Adicción a la imagen

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Luis Miguel Rodrigo

Psicólogo clínico

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La imposibilidad de dar una respuesta concreta y terminada a la pregunta por lo que somos, lo que nos define como seres únicos con un modo concreto e irreproducible de estar en el mundo, hace que el sujeto se arroje a una búsqueda voraz que proporcione las claves en que asentar su existencia, siendo la imagen que nos devuelve el espejo uno de los posibles amarres que nos permite anudar nuestra subjetividad. La proliferación de imágenes que saturan los escaparates de las redes sociales es una manera de dar definición al ideal de lo que quisiéramos mostrar a ese otro que nos mira desde el otro lado de la pantalla. Fotografías de nosotros y nuestros enseres más preciados: mascotas, publicaciones, viajes, celebraciones, familiares, enfermedades… son los métodos utilizados de forma prominente en la actualidad para mostrarnos al mundo y atrapar algo de la mirada del otro que nos posibilite un espacio para habitar en su imaginario: somos reconocidos.

En nuestro intento de producir algún tipo de impacto, nos vemos obligados a una perpetua reiteración, a una incesante plasmación en imágenes que nos otorgue la euforizante sensación de existencia y vitalidad. Capturados por la imagen proyectada por nosotros mismos corremos el riesgo de encarcelar nuestra subjetividad dentro unos parámetros predeterminados que pueden acabar por restringir nuestra libertad, al quedar aprisionados en las celdas que nosotros mismos hemos constituido.

 Las dificultades propias de la adolescencia y temprana juventud para definir con claridad los rumbos a seguir, propicia el abuso de las redes sociales que privilegian la imagen hasta el paroxismo y la exuberancia. La facilidad que los dispositivos tecnológicos proporcionan para que estas imágenes sean captadas y compartidas de modo inmediato por Internet, hace que la contención, la espera y la reflexión sean abolidas en beneficio de un goce inmediato, infinitizado por los medios informáticos. Poco importa que procuremos proteger a nuestros jóvenes con mensajes y consejos para hacerles comprender los peligros que acarrea la divulgación compulsiva de la imagen: el beneficio de compartirla compensa los peligros consecuentes. Si estoy en las redes, existo. La inmediatez con que la aprobación es recibida aniquila el espacio intermedio: ahora es cuando lo quiero; dentro de un rato ya es tarde. El ansiado me gusta se transforma en la fórmula que define lo que es adecuado o lo que no. Lo bueno y lo malo queda determinado por la cantidad de likes pulsados en nuestro muro.

Lo bueno o lo malo es algo de imposible definición. ¿Qué es un buen libro, una buena película, un buen espectáculo o un buen profesional? Intentar describir con precisión aquello que no se puede reducir a una fórmula matemática —porque los gustos de las personas son variados, inasibles, irreductibles— es labor destinada al fracaso. Se recurre por tanto a la estadística para cifrar aquello que la mayoría prefiere, siendo catalogada una gama de posibilidades en base a lo que los grupos seleccionan: el ranking. Interferir en la elección de estos grupos se transforma en el método para influir en los intereses de los consumidores, modulando con los mecanismos del mercado aquello que es bueno o no para lo que el ciudadano pueda desear. La cantidad desplaza a la verdad: el número de lectores, espectadores o pacientes, se ofrece como una respuesta plausible de lo que es adecuado o no, bueno o malo, correcto o incorrecto.

Si lo que somos como individuos queda sujeto a los intereses de esta numerología predominante, entrar a batallar con nuestra imagen en esta lucha encarnizada por el prestigio, nos arroja a la paradójica circunstancia de reproducir hasta la extenuación todos y cada uno de nuestros movimientos vitales para extraer del espectador un voto de confianza que de fe de nuestra existencia virtual. En la medida que somos vistos, nos podemos permitir el lujo de formar parte del conjunto. El Homo videns ha evolucionado a partir del Homo sapiens. Mirar reemplaza a saber. ¿Has visto…? Esta es la pregunta que nos obliga a la hiperconectividad. La adicción está servida.

Así que les ruego, queridos lectores, que por esta vez (solo por esta vez) tengan ustedes la deferencia de abstenerse de pulsar el like cuando lean este escrito.

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Sobre el autor…

Luis Miguel Rodrigo González es Psicólogo Clínico Especialista.

Ha publicado  en 2006 el poemario “Inclemencias de un cardo borriquero” con la editorial Vitruvio. En 2011 el ensayo “La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales” con la editorial Psimática.

Con el poemario “Mala letra” ganó en 2014 el XXV premio Blas de Otero de Poesía, publicado en editorial Alacena.

En 2016 publica la novela “El ojeador” con la editorial Bohodón.

Ha publicado artículos psicoanalíticos incidiendo en el punto de unión entre la poesía y el psicoanálisis.

Pueden seguir sus incursiones literarias en el blog Poesía y Psicología (psicopoetica-luismi.blogspot.com) y contactar con él en el correo  luidmirod16@gmail.com

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