Andrés Sarabia. Capítulo 11: La despedida

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Luis Molina Aguirre

Andrés Sarabia. Capítulo 11: La despedida

capitulo-11.1

Andrés hizo un alto, tras su explicación sobre las deducciones a las que había llegado, con el fin de que los asistentes, en especial uno, el culpable, fuesen asimilando poco a poco la información que les acababa de aportar. Tras la breve, pero importante pausa, el detective continuó aclarando el asunto de las más que posibles heridas que debía portar en sus manos el asesino de Regina.

            —Siguiendo mis instrucciones, todas las personas que aquel día quedaron dentro del hotel fueron examinados por el doctor Avelino —afirmó señalando a este —, pero ni siquiera los camareros mostraban señales en las manos que correspondiesen con lo que yo buscaba. Es decir… el asesino había logrado escapar —hizo otra pausa, esta vez para crear expectación.

Podría ser el mismo que pagó al confiado Miguel para que vigilase a doña Regina, el mismo que pagó al desdichado Samuel para que le dejasen salir por la puerta de atrás del hotel sin que lo delatase —afirmó señalando con su dedo acusador al señor Sender. Todo el mundo se giró a mirarlo, mientras este tragaba saliva y su rostro tornaba ceniciento —. O, mejor dicho, el hombre que siempre acompañaba y que conocía todos los secretos de su jefe y que, además, estaba locamente enamorado de la bella Regina —continuó mientras apuntaba ahora con su dedo a Romualdo —, la misma mujer que nunca le correspondió, pues no solo no lo amaba, sino que le disgustaba su presencia y le asustaba mortalmente… el señor Romualdo Rojas, que acudió al asesino Cosimo Ricci demandándole ayuda para saber cómo matar causando el mayor daño y sufrimiento a su víctima. Sin embargo, este no le hizo el menor caso. ¿Me equivoco, señor Ricci?

El italiano que se había mantenido indiferente hasta ese momento miró con curiosidad a Andrés y tras un breve instante pensativo, movió la cabeza negativamente.

            —No, no se equivoca. Así fue —Un murmullo se dejó notar en la estancia.

            —Como su primera opción no funcionó, el señor Rojas acudió a su otra alternativa, el hombre de Lucky Luciano, Brayan Barone, el tercer compinche de la loca aventura de los señores Sender y Ricci —Romualdo permanecía quieto, casi sin respirar, pero con un tono colorado de ira que poco a poco le iba invadiendo la cara—. El cual le explicó a la perfección algo que para él no tenía ningún misterio, cómo asesinar dolorosamente a un ser humano. Cosa que el señor Romualdo Rojas llevó a cabo a pies juntillas, como es sabido.

            —En cuanto al pobre Miguel —continuó el detective —… tengo que decir que aquel muchacho me llamó pidiéndome ayuda, estaba muy asustado. En aquel momento no entendí muy bien su alarma, yo pensaba que el asesino había sido el señor Sender, por lo que cuando Miguel me dijo que el responsable de la muerte de doña Regina iba tras él, no fui a protegerlo como debería haber hecho, porque tenía a Francisco Sender controlado y conocía su localización gracias al teniente Grandes. Por desgracia, me había confundido de culpable al dejarme llevar por las suposiciones del joven botones y por mi animadversión hacia el traficante de armas, lo que finalizó en la tragedia que ya todos ustedes conocen.

            —Maldito gigoló de tres al cuarto, cómo te atreves a acusarme a mí de nada —gritó encolerizado el señor Rojas que ya tenía la cara como su apellido y había perdido por completo las formas—acabaré contigo…

            —No se enfade amigo Romualdo, no hay que perder la compostura… ¿por qué no nos enseña las palmas de las manos?

            —Por supuesto, ahora mismo…

El encolerizado hombrecillo, que pareció querer vengar el agravio de la acusación y, de paso, el del interrogatorio de hacía unos días, se abalanzó a una velocidad insospechada en un hombre de su tamaña, hacía el detective, mientras sacaba del interior de su americana un revolver negro con cachas anacaradas. Andrés no tardó en reaccionar, de algún modo sospechaba que algo de aquello podría llegar a suceder, así que sujetó con fuerza el brazo armado de Romualdo mientras le propinaba un potente puñetazo con su zurda bajo el mentón. Aquello hizo tambalear al hombre hacia atrás, disparando el revólver al aire antes de que el exespía se lo pudiese quitar de la mano. Un nuevo puñetazo, llevó definitivamente al hombre de los ojillos pequeños a los brazos de Morfeo.

            —¿Están todos bien? —preguntó el teniente de guardias de asalto mientras miraba a ver si se había producido algún herido a causa del disparo — Cabo, detenga a ese indeseable.

  capitulo-11.2

          —¿Estás segura de que tienes que marcharte? —le preguntó Andrés Sarabia a Rosana Rubayo — No sé, quizá…

            —Estoy segura… pero volveré. Tú sabes que aquí se va a liar gorda y la CIA me ordenará volver para averiguar qué partido tomar, si a favor de fascistas o comunistas.

            —Podría llegar una democracia verdadera al fin.

Una sonrisilla melancólica apareció en la boca de la espía. Andrés se acercó a ella y le dio un beso apasionado en los labios mientras los motores del gran avión se ponían en marcha. Aquello volvía a ser una despedida y desde luego eso no era en absoluto lo que él deseaba que sucediese. Pero sabía que no podía hacer nada para impedir que aquella mujer se marchase de su vida de nuevo. Rosana enfiló el avión sin dirigirle una mirada de despedida, hasta que subió por las escalerillas del aparato que se detuvo en lo alto de estas, la mujer pareció dudar un instante, pero finalmente se introdujo por la pequeña puertecilla sin volver la cabeza.

Volvía a llover, el exespía se subió el cuello de su gabardina, se encendió un pitillo y permaneció en la pista viendo despegar aquel avión que se llevaba a la mujer que más había amado en su vida. Por un instante recordó a la bella Regina. Ésta, había sido una de tantas en su vida, sin embargo, al igual que Rosana, ella había dejado una profunda huella en el duro corazón del detective.

            —¿Señor Sarabia?

Una voz femenina con fuerte acento alemán sacó a Andrés de sus pensamientos. Este se giró para enfrentarse a una mujer alta, rubia, con ojos azules y piel extremadamente blanca, que lo contemplaba bajo un paraguas de gran tamaño.

            —El mismo… ¿le apetece una copa?

            —He venido a contratarlo… me han dicho que es usted el mejor detective de Europa, pero…

            —No lo dude. ¿Qué me dice de esa copa? —la mujer permaneció hierática, tratando de analizar a Andrés —Seguro que me podrá contar qué es lo que desea en el bar del aeropuerto sin necesidad de estar mojándonos… mojándome —rectificó tras echar una ojeada al paraguas de la joven alemana.

            —Está bien —concedió ella —…  ¿Sabe qué es la Estrella Negra de Brodorick?

            —Mal detective sería si no lo supiese. Se trata de la joya que todo tarado de las ciencias ocultas desea. Además de valer una fortuna, claro.

            —Esta noche la han robado de mi casa.

fin

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