Andrés Sarabia. Capítulo 10: “Nadie es más que otro si no hace más que otro” (II parte)

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Por Luis Molina Aguirre

Andrés Sarabia. Capítulo 10: “Nadie es más que otros si no hace más que otro” (II Parte)

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Las palabras del erudito Ramiro de Maeztu aún perduraban en sus oídos mientras guardaba todo aquel montón de papelillos dentro de un cajón de su habitación.

            —Quizá la obra educativa que más urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles —había afirmado el intelectual —. Por esos imposibles que nunca llegarán, se cometen verdaderas atrocidades.

            —¿A qué se refiere exactamente? —Había inquirido contrariado Andrés.

            —Muy sencillo, joven amigo. Doña Regina se había casado esperando un imposible que le había prometido su esposo: amor y reconocimiento. Quien le quitó la vida, cometió el crimen al comprobar que los sueños que le habían hecho creer sobre un amor imposible, no se iban a cumplir jamás…

            —¿En serio creé usted que alguien le prometió al asesino el amor de doña Regina?

            —Yo no he dicho eso… me parece que él creyó lo que quiso creer, pero en ocasiones la incertidumbre es más creíble que la certidumbre.

            —No creo que un hombre…

            —Le voy a decir algo: “Decir que los hombres son iguales es tan absurdo como proclamar que lo son las hojas de un árbol”. Por tanto, y un hombre como usted seguro que lo entiende, no todo el mundo tiene sueños ni todo el mundo reacciona igual ante el éxito o el fracaso respecto de sus sueños.

Allí sentados en una gran sala del famoso Hotel Vergel, se hallaban buena parte de las personas más relevantes que el día del crimen de Regina habían estado en aquel lugar. Se habían dispuesto sillas para que todos estuviesen sentados. Frente a ellos se encontraba Andrés Sarabia, que los contemplaba a todos con la seguridad de conocer ya al asesino de su examante. Junto a él, muy atento y sin quitarse su sombrero de ala ancha, se encontraba Iván Grandes, el teniente de guardias de asalto, cuyos hombres custodiaban las dos puertas de acceso a la estancia a petición del detective.

En primera fila se hallaba Samuel Robles, el botones amante del malogrado Miguel; Manuel Pérez, metre y jefe de camareros, estaba a su lado; Avelino Romeva, el doctor del hotel se le veía dos filas más atrás, junto con Amadeo Sansegundo, el gerente del hotel; Por su parte, el mismo Ramiro de Maeztu contemplaba entre curioso y divertido aquello desde una silla de la última fila. Andrés le había insistido que no era necesaria su presencia, sin embargo, el intelectual había insistido afirmando que doña Regina le había resultado muy simpática y que deseaba conocer a su asesino. Otros que andaban allí sentados eran Liselot y Manfred Van der Vaart; el camarero Rafael Lanislao también se hallaba junto a su jefe Manuel; Eva del Corral estaba en la última fila junto a don Ramiro; el periodista Jaime Espósito; el empresario Roberto Montealegre; la camarera Rosario Alburquerque que se situó lo más alejada posible de sus compañeros y jefes; los franceses Alain Fourneau y Anik Bernard; los ingleses Janice Brown y Randall Williams; el señor y la señora Roswel, siempre ella junto a la silla de su esposo; y, entre alguno que otro más, la siempre increíble y deslumbrante Concepción Aguirre, la cual dirigió una mirada pícara a Andrés mientras le giñaba un ojo. Además, para la ocasión había tenido a bien, el bueno del teniente, sacar de su cárcel a Francisco Sender Gutiérrez, esposo de Regina y a Cosimo Ricci, los cuales portaban sendos grilletes plateados en sus muñecas, a la par que un cabo de la guardia de asalto no les quitaba los ojos de encima, especialmente al italiano. Finalmente, junto a su jefe, como casi siempre, también había acudido Romualdo Rojas, el hombrecillo regordete con ojos chiquitines, sin el que el empresario no parecía ser capaz de hacer absolutamente nada.

            —Buenas tardes señoras y señores —intervino el detective que procedió a quitarse el sombrero y a dejarlo sobre una mesa de caoba —. Supongo que se estarán preguntando la razón de estar hoy aquí. La respuesta es bien sencilla, entre todos ustedes hay un asesino… además del señor Ricci —apuntó sonriendo mientras señalaba al italiano esposado.

            —Eso significa que me descarta como el asesino de doña Regina —afirmó con su fuerte acento italiano y sin mucho énfasis el hombre de Mussolini —. ¿Me pueden devolver a mi celda, por favor? Si no soy sospechoso no quiero estar aquí.

            —Tranquilo, no pienso tardar mucho. Está usted aquí por una razón, pronto lo descubrirá.

            En esta sala hay alguien que contó con la oportunidad, el tiempo y la justificación para asesinar a la esposa del señor Sender —afirmó señalando a este con la cabeza —. Pero no solo asesinó a doña Regina, también lo hizo con Miguel de Sousa, botones de este hotel. Además, estoy convencido de que el joven aquel —continuó mientras apuntaba con el índice a Samuel —, si las cosas se hubiesen desenvuelto de otro modo, habría sido liquidado también por el mismo criminal.

Pero comencemos por el principio. Preguntémonos los siguiente: ¿Quién podría haber tenido un motivo para asesinar a una hermosa mujer que no se metía en nada ni con nadie? Que solo trataba de vivir aislada, al principio, lo más alejada del esposo al que nunca amó y, posteriormente, del hombre que la llegó a atemorizar hasta el punto de no desear salir de su habitación salvo por extrema necesidad. Una mujer de la que no se conoce a nadie que hablase mal de ella, ni siquiera el esposo del que ella se avergonzaba y huía. Veamos, planteémonos también, la siguiente cuestión: ¿quién tuvo el tiempo y la oportunidad para asesinar a una mujer que no salía de su habitación salvo para ir a almorzar o cenar y, en los días inmediatamente anteriores a su asesinato, ni siquiera eso?

A la primera pregunta, podríamos afirmar que quizá un enemigo de su esposo, que como todos sabemos tenía negocios muy turbios con gente poco recomendable, lo cual hace que esta posibilidad sea, aparentemente, más que plausible… o, quizá, por qué no, un amante despechado. Este último razonamiento, tengo que reconocer que me llegó de la mano del señor Maeztu —afirmó sonriendo a éste —. De hecho, si analizamos a fondo esta posibilidad, podemos llegar a la conclusión de que una venganza sobre el esposo de la víctima no parece algo lógico, teniendo en cuenta que doña Regina temía a su verdugo, lo que contesta a su vez a parte de la segunda pregunta que nos hemos hecho, porque quiere decir que lo conocía —miró hacía el teniente Iván Grandes y se percató de que este no le seguía —… resumiendo. Descartado un enemigo del esposo, porque sabemos seguro que doña Regina no conocía a ninguno de los hombres con los que hacía negocios su marido, y teniendo en cuenta que la puerta no fue forzada, lo que indica que la víctima le franqueó la entrada, podemos deducir que el asesino era conocido de ésta y, además, alguien que, de algún modo, se sentía despechado por ella, ya que no era correspondido con el mismo amor. Pero, además, y esto es quizá, lo más relevante para hallar al culpable. Tuvo que ser alguien que escapó del hotel una vez hubo ordenado cerrar éste el señor Sansegundo, pues doña Regina mostraba signos de extrema violencia, causada con alguna especie de barra envuelta en tafilete o algún material similar, lo que sin duda dejaría marcas en las manos del agresor, a pesar de ser posible que llevase guantes.

CONTINUARÁ…

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