Andrés Sarabia. Capítulo IX: Buscando un asesino (I parte)

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Por Luis Molina Aguirre

 

Andrés Sarabia. Capítulo IX: Buscando un asesino (I parte)

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En esta historia, la suya, la que de verdad le importaba a Andrés Sarabia, habían muerto ya dos personas; primero la bella Regina y, después, el pobre Miguel, el cual resultaba ser un tipo que, por su dulzura y fragilidad, cosa desconocida en el mundo del detective, le había caído bien desde el principio. Tras descartar los tejemanejes del Francisco Sender, el exespía había comenzado realmente a atar cabos pues hasta entonces, había permanecido distraído con el negocio a tres bandas entre aquel traficante que se hacía pasar por empresario, el hombre de Lucky Luciano y el fascista enviado por el propio Mussolini. Ahora, en su habitación del famoso Hotel Vergel, sobre la cama, tenía como un rompecabezas una treintena de papelitos de diferentes tamaños y formas. Se traba de aquellos en los que había ido apuntando lo más relevante de lo que le fueron diciendo los empleados y huéspedes del hotel el día en el que se produjo el asesinato de su examante y tras el cierre de este por el gerente, Amadeo Sansegundo. Andrés nunca había gozado de una gran memoria, sin embargo, a la hora de analizar una situación su mente era un auténtico prodigio. Donde otros solo veían puzles insolucionables, él era capaz de ver con claridad meridiana todos los acontecimientos que habían llevado al desenlace de algo. Por eso se había convertido en uno de los detectives más afamados del mundo y por eso mismo, tenía la buena costumbre de apuntárselo todo, aunque fuese en servilletas de cafetería como había ocurrido aquel día cuando se le acabaron las hojas de la libreta que le había prestado el gerente del hotel.

Sabía que ahí delante tenía la verdadera solución al caso. Lo había sabido desde siempre, pero se había dejado despistar con aquellos payasos que jugaban a cambiar el mundo, ese mundo raro que no necesitaba ayuda para cambiar solo. Los ojos del detective iban de un papel a otro, apartando papeles que no le aportaban nada, atando cabos a gran velocidad, recordando al leerlos las cosas que le habían dicho aquellos personajes y sus gestos. Poco a poco los fue ordenando sobre su cama.

El primero fue Miguel de Sousa, el joven botones al que habían matado por cometer el terrible error de llamarlo para pedirle ayuda, pues, sentía miedo de alguien, posiblemente del mismo que lo mato a él y a Regina. Por él sabía que habían visto en el hotel a Francisco Sender, el esposo de la malograda Regina, el día de su asesinato. También sabía que este mismo hombre le había pagado para que vigilase a su esposa, pues no se fiaba de ella. Razón por la que el pobre muchacho se había metido en aquel lío del que no pudo salir con vida.

El siguiente por orden de colocación, era Samuel Robles, Botones y, muy posiblemente amante del anterior. <<Yo no sé nada>> había afirmado casi temblando el joven empleado del hotel mientras dirigía una mirada de preocupación a Miguel. <<El señor Sansegundo me ordenó vigilar la puerta de emergencias para que no entrase ni saliese nadie por allí, y eso es todo lo que hice. Nadie entró ni salió>>. Andrés recordó que aquella mirada huidiza le había generado mucha desconfianza, por lo que se apuntó en el mismo papel, <<Volver a interrogarlo más adelante>>. Sin duda aquello era algo que debía hacer ese mismo día.

Otro personaje importante al que interrogó fue al propio Manuel Pérez, el metre del hotel quien le había avisado del asesinato. Él le aportó los nombres de todos los empleados que ese día trabajaron, los puestos que desempeñaron y el lugar en el que estuvieron a la hora en que se suponía se había asesinado a Regina. Información que le resultó muy útil para poder hacerse una composición de lugar.

Un periodista llamado Jaime Espósito, que se alojaba en la habitación contigua a la de la víctima, le reveló que había oído golpes durante más de una hora. También tenía apuntado en aquel papel, que le había parecido que la joven lloraba y que, a través de las paredes no pudo escucharlo muy bien, pero le creyó entender la palabra Sender. Por lo que pensó que se trataba de una discusión matrimonial. Aquella fue la razón por la que decidió no meterse en el asunto.

Roberto Montealegre, era empresario. Se dedicaba a la importación y exportación de sedas orientales. Afirmaba que vio a doña Regina la noche anterior huidiza y preocupada. Juraría haberle visto alguna lagrima en su bello y blanco rostro.

Rosario Alburquerque, camarera. La cual afirmó que el día anterior a la tragedia, no pudo hacer la cama de la señora hasta las cinco de la tarde, pues la huésped no salió de su habitación hasta esa hora. Andrés comprendió que Regina tenía miedo de algo o de alguien. Aquel comportamiento no era natural en una mujer como ella, siempre alegre y dicharachera y que disfrutaba con la presencia de otras personas.

Alain Fourneau, francés, que no iba a ningún lugar sin su supuesta “esposa” Anik Bernard… demasiado enamorados para ser un matrimonio; o eran recién casados, lo que no constaba en el hotel como tal, o eran amantes, y eso sí que le encajaba mucho más a Andrés. Ambos habían afirmado haber visto a doña Regina, “Reginá” habían pronunciado, salir de su habitación a primera hora en dirección de las escaleras, aparentemente para bajar al comedor para desayunar.

Aún le faltaban siete papelillos por leer y analizar, pero había algo que no lo dejaba concentrarse… y era aquel asunto pendiente con el botones Samuel. Ese muchacho ocultaba algo o, al menos, no había contado todo lo que sabía. Le comenzaba a doler de nuevo la cadera y su humor se tornó súbitamente agrio, saliendo a la luz el instinto peligroso y canallesco del exespía que le había permitido llegar vivo hasta aquel día.

El detective ordenó a Manuel, el jefe de camareros, que llevase al asustado botones Samuel, a la habitación que tenía para interrogatorios en el hotel. Entró en esta y cerró la puerta con un fuerte golpe. Después, se encendió un pitillo, se acercó al pobre diablo y lo abofeteó con crudeza hasta tal punto que casi lo tira de la silla. A continuación, le puso unos grilletes, pues era consciente de que aquello lo asustaría mucho más. Se aproximó más aún a él y agarrándolo de la camiseta lo atrajo hacia sí.

—Mira mochuelo, sé que sabes mucho más de lo que me has contado. En primer lugar, sé que Miguel era tu novio y, en segundo lugar, sé que por la puerta de emergencia que tú vigilabas salió gente.

—Le juro que yo…

Como respuesta llegó una nueva y brutal bofetada.

—No me hagas perder el tiempo… mira chaval, piensa que en estos momentos estás en la cuerda floja. Te puedo matar lentamente o, mejor aún, te podría entregar al camarada Caballero, ya sabes que a esa panda de tarados no les gusta mucho los maricas como tú, seguramente porque ellos también lo sean y, en fin… te aseguro que lo ibas a pasar muy mal en una de las checas de Madrid. Hazme caso hijo, esto es por tu bien.

Veamos, por esa puerta que tú vigilabas salió Francisco Sender, eso es seguro y no se te ocurra negarlo. ¿Alguien más?

—No, ¡nooo!, se lo juro, solo él.

El muchacho estaba verdaderamente asustado y Andrés lo sabía. Para el experimentado detective, todo aquello no era más que una representación, pero tenía prisa, su cadera lo estaba matando y necesitaba visitar con urgencia a su farmacéutica favorita, la señora Fernanda Ramírez, para que le diese una dosis de opio y así calmar su dolor, malhumor y ansiedad.

—¿Estás seguro de lo que dices? —le espetó mientras levantaba de nuevo la mano.

—Espere, por favor… Sí, salió otra persona con él, pero…

CONTINUARÁ…

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