Andrés Sarabia. Capítulo X: Nadie es más que otro si no hace más que otro

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Por Luis Molina Aguirre

Andrés Sarabia. Capítulo X: Nadie es más que otro si no hace más que otro

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Los ojos de Andrés Sarabia iban de una hoja de papel, si es que se las podía llamar así, a otra a gran velocidad. Rosana Rubayo lo había visto en esa situación en otra ocasión, en París, por lo que se limitó a mantener silencio y dejar que el detective uniese todo aquel galimatías en su cabeza. Seguramente no tardaría mucho en hacerlo y después, tenía la joven algo muy claro, que haría el amor con el detective de nuevo, pues si algo era seguro, era que, tras resolver el asesinato de la joven Regina, ambos volverían a sus vidas, de hecho, ella ya tenía fecha para volver a Washington.

Janice Brown, huésped inglesa, leyó Andrés en sus destartalados apuntes. Cara ovalada blanca, con pecas y ojos verdes. Muy al estilo anglosajón, ese tipo de fisionomías que al detective no le gustaban en absoluto. Alguno habría dicho que era una mujer hermosa, sin embargo, para Andrés aquella faz le resultaba altamente desagradable. Sin embargo, ésta, a pesar de estar ensoberbecida por el dinero, había aportado algo muy útil a la investigación. Allí, en el papel del exespía aparecía una frase interesante. <<Bajaba al restaurante con mi adorable Lily>> Un chucho diminuto, blanco y lanudo <<en el ascensor, cuando un tipo gordo y grosero, junto con otro mucho más elegante y guapo, nos empujaron contra el fondo del ascensor y casi nos asfixian a las dos.>>. Aún perduraba en sus oídos aquel tono deleznable que usan las personas que se piensan que son superiores a otras por el simple hecho de haber nacido en otro lugar o con más dinero.

Otros personajes curiosos fueron Liselot y Manfred Van der Vaart, una pareja de holandeses que parecían estar todo el día en otro mundo. No obstante, ella, había aportado algo de luz a aquel embrollo que había finalizado con la muerte de la bella Regina. <<Un día antes de su muerte, la vi taciturna en el salón restaurante… no había comido casi nada, pero cuando vio a ese tipo, lo dejó todo y se marchó>> <<¿Qué tipo?>>, había preguntado Andrés. <<Pues ese que rondaba el hotel todo el día mirando a todas las mujeres… No sé, un personaje abyecto, feo y desagradable. ¿Cómo voy yo a saber quién era? Solo tengo ojos para mi amorcito.>> Dijo acariciando la cara de su recién desposado marido.

En el siguiente en el que se posaron sus ojos fue en Rafael Lanislao, camarero y de los buenos, según le había dicho Manuel, el metre.

            —Yo no he visto nada —decía el buen hombre.

            —Entiendo —le había contestado Andrés —… pues como resulta que no tengo tiempo para tonterías, primero voy a arrancarte la cabeza, luego voy a matar a la fea de tu mujer y finalmente entregaré a la cosa esa que llamas hijo a una mafia tunecina para que hagan con él lo que mejor les parezca… seguro que saco algo de dinero por esa mierda de crío.

            —Bueno, bueno, tampoco hay que exagerar… ¿qué quiere saber?… pero que conste que no tengo ningún hijo.

            —Ah, vale, te he debido confundir con otro. Quiero que me digas qué viste de extraño el día que asesinaron a doña Regina. ¿Qué voy a querer si no, coño?

El buen camarero había afirmado que doña Regina se había entrevistado en varias ocasiones con un hombre que no era su marido. Él lo sabía porque en un par de ocasiones le habían llamado para llevar una botella de champaña a la habitación de la señora, donde aquel tipo gris se encontraba con ella. Sin embargo, ella no parecía sentirse cómoda con su presencia.

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La siguiente, Concepción Aguirre, una huésped de alta alcurnia y de origen vasco, había resultado ser ciertamente enigmática. Si no hubiese sido por su edad, Andrés habría tratado de llevársela a la cama. Resultaba bella, a pesar de los años, siempre sonriente y con una mirada de inteligencia que desconcertaba al detective, pues parecía que le estuviese leyendo los pensamientos. Ciertamente daba la impresión de saber lo que la iba a preguntar, sin embargo, aquello a Andrés le resultó al mismo tiempo interesante. Melena teñida de rubio, ojos grandes, tez blanca, más alta que baja, dientes extremadamente blancos y alguna arruga, bien disimulada gracias al maquillaje, en el rostro.

            —¿Siempre fue usted una mujer bella? —había preguntado Andrés.

            —No digas tonterías y dame un cigarrillo, guapo —el detective obedeció sin rechistar —. Obviamente, antes lo era mucho más. Pero no te andes por las ramas y dime qué quieres. Este tipo de jueguecitos no nos van ni a ti ni a mí.

            —Cierto —dijo Andrés mientras contemplaba a aquella excepcional mujer a través de las volutas de humo de su cigarrillo —… Qué sabe de la señora Sender, de Regina, como la conocía casi todo el mundo aquí.

            —Pocotan solo que odiaba a su marido y que estaba deseando huir de esta cárcel de oro.

            —¿Perdón?

            —Mira querido, conmigo no te tienes que hacer el despistado. Tengo mucho más de cincuenta años y he vivido lo suficiente para saber que te acostaste con ella más de una vez. Nadie monta este follón —dijo tratando de abarcar el entorno con sus manos — por un poco de dinero, y mucho menos si el que lo ofrece es ese botarate de Amadeo, el secretario o gerente, lo que sea.

            —Bueno —contestó sonriendo el detective —… no es que estemos hablando de dos perras —sin embargo, Andrés, se calló y asintió con la cabeza.

            —Mira hijo, ella era un alma libre. Necesitaba escapar de toda esta basura… las mujeres… ja, qué digo las mujeres, los seres humanos, necesitamos que nos quieran, que nos mimen, que nos entiendan… qué sé yo. Pero desde luego necesitamos atención. No se puede dejar una petunia sin atender, pues esta languidece hasta perecer. Eso es lo que le pasaba a Regina. No es que ella no amase a su marido, sino que necesitaba algo más. El dinero, el sexo, querido, no lo es todo en absoluto.

            —Y tú ¿cómo sabes que eso era lo que le pasaba a la señora Sender?

            —Muy fácil, ella me lo dijo después de que hiciésemos el amor.

Randall Williams era un huésped inglés, más bien tosco… el típico borracho que no tiene nada en la vida y que trata de hacer negocios cuando nadie le hace ni caso. Muy inglés él, contando historias de guerras en las que jamás estuvo y que su país ganó de casualidad o, incluso, perdió. Un miserable como todos los de su alcurnia. Sin embargo, este había visto en el bar a Regina. La había encontrado borracha, afirmaba. ¿quién lo estaría más? Se preguntó Andrés. En una servilleta, según él, se empeñaba en escribir unas letras y luego borrarlas con saña con una pluma, hasta el punto de romper la servilleta y traspasar al mantel.

Eva del Corral, camarera, la bonita mujer que servía las copas en el bar por las noches. La misma que había jurado a Andrés que en algunas de las servilletas de Regina solo había un nombre, Francisco, y en algunas otras las caras de dos hombres distintos a los que ella no conocía.

El último de la lista de papelillos de Andrés era un tal Ramiro de Maeztu. Había leído algo de él, pero no se lo quiso confesar. Se trataba de un tipo interesante, elegante y, sobre todo, simpático y muy culto.

            —¿Conoció a la señora Sender? Me refiero a Doña Regina.

            —Pues claro amigo, y ¿quién no?

            —¿Que me puede contar usted sobre ella y en el día en el que fue asesinada o en los días inmediatamente anteriores?

            —Sí, me entrevisté con ella. ¿Sabe para qué? No, claro que no —contestó el intelectual a su propia pregunta —… Necesitaba que me contase qué la atormentaba, pues era evidente que algo en ella no iba bien. ¿Por qué hice aquello? Pues no lo sé la verdad, pero sentía que aquella alma necesitaba mi ayuda. Mire, querido detective, ella no amaba a su marido… en fin, no se amaba ni así misma, pero de ese animal no era de quien tenía miedo, se lo aseguro. Regina temía a otro hombre que cuartaba su libertad. ¿Sabe qué le dije?… lo que a todo aquel que le pasa algo similar: <<Nadie es más que otro si no hace más que otro.>>, pero ella tenía esa mala costumbre de creerse inferior a los demás. En mi vida he conocido a mucha gente así, pero lo de esta bella mujer era algo preocupante, la verdad.

            << Nadie es más que otro si no hace más que otro>> repitió para sus adentros el detective y no pudo evitar pensar en Janice Brown, aquella mujer inglesa que parecía creer estar por encima del bien y del mal.

CONTINUARÁ…

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