Andrés Sarabia. Capítulo IX: Buscando un asesino (II parte)

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Por Luis Molina Aguirre

Andrés Sarabia. Capítulo IX: Buscando un asesino (II parte)

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Aquella revelación resultó ciertamente esclarecedora para Andrés.

—Escucha hijo —le dijo Andrés al asustado Samuel mientras lo desataba —, este país, como toda Europa, está a punto de estallar. Hay demasiado ciego, idiota y egoísta como para que esta situación no termine en una nueva guerra.

El joven botones que aún sangraba del labio a causa de la última bofetada, no parecía entender nada. Miraba a Andrés asustado, como si ante él tuviese al mismísimo Satanás. Por su parte, el detective sacó su cartera y extrajo de ella mil pesetas, cantidad que Samuel no había visto en toda su vida, ni cuando los huéspedes iban a pagar.

—No me tengas miedo. Esto lo he hecho por tu bien. Toma este dinero —el joven miró al detective contrariado —. No me mires así. Coge el dinero y lárgate a América, allí no llegará jamás la guerra.

—¿Por qué?… Me refiero a que por qué hace esto ahora después de pegarme una paliza. Y, sobre todo, ¿por qué habría de irme de mi país?

Andrés se quedó mirándolo un rato, sin contestar, escrutando la cara de aquel joven, pensando en su inocencia, la misma que él había tenido tan solo veinte años atrás.

—Verás, podría decirte que debes hacer lo que te digo porque lo digo yo y ya está… pero no lo voy a hacer. Te voy a dar una explicación y te largas ¿está claro? —el muchacho asintió con la cabeza —Te he hostiado porque no tengo tiempo para andarme con rollos psicológicos. Necesitaba saber quién era la otra persona que había salido por aquella dichosa puerta. Sé que tú no querías ocultarlo… pero mira, a lo largo de mi vida he podido comprobar que la gente es capaz de decir por las malas, muchas más cosas que por las buenas… En cuanto a lo de largarte de España, del viejo continente diría yo, es muy sencillo. Te gustan los hombres. Miguel, un tipo al que le fallé y que no voy a ser capaz de perdonármelo jamás —el semblante de Samuel cambió súbitamente a profunda tristeza al escuchar aquel nombre —, era tu pareja, tu amante, novio… no sé, lo que sea, me da igual… el caso es que en esta estúpida Europa no te puedes quedar porque si no te dan el pasaporte unos, lo harán los otros.

—Pero la república —intentó protestar.

—¿La república? No digas idioteces hijo. No les sirves, para ellos no eres más que un flojo, un débil, un marica… Toma el dinero y vete. La derecha, la izquierda, no son más que tonterías de enajenados que lo único que quieren es imponer su pensamiento único a todo el mundo. Y todo ello con el único fin de perpetuarse en el poder. Lárgate y recuerda que Miguel fue mucho mejor que nosotros… te lo aseguro, amigo —el joven cogió el dinero que Andrés le puso sobre la mano —. Piensa que este dinero no te lo doy porque sí, te lo entrego porque se lo debía a Miguel por entregarme, de algún modo, al asesino de Regina… mi Regina, a cambio de su vida.

 

El opio y el güisqui habían hecho su efecto, pero aun, así y todo, decidió que necesitaba un nuevo trago de aquella botella de licor irlandés para terminar de hacer aquel trabajo que tenía pendiente. Encima de su cama permanecían aún los papelillos en los que había apuntado lo más importante que dijeran los huéspedes y trabajadores del Hotel Vergel el día que los interrogó. Todavía se sentía un poco adormilado a causa de la medicina de la farmacéutica, sin embargo, decidió dar un largo trago a su botella. Aquello significaba que no sería capaz de terminar de leer las declaraciones de los testigos aquella noche.

La puerta de su habitación se abrió de golpe y Andrés, con la vista completamente nublada, trató de sacar su arma para defenderse del intruso.

 

La cabeza le dolía tremendamente y los ojos, aun abiertos, no parecían ser capaces de enfocarse en un punto fijo. El techo, amplio como era, se veía borroso, por no decir que cada ojo le devolvía la imagen por separado, es decir, veía doble.

Sin más, una cruel bofetada restalló en su cara. Su cerebro volvió a funcionar y sus ojos lograron enfocar correctamente la bonita y dulce cara ovalada y blanca de Rosana, la cual lo miraba sonriente con la mano nuevamente levantada para soltarle otro guantazo.

—¡Para!, para… Ya estoy despierto.

A pesar de su petición, la mano de la espía cayó sobre su cara con brutalidad.

—Gracias querida, ya estoy despierto del todo… te aseguro que no necesito que me vuelvas a pegar.

—Lo sé, pero tenía ganas.

Andrés no se anduvo por las ramas, la sujetó por la espalda y la atrajo hacía él para besarla. Después, sujetó su abundante busto y lo acarició con sensualidad, la volvió a atraer hacia sí y su lengua dibujó círculos alrededor de sus pezones. Rosana Rubayo, la agente de la CIA, se dejó llevar por aquel hombre desconcertante que tanto la atraía.

 

—Tienes que largarte, Andrés. Este país en un polvorín.

—Lo sé, como toda Europa. Pero no lo voy a hacer. Si tuviese que huir de todos los sitios en los que no estoy cómodo o en los que hay algo que no me gusta, me tendría que largar a otro planeta y eso, querida mía, hoy por hoy simplemente es imposible. También te digo que no lo haría. Los problemas hay que solucionarlos desde dentro. Amo a mi país —afirmó mientras se encendía un pitillo —y creo que es capaz de lograr que vivamos todos en paz. Yo no soy fascista, tampoco comunista… me conoces Rosana, yo no soy idealista, creo que no lo he sido nunca, sinceramente… todos estos majaras que se creen capaces de salvar a la humanidad… Pero te voy a decir algo… yo no elegí ni a mi padre ni a mi madre, uno era un borracho y la otra una puta. Sin embargo, debes de saber que los añoro a diario. No cuestiono nada de lo que hicieron, ellos me querían y yo aún los quiero y si hubiese estado en mi mano, habría impedido que esa mierda de Ley de Vagos y Maleantes los hubiese llevado a la checa de la que no salieron. ¿Sabes una cosa? Ellos se querían mucho, a su modo por supuesto, igual que yo a ellos. Es exactamente igual que la patria, en ocasiones será mejor y en otras peor, pero ella siempre te querrá como su hijo que eres. Por ello yo siento que del mismo modo la debo de querer. De aquí no me voy, y si me toca coger un fusil, lo haré, no será la primera vez como tú bien sabes.

—Me sorprendes.

—Y tú, cuando esto reviente, ¿qué harás?

—Tú lo has dicho, uno no se puede marchar del mundo… El mundo se prepara para otra gran guerra, por lo que no queda otra que estar ahí… sin embargo, no creo que sea preciso estar en primera línea de fuego. Yo haré lo que me digan mis jefes que haga. Si debo volver a Estados Unidos, volveré… Aunque, la verdad, supongo que me dirán que me quede por aquí, para observar e intervenir a favor de mi país.

—No sabía que fueses norteamericana.

—Mi madre era española. Pero, hay muchas cosas que desconoces de mí.

—Lo sé, también tú de mí… por ello lo nuestro es un puedo y no quiero permanente.

—Veamos… qué tenemos aquí —dijo ella cambiando súbitamente de tema, mientras señalaba los papelillos donde había apuntado Andrés lo más importante que dijeran las personas a las que había interrogado en el Hotel Vergel tras la muerte de Regina y que ahora se encontraban desordenados y tirados por el suelo de la estancia —. Te acostaste con la tal Regina, ¿verdad?… Eres un golfo.

Andrés no contestó, simplemente se limitó a mirar aquellos papeles esparcidos por el suelo y a leerlos desde la cama mientras recordaba a cada uno de los interrogados lo que decían y los gestos que hacían.

 

 

 

CONTINUARÁ…

 

 

 

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