Adiós, mi querido Jefe

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 Por Raquel Cubero Calero

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Hacía prácticamente cinco años que no sabía de ti, desde que dejé de trabajar en el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Algún tiempo antes tú también habías abandonado tus cargos de responsabilidad en la institución, pero continuabas vinculado a tu amada Revista de Obras Públicas, para cuya edición mensual seguías colaborando, recordando en su sección de páginas amarillas, crónicas de ingeniería de hacía cincuenta, cien y ciento cincuenta años. Una vez al mes aparecías por la biblioteca donde yo te había dejado preparados varios volúmenes de revistas antiguas encuadernadas con tapa dura y allí, bajo la luz del inmenso ventanal, se iluminaba tu rostro con cada lectura, con cada página de aquellas viejas revistas cuyo papel se había oscurecido y debilitado por el paso de los años. Para mí era un día especial, porque siempre te preocupabas por preguntarme cómo iban las cosas… en el Colegio, en la Revista y, cómo me iba a mí.

Muchas veces me acuerdo de ti, de tantos momentos y vivencias profesionales que hemos compartido, y hace pocos días, sentí el impulso de buscar tu número de teléfono a través de whatsapp. Allí vi tu foto, con uno de tus nietos a quienes tanto adorabas, montado a lomos de un caballo blanco, otra de tus grandes pasiones… los caballos. Recuerdo que miré la foto durante unos segundos y sonreí. ¿Casualidad? No lo creo. Más bien creo que viniste a despedirte, porque esta tarde, me he enterado de que el pasado 28 de febrero te fuiste para siempre.

Querido Juan Antonio Becerril, fuiste una de las pocas personas de las que me despedí cuando tuve que dejar mi trabajo en el Colegio y, ahora, tú también has querido despedirte de mí.

A lo largo de mi ya extensa vida profesional he tenido numerosos jefes, pero tú siempre serás “mi jefe”. Un hombre grande, un perfecto caballero. Elegante y con gracia sevillana. Una persona brillante, inteligente y un extraordinario ser humano. Jamás le vi desencajarse, ni en plena crisis laboral, nunca dijo una palabra más alta que otra… Trabajaba, creaba… y dejaba trabajar.

Juan Antonio era un gran contador de historias. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos con arte y con alma para escribir. Siempre me sorprendió que una persona eminentemente de ciencias supiera escribir tan bien. Recuerdo cómo cada mes esperaba con impaciencia la lectura de su editorial en la Revista de Obras Públicas, para aprender y disfrutar de sus letras.

Sé que entre nosotros se fraguó un vínculo muy especial de aprecio y admiración porque ambos teníamos más de una cosa en común. Además del amor por las letras, los libros, las viejas revistas, la historia… nos gustaba la perfección del trabajo bien hecho.

El día que me despedí de él con una llamada telefónica envuelta en lágrimas y suspiros, por tener que dejar ese trabajo al que había dedicado veinticinco años de mi vida, me dijo que el Colegio perdía un gran valor humano, una profesional meticulosa de esas que buscan el perfeccionismo de una forma que ya hoy en día no se aprecia… Y que siempre podría contar con él.

Ahora te has ido tú y solo tengo bellos recuerdos y agradecimiento. Agradecimiento porque sé que en gran medida, parte de lo que hoy soy, te lo debo a ti. No solo fuiste mi jefe, fuiste mi maestro.

Descansa en Paz. Siempre estarás en mi recuerdo.

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