido en brazos a su criatura y ahora, sin esta estar llorando, la apretaba contra su pecho. Y, lo peor de todo, algo en lo que no había caído hasta ese instante, tres tipos que habían permanecido fuera todo el tiempo con gabardinas largas, similares a la suya, pero con abultadas protuberancias a la altura de las rodillas, acababan de entrar por la sucia puerta acristalada del local.

—¡Al suelo!, ¡todo el mundo al suelo! —gritó Andrés mientras sacaba su 9 mm de la sobaquera.

Todo pareció suceder para el detective como en un sueño. Él se lanzó hacia la joven madre y su hijo para protegerlos al tiempo que apuntaba como podía con su arma hacia los recién llegados. Mientras, las tres metralletas Thompson se elevaban a al mismo tiempo, como en una de esas coreografías del balé, saliendo de su escondite bajo las gabardinas de aquellos tipos que parecían haber salido del mismísimo Nueva York o Chicago que él conocía tan bien. Aquellos diablos comenzaron a escupir fuego sin pensar hacia dónde se dirigían las balas que de allí salían. Bajo una mesa, donde protegía con su cuerpo a la madre, Andrés apuntó con más calma a uno de ellos, después apretó el gatillo y alcanzó a darle de lleno en la cabeza, el cual cayó al suelo al instante. Volvió a apretar el gatillo y esta vez lo hizo sin apuntar, disparando sin contemplaciones, tratando de matar a los otros dos individuos que allí habían aparecido sin ser invitados por nadie.

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—Joder, Andrés, siempre estás metido en algún follón —Iván Grandes, el capitán jefe de los guardias de asalto de Madrid lo miraba con reprobación —. No haces más que meterte en líos.

—Déjame en paz, Iván. Yo no tengo nada que ver con este follón. Estaba hablando con la señora Schwarz y esos animales han entrado disparando sin ningún miramiento.

—No, amigo, no. Sin ningún miramiento, no. Hay heridos y varios destrozos, pero las balas iban claramente dirigidas a tu amiga.

—Lo sé —aseveró el detective que aún estaba algo aturdido a causa de los disparos —, la han acribillado.

—Efectivamente, tu amiga se ha llevado casi cien balazos, dudo mucho que eso haya sido una casualidad.


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